Hace unos días vi, en un video de las redes sociales, una noticia que decía que un embajador de Panamá gana por mes nada menos que B/.25,000.00; otro gana algo parecido, y el hijo de una presidenta, B/.18,000.00. ¡Qué felicidad! ¿Para qué comentarlo, si ese es el propósito de la vida? Los seres humanos quieren vivir bien en esta vida para que en la otra Dios los recompense.
Pero hay un detalle que quisiera comentar con quien lea este artículo: esto estaría bien si hubiera una política social de igualdad de oportunidades y si esas oportunidades estuvieran sujetas a concursos y méritos o, en el mejor de los casos, a la estabilidad social. Hay muchas personas que se queman las pestañas estudiando diplomacia en una universidad y finalmente quedan como buhoneros.
Sin embargo, en contraste con esos pocos, durante varios años hemos observado a muchos jubilados que recorren las calles de las ciudades en un acto que ellos llaman “protesta”, pero que más bien parece un ruego, pidiéndole a quien gobierna que les dé una miguita. Son personas cuyos ingresos oscilan entre cien, doscientos o trescientos balboas al mes. Personas que cada cinco años se entusiasman como chiquillos alocados cuando los candidatos visitan sus casas prometiéndoles riquezas y ayuda.
Incluso, entre estas personas hay un grupo de quienes antes fueron policías, muy bravos reprimiendo manifestaciones, y hoy son reprimidos por otros policías jóvenes debido a sus reclamos. Bueno, estos policías de hoy se volverán viejos y entonces saldrán a reclamar derechos, y vendrán otros jóvenes a darles palo, como ellos hicieron con los anteriores. En fin, es el círculo de la pobreza.
A decir verdad, este es un cuadro doloroso: unos viven como reyes y otros como siervos. Y lo más doloroso es que, ante los reclamos de esa gente que vive con un ingreso de miseria, la respuesta es palo y plomo.
Me parece que aquí hay un descalabro social. Los que viven como reyes nunca enfrentarán problemas ante el aumento de los precios de las cosas necesarias para vivir, pero el que vive en la miseria siempre sufrirá. Y las consecuencias que esta infelicidad causa son las que todo el mundo conoce: pobreza, delincuencia, protestas, revoluciones y, algunas veces, muertos.
Panamá es un crisol de contradicciones. Esos políticos que les niegan la miguita a los jubilados les pidieron que votaran por ellos y ahora les responden que no hay dinero. El argumento de todos los gobiernos es que no hay dinero, pero apenas acaban de decirlo, explota una noticia sobre un escándalo de corrupción.
Finalmente, el asunto de que no hay dinero es una especie de cinismo, pues con esos salarios que ganan los embajadores, el hijo de la presidenta y los diputados, Panamá es una fiesta permanente, en la que la corrupción es una constante y en la cual participa hasta el Ministerio Público, porque, por lo general, estos casos se le vuelven humo.
El autor es abogado y profesor.


