Los hijos son el regalo más hermoso que Dios nos da. Ese regalo llega a nuestras vidas para complementar nuestros días, pero hay una verdad innegable: nadie ni nada te prepara para el momento real de su llegada y crianza. Cada uno, a su propio ritmo, va descubriendo cómo es esta caótica vida. Si sientes que criar a un hijo no es fácil, ahora imagina hacerlo en una sociedad que aún no practica la empatía, que por desconocimiento juzga y señala a un niño que no tuvo culpa de venir a este mundo y desarrollar algo que aún está en estudio, algo que es desconocido por la gran mayoría.
Un niño con TEA (trastorno espectro autista) es más que un diagnóstico, más que una situación. Como padre de uno, es agobiante tener que aguantar las miradas, soportar comentarios llenos de críticas y discriminación. Es insufrible lidiar con lo desconocido, y más aún con la gente a tu alrededor que no termina de entender que hay palabras que lastiman, y actos condenatorios que llevamos dentro por haber sido escogidos como padres de estos niños que son maravillosos, que son inteligentes, aunque un poco distintos a otros. Pero esto no los hace menos, no los hace menos merecedores de respeto.
Hablando desde la experiencia de otra persona, puedo decir que debemos ser más empáticos. Los padres de estos niños llevan cargas emocionales y mentales que ya son más que suficientes como para que nosotros, como sociedad, los juzguemos. Muchos de estos padres tienen dudas y preguntas que calan en su corazón. Muchos de ellos, en algún momento, se han preguntado: ¿por qué a mí?, ¿qué hice mal en mi embarazo?, ¿será mi culpa?, ¿no me cuidé? Y es algo normal. Con el paso de los días y los años, los padres hacen lo mejor que pueden, dentro de las limitaciones de la educación, la sociedad y, sobre todo, el sistema de salud, para sacar adelante a estos niños que, repito, son maravillosos.
El nivel económico de los padres debe estar preparado para soportar las continuas citas y los tratamientos costosos, pero lo cierto es que no todos los padres pueden. Tienen que lidiar con un sistema de salud que, al día de hoy, no está adecuado. Estos niños requieren consultas frecuentes, terapias semanales que ayuden a su integración y avance, pero la realidad es que solo se pueden ofrecer terapias mensuales. ¿A quién habrá que acudir para que los gobernantes apoyen más al sector salud, que está comprometido en cuidar y velar por este grupo, que ya no es minoría, para que reciba mejor atención?
Hagamos un llamado fuerte a la empatía, que no es más que ponerse en el lugar de otra persona. Seamos más tolerantes y, sobre todo, eduquemos a nuestros hijos. En la escuela, estos niños tienen los mismos derechos a una educación inclusiva. Su conducta, si bien a veces puede ser diferente, no los hace extraños, los hace humanos, y merecen buen trato, respeto, amor y comprensión tanto de sus compañeros como de sus mayores. El padre de ese niño está batallando en su corazón con temores, dudas, preocupaciones y hasta cansancio, porque es normal, pero estoy segura de que no se rendirá y seguirá luchando hasta ver a su hijo crecer y avanzar en este mundo.
Entonces, es allí donde cada uno de nosotros puede aportar. ¿Cómo hacerlo? Es bien fácil: escúchalo, bríndale una mano amiga, respétalo y no juzgues a su hijo. Educa a otros para que el respeto y la tolerancia prevalezcan.
La autora es secretaria.