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Un país, una sola salud

Un país, una sola salud
Fotografía de plásticos acumulados en la Cinta Costera del 05 de agosto de 2025 en la bahía de Ciudad de Panamá (Panamá). EFE/ Carlos Lemos

En Panamá, el desarrollo del sistema de salud ha estado normativamente influido por el enfoque de la Declaración de Alma-Ata de 1978, que reconoció el papel central de los determinantes sociales de la salud y definió la Atención Primaria de Salud (APS) como estrategia fundamental. Sin embargo, su implementación efectiva fue limitada, particularmente en el marco del objetivo global de “Salud para Todos en el año 2000”, y ha coexistido de manera desigual con un modelo históricamente centrado en la enfermedad y la atención hospitalaria. Con la Declaración de Astaná en 2018, la comunidad internacional renovó el compromiso con una visión de salud que reconoce que la mayor parte de los resultados sanitarios está condicionada por factores sociales, ambientales y territoriales, y que la acción preventiva debe anticiparse a los patrones culturales y contextuales antes de que se transformen en problemas de salud pública. En este contexto, la Atención Primaria de Salud, cuatro décadas después de Alma-Ata, no ha perdido vigencia, sino que reafirma su carácter estratégico frente a los desafíos contemporáneos.

En la literatura panameña de salud pública, el “sistema de salud” ha sido concebido de manera amplia, integrando el abastecimiento de agua potable, el manejo de los desechos sólidos, el Ministerio de Salud y la Caja de Seguro Social, al reconocer que el saneamiento básico constituye el cimiento silencioso de la salud colectiva; sin embargo, este enfoque revela una realidad incómoda, y es que la pesada carga de la enfermedad que hoy atiende el Minsa no se origina exclusivamente en el ámbito sanitario, sino en una red de decisiones sectoriales que operan con poco control e insuficiente articulación. Políticas agropecuarias insuficientes para detener la contaminación de ríos como La Villa, Pacora o Tonosí; debilidades en la gestión municipal de residuos; intermitencias en los servicios de agua potable; fiscalización ambiental insuficiente; fallas en el ordenamiento territorial y en la infraestructura urbana; así como determinantes sociales vinculados a la pobreza y la educación configuran un entramado de “conexiones invisibles” que condicionan el proceso salud-enfermedad mucho antes de que el paciente llegue al hospital. El sector salud no produce estas causas, pero recibe su peso, enfrentando una carga creciente de enfermedad que no podrá reducirse mientras la salud siga siendo tratada como una responsabilidad exclusiva del Minsa y no como el resultado transversal de un modelo de gobernanza intersectorial.

Lo alentador es que no he visto al Minsa quejarse; todo lo contrario, se percibe llevando el bulto y enfrentando problemas y una carga que no le corresponde en su totalidad, y en la que a otros sectores les ha faltado determinación. En una sociedad como la nuestra, donde la percepción ciudadana sobre la realidad por repetición mediática se vuelve demostración, conviene destacar algunos temas estratégicos a nivel internacional. Bajo el reconocimiento de que el Ministerio de Salud no ha sido un actor pasivo ni improductivo, la Organización Panamericana de la Salud (OPS), en su Informe Anual 2025, Panamá, destacó avances relevantes en el ejercicio de la rectoría sanitaria por medio de la formulación de la Política Nacional de Salud 2026-2035, el fortalecimiento de la atención primaria, la eliminación progresiva de enfermedades transmisibles, la transformación digital, la preparación ante emergencias y la adopción de un enfoque más holístico basado en una sola salud. Estos logros evidencian un liderazgo institucional que se combina con la voluntad de reformar. Pero en este contexto es menester observar que una sola golondrina no hace verano y que, aun cuando desde esta institución del Estado se reciba el reconocimiento internacional mencionado, los resultados sanitarios seguirán condicionados por decisiones que se toman fuera del sector salud.

La enfermedad que sobresatura el sistema no nace en los hospitales, sino en el agua contaminada, en la basura mal gestionada, en la producción con poco control ambiental y en una persistente fragmentación intersectorial. Pensando aún más como país, requerimos hoy de nuestra gente una lectura sistémica del proceso salud-enfermedad, que, reconociendo lo avanzado y proponiendo una nueva arquitectura de gobernanza sanitaria, controle en origen muchos de los factores de riesgo que la producen. Estos factores los podemos traer a la luz al develar aquello que no se nota, porque no estamos educados para notarlo. Me refiero a las múltiples conexiones invisibles que, al referirse al agua, la basura, la producción agropecuaria, el ambiente y el ordenamiento territorial, se siguen tratando como asuntos ajenos y separados de la salud, y es justamente el Minsa quien enfrenta la pesada carga de la enfermedad. Dijo Helen Keller, la primera mujer nacida ciega en graduarse con honores en una universidad de Estados Unidos, cuando la emplazaron sobre qué cosa era peor que haber nacido ciega, ella respondió: “Poder ver y no tener una visión”. El sentido de urgencia nos impele a articular una visión compartida que reconozca que la salud se produce fuera del hospital y se deteriora mucho antes de llegar a él, y así redistribuir las cargas para lograr respuestas eficaces en el uso de los recursos; propósito común en el que cada sector deberá asumir su peso específico, gestionando políticas públicas integradas en materia de rectoría y regulación para una mayor y mejor alfabetización sanitaria, que, fortaleciendo la prevención, nos permita avanzar hacia un sistema de responsabilidades compartidas y, como un solo país, todos juntos, hagamos posible una sola salud.

El autor es máster en salud pública, doctor en ciencias, educación social y desarrollo humano y coordinador de la memoria histórica del Canal de Panamá.


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