Panamá vive una contradicción sanitaria estructural. Sus indicadores promedio la sitúan por encima de la media latinoamericana, pero esa cifra agregada oculta brechas profundas entre regiones, entre asegurados y no asegurados, y entre quienes acceden a tecnología de punta y quienes esperan meses por un diagnóstico. La fragmentación histórica entre el Ministerio de Salud (MINSA) y la Caja de Seguro Social (CSS) ha generado duplicación de funciones y largas listas de espera. Reformar este modelo no es una opción ideológica: es una necesidad técnica y una obligación ética.
Ninguna patología revela con mayor claridad estas fallas que el cáncer. Cada año, más de cinco mil panameñas y panameños reciben un diagnóstico oncológico inicial; más de mil casos corresponden a cáncer de mama y cerca de novecientos, a próstata. Detrás de cada cifra hay una persona que no solo enfrenta la enfermedad, sino también traslados desde provincias lejanas, demoras diagnósticas y atención fragmentada. En oncología, el tiempo no es un trámite administrativo: es la diferencia entre curar y paliar.
El Instituto Oncológico Nacional (ION), con profesionales de excelencia, ha operado durante años desbordado en infraestructura y capacidad. La construcción de su nuevo edificio en la Ciudad de la Salud, con una inversión de B/.72 millones y la meta de concluirlo en 22 meses para inaugurarlo en 2027, representa una oportunidad histórica. Concebido en el marco de un convenio entre MINSA y CSS para optimizar servicios integrados, el nuevo ION puede convertirse en el primer paso concreto hacia un sistema público más coordinado.
Pero la infraestructura, por sí sola, no reforma sistemas. El nuevo ION debe ser el punto de partida de un Plan Nacional de Cáncer que actúe como eje vertebrador de la reforma sanitaria. Ello implica, en primer lugar, integración institucional real: el ION y el Hospital de Cancerología de la CSS deben compartir registros clínicos electrónicos, protocolos estandarizados, gestión unificada de listas de espera y planificación conjunta de recursos humanos y tecnológicos. Mantener estructuras paralelas es financieramente insostenible y clínicamente ineficiente.
En segundo lugar, la descentralización es imperativa. La concentración histórica de la atención oncológica en la capital genera inequidad y colapso. Un Plan Nacional debe estructurar una red por niveles de complejidad que fortalezca capacidades regionales en diagnóstico por imagen, anatomía patológica y quimioterapia ambulatoria, apoyada por teleoncología y navegación de pacientes. Ningún ciudadano debería abandonar su entorno inmediato para recibir atención básica.
El tercer componente estratégico es la innovación tecnológica. La oncología contemporánea avanza hacia la medicina personalizada basada en perfiles moleculares; terapias que antes tomaban horas hoy se administran en minutos, y la inteligencia artificial acelera el diagnóstico por imágenes. Facilitar la incorporación regulatoria y financiera de estas tecnologías —con evaluación rigurosa y mecanismos de compra transparentes— no es un gasto suntuario, sino una inversión con retorno medible en supervivencia, productividad y calidad de vida.
El cuarto pilar es la prevención y la atención primaria. Una proporción significativa de cánceres es prevenible mediante vacunación, tamizaje oportuno y reducción de factores de riesgo. Sin una red primaria robusta, el sistema seguirá reaccionando en etapas avanzadas, con mayores costos humanos y financieros.
Finalmente, el Plan debe incorporar metas medibles, financiamiento sostenible y gestión por resultados. La modernización de los sistemas de información, la investigación clínica local y la incorporación y formación, a corto, mediano y largo plazo, de recursos humanos especializados son condiciones indispensables para una asignación más eficiente del gasto.
El cáncer ofrece a Panamá una oportunidad excepcional: reformar el sistema desde un problema concreto y urgente. Si el nuevo ION y el Hospital de Cancerología de la CSS operan bajo una rectoría coordinada, con acceso universal y estándares unificados, el país podrá demostrar que la integración no es un discurso, sino una práctica. Más de cinco mil nuevos pacientes cada año no esperan promesas; esperan justicia sanitaria. Convertir el Plan Nacional de Cáncer en la palanca de la reforma es, en esencia, cumplir con esa deuda social.
El autor es médico salubrista.

