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Un Istmo entre dos grandes intereses

Recuerdo haber sido invitado por mi cuñado, quien en ese entonces era oficial de inteligencia y piloto de la fuerza naval de Estados Unidos, mejor conocida como la US NAVY, a un crucero llamado Tiger Cruise. Este no era el típico crucero de placer al que, años después, nos acostumbraríamos a tomar en familia.

El viaje zarpaba con la tripulación y los familiares como invitados especiales desde la base naval de Mayport, en Jacksonville, Florida. Durante una semana, navegaríamos junto al escuadrón naval del portaaviones USS Forrestal hasta la ciudad de Norfolk, Virginia. En la década de 1980, este portaaviones ya estaba en la lista de aquellos que serían reemplazados por la nueva generación de portaviones Nimitz, de propulsión nuclear. Fue una experiencia extraordinaria ver despegar y aterrizar icónicas aeronaves como los F-14 Tomcat de Top Gun, los bombarderos A-6, así como destructores, submarinos y helicópteros, todo desde la plataforma de mando del capitán de la flota.

En mis veintes, mientras estudiaba en Norfolk, Virginia, esta ciudad albergaba la base naval más grande del Atlántico en esa época, y creo que aún lo es. En los años 80, Estados Unidos estaba bajo la presidencia de Ronald Reagan (1981-1989), a quien se le atribuye el uso del poder económico, político y militar para precipitar el colapso de la Unión Soviética. Ese poderío se reflejaba en su despliegue global y en las numerosas bases militares que mantenía en la antigua Zona del Canal de Panamá. Para entonces, Estados Unidos tenía aproximadamente 12 bases militares a lo largo de las riberas del Canal.

El Tratado Torrijos-Carter, firmado el 7 de septiembre de 1977, estableció el cierre progresivo de esas bases y la retirada de las tropas estadounidenses. Más importante aún, pactó la transferencia total de la administración del Canal a Panamá en el año 2000. También se firmó el Tratado de Neutralidad, sobre el cual el general Omar Torrijos advirtió que, con su firma, Panamá quedaría “bajo el paraguas del Pentágono”.

En esa misma década, mientras Estados Unidos expandía su dominio militar, China comenzaba a dar pasos firmes con su política de puertas abiertas, impulsando la inversión extranjera. Las grandes multinacionales aprovecharon la mano de obra barata, reduciendo costos y aumentando beneficios. Esto derivó en la tercerización de la producción y en el offshoring industrial.

Con la llegada de Donald Trump a la presidencia en su segundo mandato, los panameños nos encontramos en medio de un conflicto geopolítico global. En su discurso de inauguración, Trump afirmó que recuperaría el Canal de Panamá. Al hacer referencia al expresidente Theodore Roosevelt (1901-1909) y su famosa frase “I took the Panama Canal”, sus palabras no podían tomarse a la ligera. Trump ya había mencionado el Canal en un encuentro con los hawks republicanos un mes antes de asumir el cargo, pero muchos en Panamá lo vieron como otra de sus declaraciones improvisadas.

Sin embargo, las alarmas se encendieron cuando su recién nombrado secretario de Estado, Marco Rubio, de origen cubano, eligió Panamá y Centroamérica como primera escala de su gira internacional. Quedó claro que el tema del Canal no era solo retórica política.

En 2017, el gobierno de Juan Carlos Varela rompió relaciones diplomáticas con Taiwán y estableció lazos con la República Popular China. No comparto la afirmación del presidente José Raúl Mulino de que la actual tensión con Estados Unidos se deba únicamente a esta decisión. Aunque el proceso pudo haberse manejado de otra manera, lo cierto es que Panamá, tarde o temprano, debía tomar esa decisión.

Desde 1997, la empresa Hutchison Ports administra puertos en el Pacífico y el Atlántico bajo un contrato de 25 años, que fue renovado de manera cuestionable en 2021 por el gobierno de Laurentino Cortizo. Algunos en Estados Unidos afirman erróneamente que China controla el Canal de Panamá, cuando en realidad se trata de la concesión de puertos a una empresa con origen en Hong Kong.

China ya no es el país discreto de los años 80. Aunque aún no ha mostrado un comportamiento expansionista, su creciente poderío militar se ha concentrado en el Asia-Pacífico, donde busca intimidar a Taiwán y ha provocado que Estados Unidos refuerce sus alianzas con Japón, Filipinas, Corea del Sur y Australia.

Desde 1978, China ha combinado su apertura económica con un modelo de capital mixto que ha impulsado un crecimiento sin precedentes. Su iniciativa de la Ruta de la Seda, de la cual Panamá fue el primer país en firmar adhesión en la región, es prueba de su estrategia global.

En el año 2000, la economía de Estados Unidos era ocho veces mayor que la de China. Sin embargo, en solo 15 años, esa diferencia se redujo a 1.6 veces. China ha sostenido un crecimiento anual superior al 10% durante las últimas décadas, al punto de haber superado la base industrial estadounidense. Los analistas estiman que, en los próximos años, desplazará a Estados Unidos de su hegemonía global.

El comportamiento de China en el año 2000, cuando sus empresas apenas comenzaban a operar en la región, no es el mismo que vemos 25 años después. Aunque no ha expandido su territorio, sí ha comenzado a medir su poder económico y militar de manera más agresiva.

Las declaraciones de Trump sobre el Canal no pueden descartarse como una amenaza a la soberanía panameña. Si Estados Unidos decidiera exigir la devolución de los puertos en ambas riberas del Canal, China podría verlo como una provocación directa, lo que podría derivar en un choque diplomático e incluso militar.

El problema no es solo la importancia geopolítica de Panamá para Estados Unidos, sino que el 75% de la carga contenerizada que transita por el canal tiene como destino final los puertos estadounidenses. China, por su parte, no se quedará de brazos cruzados. Panamá podría convertirse en el primer escenario de un enfrentamiento directo entre ambas potencias.

La historia nos ha demostrado que ningún país que haya acumulado un poderío económico y militar considerable ha resistido la tentación de expandirse. Esperemos que China no repita esa historia y que Panamá no se convierta en un punto de conflicto que ponga en riesgo su soberanía y estabilidad económica.

El autor es exbanquero.


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