Regístrate para recibir los titulares de La Prensa en tu correo

Exclusivo Suscriptores

Un mar y un océano, pero playas limitadas

Un mar y un océano, pero playas limitadas
Playa El Palmar, distrito de San Carlos, provincia de Panamá Oeste. 04 de agosto de 2024. Foto: Alexander Arosemena

En Panamá hemos sido más que privilegiados. Al momento en que el mundo —o el globo terráqueo— se fue configurando, la geografía nos colocó en un lugar preferencial (PMI - VIP), usando una expresión propia de los grandes eventos para señalar las mejores ubicaciones, aquellas desde donde todo se aprecia mejor.

Así, Panamá se convirtió en un país singular. Dos grandes sistemas oceánicos influyen directamente en sus costas. Al norte, el mar Caribe, que forma parte del océano Atlántico. Al sur, el océano Pacífico, vasto, profundo y de carácter imponente. Son pocos los países que pueden afirmar que, en un territorio tan reducido, la naturaleza les concedió semejante diversidad. Esta condición no es casual ni menor. Es una dádiva, un regalo que nos define como nación.

Playa y océano

Hablar de playas en Panamá implica, primero, entender qué es océano y qué es playa, términos que solemos usar como si fueran sinónimos, aunque no lo son.

El océano es el cuerpo de agua salada en constante movimiento. Es profundidad, corriente, fuerza, misterio y vida; parte esencial del planeta y de nuestra propia existencia. El océano no pertenece a nadie. Existía antes de las fronteras, de los Estados y de las leyes. Impone respeto porque no se deja dominar y porque en él se origina y se sostiene una parte fundamental de la vida en la Tierra.

La playa, en cambio, es la franja de tierra que sirve de transición entre el continente y el océano. Es el espacio donde ocurre el encuentro humano, donde se camina, se descansa, se pesca, se conversa y se contempla el horizonte. La playa no es solo arena. Es un territorio vivo, cambiante, que se redefine con las mareas y con el tiempo.

Comprender esta diferencia es fundamental, porque la playa no es una extensión privada del terreno colindante, sino un espacio natural con una función social, ambiental y cultural.

Panamá y sus dos aguas

Desde una mirada geográfica y educativa, conviene aclararlo con precisión. En Panamá, la costa norte está bañada por el mar Caribe, que forma parte del océano Atlántico. El país no tiene costa directa con el Atlántico abierto, sino con este mar interior, que posee identidad propia.

La franja caribeña panameña se extiende desde Bocas del Toro hasta Guna Yala, e incluye Colón, y está acompañada por importantes conjuntos insulares como el archipiélago de Bocas del Toro y el archipiélago de Guna Yala (San Blas). Estas islas no solo delimitan el espacio marítimo, sino que definen la identidad geográfica, cultural y ambiental del Caribe panameño.

Aunque el mar Caribe pertenece al océano Atlántico y se conecta con él a través de los pasos entre las islas, presenta dinámicas propias de corrientes, biodiversidad y clima, razón por la cual se le nombra y estudia de manera diferenciada. Al sur del istmo, en contraste, Panamá se abre directamente al océano Pacífico, configurando una condición geográfica excepcional.

El acceso a las playas

En Panamá, el acceso a las playas no debería ser motivo de debate. Es un derecho constitucional. Las playas son bienes de uso público y, como tales, pertenecen a todos los panameños, sin distinción económica, social o política.

El problema no está en la ley, sino en la práctica. Cercas, muros, caminos cerrados, controles informales y silencios administrativos han convertido, en muchos casos, lo público en inaccesible. A ello se suma una realidad que no puede ignorarse: en algunos lugares se ha normalizado el cobro para poder llegar a la playa, como si el acceso a lo común fuera tratado como un servicio privado.

Cuando el acceso depende de permisos, pagos o tolerancias selectivas, el derecho se transforma en favor. Y un derecho que se concede como favor deja de ser derecho.

Memoria histórica

Durante décadas, las playas en Panamá fueron espacios abiertos, transitados libremente por comunidades costeras, pescadores, familias y visitantes. No eran un privilegio. Eran parte de la vida cotidiana.

Con el tiempo, y en contextos de crecimiento turístico, vacíos legales y relaciones de poder, se inició un proceso silencioso de apropiación progresiva. Ocupaciones temporales y concesiones ambiguas se transformaron en posesiones permanentes, muchas veces sostenidas más por influencias políticas que por legitimidad jurídica.

Así se normalizó la idea de que el océano se contempla, pero la playa se pide: mirar el horizonte sigue siendo libre; pisar la arena, no siempre.

Una reflexión abierta

Panamá aún conserva playas vírgenes, espacios naturales que permanecen prácticamente intactos. Este hecho, excepcional en pleno siglo XXI, plantea preguntas profundas sobre cómo protegerlas, cómo garantizar su acceso responsable y cómo evitar que se pierdan sin que la sociedad siquiera lo note.

Este tema —el de las playas vírgenes como patrimonio común, como privilegio nacional y como responsabilidad colectiva— merece una reflexión propia. Queda aquí planteado, no como conclusión, sino como una invitación abierta a seguir pensando y escribiendo sobre lo que aún tenemos y sobre lo que aún estamos a tiempo de cuidar.

Derechos y conciencia ciudadana

Defender el derecho al acceso a las playas también exige una reflexión honesta. La falta de conciencia ciudadana contribuye a su pérdida. No todos los cierres nacen de cercas. Muchos comienzan con el abandono, la falta de higiene y la indiferencia colectiva.

Playas contaminadas, residuos abandonados, plásticos, electrodomésticos, vidrios y desechos no solo dañan el ecosistema oceánico. También debilitan el argumento del derecho. Cuando lo común se descuida, se abre la puerta para justificar restricciones bajo el pretexto de orden, seguridad o conservación.

La higiene es un acto de civismo. Cuidar la playa es defenderla como espacio público. No se puede exigir acceso libre sin respeto al entorno, ni reclamar derechos mientras se destruye lo que es de todos.

Un llamado final

Cuidar las playas es cuidar un derecho, una herencia y una responsabilidad compartida. La libertad sin compromiso termina convirtiéndose en exclusión. La conciencia ciudadana, en cambio, transforma lo común en espacio de encuentro, educación y futuro.

Las playas de Panamá no solo nos rodean. Nos definen. Y lo que define a una nación debe ser conocido, respetado y defendido por todos.

La autora es educadora.


LAS MÁS LEÍDAS

  • Excontralor Solís rompe el silencio sobre Panama Ports: se distancia de la prórroga al contrato y defiende su auditoría. Leer más
  • Tercer pago del PASE-U: fechas, lugares y requisitos para cobrar esta semana. Leer más
  • Ordenan secuestro de cuentas y bienes de grupos ambientalistas por caso Puerto Barú. Leer más
  • Agroferias del IMA: horario y lugares de venta para este martes 3 de febrero. Leer más
  • Agroferias del IMA: dónde comprar este miércoles 4 de febrero. Leer más
  • PASE-U 2025: El Ifarhu anuncia nuevas provincias para entrega de cheques. Leer más
  • Un testigo no pudo declarar en el juicio de Odebrecht, porque el consulado no confirmó su identidad. Leer más