La marcha del orgullo se ha convertido en un hito importante en la vida social y política de la comunidad LGBTIQ+. Este año se cumplen 19 años desde que inició lo que consideré fundamental en el avance de los derechos humanos de nuestra población.
Necesitábamos salir del clóset. Salir con un discurso reivindicativo, contestatario, en un país donde las autoridades no reconocen la diversidad sexual e identidad de género, y cuando todavía estaban vigentes las normas anti sodomía donde éramos sujeto de multa y arresto por vivir o expresar nuestra sexualidad.
Antes del inicio de la marcha del Gay Pride, se celebraba cada seis sábados previo al 28 de junio, con un color en particular de la bandera de la diversidad. Las tres más importantes discotecas estaban a rebosar con personas, en su mayoría hombres gay, celebrando la fiesta de colores. La ley de la discreción era mucho más fuerte que ahora y nos daba una falsa seguridad. La seguridad de la noche, de un espacio cerrado y controlado y garantías de anonimato.
A pesar de la burla de los medios de comunicación y la incredulidad de la comunidad y la falta de apoyo, sostuve la marcha y la hice crecer. Muchos cuestionamientos del porqué de una marcha, si en Panamá los panameños LGBTIQ+ no somos perseguidos, porque hay una percepción de ser tolerados en un país donde vivimos nuestra sexualidad sin mayor problema. Por lo menos ese era el argumento. Claro ejemplo son los carnavales en la ciudad de Las Tablas, donde los LGBTIQ+ se liberan de sus inhibiciones y hacen de la fiesta un derroche de arte y folclor. Lo importante era la discreción, estar en el clóset y no tendrías problemas. Pero teníamos que romper ese paradigma.
Recuerdo ese día lleno de emociones, rodeado de valientes hombres y mujeres, que muchos optaron por usar máscaras y esconder su identidad. No era de menos, debido a que había muchos periodistas de varios medios que fueron a burlarse del evento. La población trans se abstuvo de participar por años por miedo a una redada policial. Todo era una contradicción. ¿Por qué tanto miedo? Si el argumento era que no había discriminación, ¿cuál era el temor?
Pero ahora, el dinero rosa está creando otros paradigmas poniendo en peligro el trabajo de reivindicación, queriendo vender un Panamá que no existe. Que por medio del consumo lograrás la felicidad y el orgullo que te ayudará a bajar la ansiedad ante la discriminación. Querer hacer del Gay Pride un paquete turístico, donde temas y grupos humanos son censurados para no perjudicar la imagen de una marca comercial. El Gay Pride ha sido empaquetado. Hacerle creer a los jóvenes LGBTIQ+ que las marcas comerciales se preocupan por ellos y que consumirlos les hará sentir mejor, que los ayudará a bajar el miedo de vivir en un país que no quiere reconocer que existimos, es algo que me cuesta aceptar como activista. Mis preguntas a estas marcas son: ¿cuántas personas trans tienen trabajando en sus empresas? ¿Les apoyan en obtener un empleo? ¿Las contratan? ¿Cuáles organizaciones panameñas que hacen un trabajo social reciben apoyo? Los derechos humanos no son negocio.
La pugna entre los activistas y el dinero rosa es un fenómeno mundial, donde luchamos para que no se pierda la esencia de las marchas. La principal crítica a este tipo de capitalismo es querer mercantilizar el movimiento LGBTIQ+. En lugar de dejar que sea el propio discurso de los y las activistas LGBTIQ+ de Panamá la que influya en las dinámicas de la reivindicación y reconocimiento de los derechos humanos y la igualdad ante la ley, es el dinero rosa el que influye en el discurso. Por lo tanto, lo adapta a sus modelos y necesidades de consumo. La marcha del Orgullo 23 este 24 de junio está abierto para todos, todas y todes. Sin restricciones ni censuras ni condicionar a los grupos ni prohibir temas. Esa es la esencia de la marcha, donde las personas se sientan libres de expresarse.
Ese es nuestro compromiso.
El autor es presidente de AHMNP y especialista en derechos humanos de la población LGBTIQ