Hace pocos días le pregunté a Maylena:—Maylena, ¿cómo sigue tu mamá?
Me miró a los ojos, suspiró y, mientras decía “ahí vamos, un día a la vez, esto es demasiado duro”, sus ojos se llenaron de lágrimas y su rostro, de impotencia. No hubo exageración ni dramatismo. No hacía falta. Todo estaba ahí.
La mamá de Maylena es paciente oncológica. Y cuando alguien tiene cáncer, no es solo esa persona la que enferma: es toda la familia la que sufre; la que se reorganiza, la que se turna, la que sostiene, la que aguanta. El cáncer no se vive solo dentro del cuerpo; se vive en las salas de espera, en las madrugadas sin dormir, en la angustia constante.
Maylena me contó cómo, en más de una ocasión, tuvo que llegar de noche —a las 12:30 a.m.— para esperar afuera del Instituto Oncológico Nacional y poder tomar un cupo para que al día siguiente atendieran a su mamá. Los cupos son por orden de llegada. No por gravedad. No por dolor. No por urgencia. Por llegada.
Me dijo algo que todavía me cuesta procesar:
“Vi cómo una paciente era dejada allí por su sobrino, sentada, esperando al día siguiente para ver si alguien la atendía. No tenía otro familiar que le hiciera la fila. Al menos mi mamá nos tiene a nosotros, que nos turnamos para acompañarla y hacer la espera menos larga”.
Solo dejan entrar a un acompañante por paciente. No por mala voluntad, sino porque no hay espacio. El paciente, si tiene suerte y llevó una silla, logra sentarse en una sala helada. Puede pasar horas ahí. Con frío. Con dolor. Con miedo. Con el cuerpo ya cansado de tanto.
Las escenas que me describía parecían irreales, casi surrealistas. Como si no estuviéramos hablando de un país pequeño, con recursos, donde “todos nos conocemos”. Así que le pregunté algo más:—Si tuvieras que describir la experiencia en una sola palabra, ¿cuál sería?
No dudó: inhumana.
“Ningún ser humano se merece que lo traten así”.
Y ahí apareció algo más, además del dolor: la rabia. Porque no es solo triste. Es injusto. Es indignante. Es imperdonable que en Panamá —un país que se jacta de crecimiento, de modernidad, de cifras macroeconómicas positivas— los pacientes con cáncer tengan que pasar por esto.
Mientras tanto, en los tribunales panameños sigue avanzando uno de los casos de corrupción más grandes del país, relacionado con la constructora brasileña Odebrecht. Se ha recuperado más de 84 millones de dólares en concepto de multas y acuerdos de pena vinculados a sobornos y pagos ilícitos durante años de contratos públicos, y existen bienes y cuentas aprehendidas que podrían elevar aún más esa cifra en favor del Estado.
Ese dinero —recuperado por la justicia a través de procesos largos y aún en curso— representa recursos que podrían transformarse en soluciones reales para los panameños: inversiones en infraestructura hospitalaria, insumos, espacios dignos para los familiares que acompañan a sus seres queridos y atención médica de calidad para quienes enfrentan enfermedades que van más allá de lo físico. Pero hasta ahora, según mi conocimiento, no existe un plan público claro para destinar esos fondos recuperados específicamente a mejorar la calidad del sistema de salud oncológico. Esa realidad no solo duele; indigna.
Sé que los profesionales de la salud hacen lo que pueden con lo que tienen. Lo sé bien. Médicos, enfermeras y personal de apoyo trabajan al límite, muchas veces sin insumos, sin espacio, sin condiciones mínimas. Esto no es una crítica a ellos. Es una denuncia a un sistema que los abandona y que abandona, sobre todo, a los pacientes.
¿Cómo puede ser que no haya insumos suficientes para tratar el cáncer? ¿Cómo puede ser que no existan espacios adecuados para atender con dignidad a quienes ya están sufriendo? ¿Cómo puede ser que personas que ya cargan una enfermedad tan dura tengan que soportar, además, la desorganización, la falta de planificación y la ausencia de soluciones de fondo?
Lo que me contó Maylena no está bien. No debería ser normal. No debería aceptarse con resignación. El Estado tiene una responsabilidad ineludible con los pacientes oncológicos. Y esa responsabilidad no se cumple con promesas, discursos o parches temporales. Se cumple con acciones concretas, sostenidas y urgentes.
Hoy escribo enojada y dolida, pero también con esperanza. Porque creo que cuando más personas conocen la realidad, algo puede empezar a cambiar. Tal vez alguien lea esto y hable con alguien. Tal vez esos recursos recuperados por la lucha contra la corrupción sean, al fin, destinados a mejorar la atención médica que tantos panameños necesitan y merecen.
Los pacientes con cáncer no pueden seguir esperando. El tiempo, para ellos, no es un trámite administrativo: es vida.
La autora es pediatra.

