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Un hombre y su delirio

Hace quince años salí junto a mi exesposo a España a representar nuestro país. En esos momentos Ricardo Martinelli era presidente de Panamá. Recuerdo que antes que eso sucediera, la gran mayoría nos preguntábamos si ese hombre que saltaba en una cama durante los carnavales de 2009 estaba loco, pero loco de verdad, o si sería de aquellos locos que les dicen así porque son capaces de alcanzar lo que otros no se han atrevido a intentar. Colectivamente decidimos arriesgarnos a conocer la respuesta. Y es que los humanos necesitamos a veces escuchar lo que queremos, no lo que realmente nos dicen. De frente y claramente él mismo nos lo estaba asegurando: los locos somos más, pero lo tomamos en broma.

Al poco tiempo empezamos a entender que habíamos dado el poder a alguien impulsivo, impredecible, sin pudor y cuya avaricia iba ligada al goce de esquivar la ley. Mediante contratos, entramados, coimas y sobornos con empresas locales y extranjeras, la economía de Panamá prosperó y el dinero circuló en todos los estratos sociales. Para ello se harían necesarias intimidaciones, pinchazos, y amenazas de represalias. El precio lo pagarían nuestras instituciones democráticas, la justicia, la libertad de expresión y nuestra reputación frente al mundo. Así, quedó despejada la incógnita de a quién habíamos otorgado el más alto poder en nuestro país.

Para entonces no le faltaron acérrimos seguidores que, en ausencia de toda lógica argumentativa, defendieron y aún defienden, actos claramente torcidos. Tampoco faltaron personas quienes nunca habían visto en sus bolsillos semejante prosperidad, por lo que ofrecieron y siguen ofreciendo su continuo respaldo para verlo en el poder.

Pero como todo un día acaba también acabó su mandato, y la justicia empezó a alcanzarlo en el camino. Frente a investigaciones, juicios y encarcelamientos, la respuesta de su psiquismo no fue someterse a encarar sus actos, ni sentir la necesidad de darle tregua a tanto embrollo. Por el contrario, fue darle rienda suelta a su delirio, buscando alguna lógica en su discurso interno para no tener que reconocer sus errores y responsabilidades. Así, se convirtió en protagonista de su propia tragedia, tergiversando la realidad para acomodarse como un hombre perseguido, amenazado de muerte e inocente.

Con la necesidad de hacerse de la Presidencia nuevamente como escudo desde donde poder protegerse, preservar su resquebrajada identidad e impartir revancha a sus fantaseados perseguidores, este hombre vuelve a tirarse a una contienda presidencial. No volvió a faltarle el apoyo de quienes triste y convenientemente se beneficiarían si volviese a presidir el país, sin importarles cuanto más tolerará su cordura. Solo alguien que necesita estar al mando para esquivar la ley y que es incapaz de desear algún sosiego y estabilidad para su vida, se le ocurriría someterse nuevamente a más embates sin desistir.

La siguiente parte de la historia ya la conocemos: la justicia, después de tanto ir detrás volvió a alcanzarle y esta vez lo despojó permanentemente de la posibilidad de ser presidente. Pero hay un hecho que estoy segura no puede dejar de sorprenderle, y quizás sea uno de esos únicos momentos en que cuestione su percibida grandeza; y es que a pesar de liderar las encuestas para la siguiente elección, no ha habido vigilia, ni grupo de oración, mucho menos una marcha o protesta en las calles para defender su perdida candidatura. Porque al final, a muy pocos les interesa su destino y nunca han dudado que las acusaciones en su contra sean ciertas, simplemente deseaban aprovechar las nuevas argucias económicas que producirían sus desvaríos si volvía a llegar a la silla presidencial.

Hoy es un hombre con su perro, atrapado en un cuarto prestado, con la justicia esperándole en la puerta. Ha terminado en su propio laberinto mientras sus serviles y aprovechados defensores continúan agitando su delirio hasta agotar cualquier asomo de sensatez y cordura que puedan quedar en él.

La autora es psicóloga clínica


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