El futuro del quinquenio 2024-2029 no está en capacidad de prometer nada si nuestros políticos, no los politicastros, no tienen la talla necesaria para comprender que la nación necesita de un movimiento renovador capaz de refundar las instituciones de la república, para proyectarla con energía al segundo cuarto del siglo XXI que está por iniciarse.
Es indispensable apuntar a que tengamos justicia y no me refiero únicamente al Órgano Judicial, que nos ha dado esperanzas sí, pero no equidad ni orden. Hace falta justicia en los salarios, en el cumplimiento oportuno de los compromisos de Estado, en cerrar las crecientes y abismales brechas económicas, educativas, sanitarias y de toda índole existentes en nuestra sociedad, en la aplicación de las leyes, en fin, en las atribuciones que a sí mismos se dan quienes llegan a detentar cargos públicos que entienden como patentes para el ejercicio de la piratería y hacer lo que venga en gana.
Hemos de comenzar por modificar las normas para elegir diputados y para ello habrá que hacer cambios sustanciales en la Constitución Nacional. Si los diputados no están de acuerdo, con el voto de los ciudadanos habrá que cerrar temporalmente el parlamento mientras una constituyente se aboque a hacer lo que ya es un tema de sobrevivencia del Estado que apunta a ser un modelo fracasado.
Hay que desterrar el clientelismo y afirmar valores éticos que hoy parecen no existir más que en capillas e iglesias, como si Dios, la moral y los feligreses tuvieran que estar constreñidos a las paredes de esos templos, cuando también es templo la patria misma.
La lucha ahora cosmética contra la delincuencia es de esencia que sea real y sin miramientos, como también lo es fortalecer la economía, promoviendo las ventajas comparativas que siempre ha tenido el istmo y explotarlas óptimamente agregando valor a nuestra preciada posición geográfica, de tal modo que se generen fuentes de ingresos que permitan prescindir de tanto subsidio, sin menoscabo de las condiciones económicas de los hogares panameños.
Nuestra política exterior es de harapos e indigna, no solamente porque desde afuera nos levantan la voz queriendo imponernos pautas como si fuéramos rapazuelos inocentes y traviesos sin un ápice de conciencia, sino porque por nosotros mismos no nos hemos hecho respetar con dignidad sí, pero además con hechos que evidencien una juiciosa mayoría de edad.
Nada de estas aspiraciones serán posibles sin una alianza ciudadana que, por encima de intereses coyunturales de partidos políticos y candidaturas independientes, se plantee materializar eficazmente las metas señaladas y demarcar el sendero que deban seguir los futuros conductores de la nación, una vez que se hayan aprobado los cambios puntuales que Panamá demanda y nuestros hijos y nietos tienen derecho a que les leguemos.
Es la hora empinarnos y de labrar el futuro.
El autor es abogado
