Como cada cuatro años, sigo en “modo fútbol”. Durante cuatro semanas podemos desconectarnos, al menos parcialmente, de todas las desgracias que comúnmente condimentan nuestro existir. Entiendo que hay a quien no le interesa el fútbol, pero creo que representa una minoría. Durante ese mes cada cuatro años, quien no sabe lo que está pasando en la Copa del Mundo está bastante aislado de las conversaciones que ocupan el mayor tiempo en las tertulias, reuniones, noticieros, periódicos y redes sociales alrededor del mundo.
Como ya se ha dicho hasta la saciedad, este mundial nació torcido. Cuando se asignó la sede a Catar, era muy sospechosa la forma como se dio la votación. Se evidenció pago de sobornos y votos a cambio de compra de armamento a países occidentales. En fin, corrupción pura y dura. La falta de interés por el deporte de las patadas y los goles en el país sede generaban muchas dudas sobre la asistencia a los partidos. Las estrictas normas islámicas de conducta social fueron motivo de quejas desde el primer momento, pues obligarían a gente de todo el mundo a adoptarlas sin chistar.
Al momento de escribir esto ya terminó la fase de grupos, sabemos qué países siguen en competencia y podemos sacar algunas conclusiones sobre lo que ha pasado en esta primera mitad de Catar 2022.
Futbolísticamente, es evidente que cualquier selección, por insignificante que parezca, puede amargarle la fiesta a las potencias mundiales del fútbol. Arabia Saudita le gana a Argentina, Japón le gana a Alemania, Uruguay empata con Corea del Sur, Gales pierde con Irán, Estados Unidos empata con Inglaterra, Marruecos le gana a Bélgica, Australia le gana a Dinamarca, Túnez le gana a Francia, Japón le gana a España, Corea le gana a Portugal y Camerún le gana a Brasil. Resultados que, basados en la historia futbolística de los países, no eran esperados.
La globalización del fútbol permite que jugadores de todos los países jueguen en las ligas más competitivas. El proceso de preparación de los jugadores se profesionaliza, dejando menos al “talento natural” y dependiendo más del entrenamiento físico, la dieta, el análisis de datos y la rigurosidad táctica que hace 30 o 40 años. Si bien los Messi, Cristiano Ronaldo, Luka Modric, Vinicius Jr., Neymar o Kylian Mbappé siempre serán elementos diferenciadores en sus equipos, el nivel promedio de quienes llegan a jugar en un Mundial es mucho más homogéneo de lo que veíamos el siglo pasado. De allí, que cada vez será más común que selecciones “inferiores en el papel”, dejen fuera del Mundial a las favoritas.
Otra de las estrellas del campeonato del Mundo ha sido la tecnología. Las producciones de la televisión tienen una calidad impresionante. Las repeticiones con múltiples cámaras y con drones, permiten ver ángulos de las jugadas que hace un tiempo parecían imposibles. Tan solo esta semana vi un video donde, viendo los partidos en el estadio, pero utilizando un teléfono o una tableta inteligente, se pueden activar sistemas de realidad aumentada, donde se obtienen datos en tiempo real de los jugadores en el campo. Algo que se parece cada vez más a un videojuego.
Desde hace mucho, se consideró que el fútbol debía utilizar las repeticiones instantáneas para dirimir decisiones dudosas sobre goles, faltas, penales y fueras de juego. Actualmente, el VAR (video assistant referee o arbitraje asistido por video) ha contribuido a hacer más justo el juego, dejando menos al criterio arbitral y tomando decisiones en base a datos objetivos. Sin embargo, en este campeonato, hemos visto que esa tecnología por momentos parece estar pasándose de tuerca con decisiones milimétricas, particularmente en cuanto al fuera de juego. El análisis computarizado de las imágenes parece estar desvirtuando el objetivo de la regla, que es evitar que un jugador obtenga ventaja al adelantarse a los defensas. Hasta ahora, nadie puede asegurar que tener tres milímetros del hombro izquierdo adelantado a la punta del zapato derecho de un defensa represente una ventaja real en el contexto de una jugada. Confío que, en el futuro, el reglamento se vaya ajustando para que las decisiones se tomen en base al objetivo de las reglas y no a una fría interpretación basada en muñequitos reconstruidos por una computadora.
Pero de todo lo que genera un Mundial, lo más interesante es el fenómeno sociológico que representa. El fútbol es sin duda el deporte con más alcance global. Es un deporte barato, que no requiere equipo sofisticado y que está al alcance de todo el mundo. Sino, recordemos cómo jugábamos en el recreo de la escuela, con una bola hecha con vasos de cartón, usando como porterías cuatro piedras.
El idioma del fútbol lo entiende todo el mundo por lo sencillo que es; los fanáticos de todos los países se mezclan en las graderías y gritan, bailan y saltan alentando a sus equipos, como si la vida les fuera en ello. Un mundial de fútbol da oportunidad a protestar contra las injusticias, como cuando los iraníes se niegan a cantar el himno de un país que viola los derechos de las mujeres o una ministra de Alemania lleva el brazalete con los colores del arcoíris en defensa de la inclusión, a pesar de que a los jugadores no se les haya permitido ponérselo.
Y al final, esos jugadores que luchan por dar la victoria a su país se abrazan al terminar el partido y comparten, en la victoria y en la derrota, ese entusiasmo que genera un deporte verdaderamente de multitudes. Ver a jugadores de Estados Unidos e Irán abrazándose al terminar un partido tiene un significado mucho más allá que un simple evento deportivo. Es un signo que hay situaciones en que todos lo seres humanos podemos compartir el mismo entusiasmo alrededor de lo que pase con un balón. Eso es lo más grande de este grandioso deporte universal...
El autor es fanático del fútbol
