No soy practicante de ninguna religión, pero no pretendo abordar este tema desde el punto de vista religioso, sino meramente desde el punto de vista político y de lo público. La intención expansiva del catolicismo si uno se pone en los zapatos de quien es devoto de esa religión, es una intención noble, intentar salvar el alma del prójimo del nefasto destino que le espera a aquellos quienes no aceptan a Dios en su vida. Esa intención los ha llevado incluso a la violencia en su historia, sin embargo, como iglesia, se han adaptado a los tiempos y han entendido que tienen que encajar en sociedades modernas y democráticas.
Esa intención expansiva, es ahora por medio de políticas públicas. La creencia de que la mayoría de la población es católica como lo dice la constitución, los lleva a creer que es solo lógico que implementen políticas públicas con razonamiento religioso. Una Diputada de la Asamblea Nacional lo dijo claramente: “Creo firmemente que la doctrina de Jesucristo es buena para mi casa, para mi familia, para mi vida, pero también para mi país”. Sin embargo, la realidad innegable es que el catolicismo en los últimos años ha perdido terreno en Panamá, al mismo tiempo que la iglesia evangélica, aunque dispersa y descentralizada, ha ido ganando terreno concentrándose en poblaciones que el Estado ha decidido dejar en el abandono, y donde se han convertido en el actor social y político más importante para los ciudadanos.
Ante el crecimiento de las iglesias evangélicas, veremos más actores políticos que vendrán de esa religión a los puestos de poder en gobiernos locales y en la asamblea nacional, lo cual sin duda irá cambiando el discurso público. Queda entonces la pregunta, ¿qué irá pasando cuando estos nuevos actores políticos empiecen a establecer políticas públicas basadas en sus creencias, que a veces son diferentes a las del catolicismo?
Ya tuvimos una experiencia por esa línea en el 2015 cuando el Representante de Veracruz en Arraiján canceló los carnavales en su corregimiento y en vez de eso propuso la elaboración del Carnaval Cristiano. Un evento proveniente de la fe católica, que inicia la cuaresma, desplazado por un evento evangélico.
La solución a esto no es comenzar una guerra santa entre religiones para lograr acceder a más puestos de poder, sino precisamente que quienes en este momento están en una posición dominante, entiendan que al sacar su propia visión religiosa de las políticas públicas y de las decisiones institucionales, evitan que otros actores religiosos impongan la suya más adelante.
Un Estado laico beneficia a todos los ciudadanos, cada uno libre de profesar su fe, pero con un gobierno imparcial que cumple sus funciones sin imponer sus ideas. Y ante el crecimiento de la iglesia evangélica y el decrecimiento de la católica, quizá los más beneficiados sean los católicos.
El autor es Director Ejecutivo de Movin
