Panamá es un tesoro turístico con exquisitas playas y costas. Sin embargo, un oscuro y peligroso problema acecha en silencio: la creciente vulnerabilidad de las zonas costeras debido a la degradación de los manglares y de la mala disposición de los plásticos. Aunque, a menudo, son ignorados y pasados por alto, los manglares son los héroes anónimos de las costas. Forman una barrera natural que reduce el impacto de las olas y protege a las comunidades a lo largo de las costas panameñas. Además, son un vivero para la biodiversidad, desempeñando un papel vital en la absorción de nuestra huella de carbono. Son, asimismo, parte del sustento de las comunidades en las que se encuentran.
Se estima que los manglares cubren aproximadamente el 2% del territorio terrestre de Panamá, una cifra que no pareciera muy alta. No obstante, la importancia de los manglares radica en su función ecológica y en el valor que aportan a las comunidades costeras y al medio ambiente. Contribuyen a un balance ecológico de primer valor, ya que proporcionan una amplia gama de servicios ecosistémicos que son fundamentales para la subsistencia y el bienestar de las poblaciones locales.
Sin embargo, la tala indiscriminada, aunada a la invasión plástica y al urbanismo desenfrenado, están provocando estragos en estos guardianes costeros, dejándolos vulnerables y expuestos. Todo ello afecta a la vida marina y contamina los cuerpos de agua. Los plásticos, enredados entre las raíces de los manglares, se descomponen en diminutos microplásticos, que son ingeridos por peces y otras especies marinas, introduciendo sustancias tóxicas en la cadena alimentaria. En el peor de los casos, estos desechos plásticos no se degradan durante muchos años, contribuyendo al estancamiento del agua y creando un entorno propicio para la proliferación de enfermedades transmitidas por vectores. Estos espacios invadidos, se convierten en criaderos para mosquitos transmisores de enfermedades como el dengue, el zika y la malaria. Solo en 2022, se reportaron más de 11,754 casos de estas enfermedades en Panamá, con una alarmante tasa de crecimiento del 114.2% en comparación con años anteriores, según el informe epidemiológico de septiembre y octubre del Ministerio de Salud (Minsa). En muchos casos, son enfermedades silenciosas que no presentan síntomas. Estas cifras alarmantes han creado una preocupación creciente en Panamá.
Para abordar esta situación de manera efectiva, es esencial no solo tratar los síntomas de estas enfermedades, sino también implementar estrategias de prevención sólidas. Es por estas razones, que es imperativo que se tomen acciones que dirijan a un cambio de rumbo en nuestro país. Panamá debe abrazar la conservación y restauración de los manglares, promoviendo prácticas de gestión sostenible y de educación ambiental en las comunidades más afectadas, como lo son Punta Chame, en la provincia de Panamá Oeste y la provincia de Bocas del Toro. Además, se requieren esfuerzos concertados para abordar la contaminación plástica a través de la reducción en el uso de plásticos de un solo uso y la implementación efectiva de programas de reciclaje. La colaboración entre el gobierno, las comunidades locales y las organizaciones ambientales es esencial para combatir esta amenaza.
La lucha contra la vulnerabilidad de las zonas costeras en Panamá requiere un llamado a la acción urgente. No podemos ignorar un problema creciente que puede crear un ciclo peligroso que, si no es detenido, amenaza tanto a la salud de nuestros ecosistemas como a la nuestra. La protección de los manglares y la reducción de la contaminación plástica son pasos cruciales para asegurar un futuro sostenible y saludable para las generaciones venideras en Panamá.
El reto es ser capaces de lograr un cambio en las costas panameñas, teniendo, con ello, un efecto positivo tanto en estas zonas geográficas como en las comunidades que dependen de ellas. La elección está en nuestras manos: enfrentar el desafío o permitir que nuestras costas pierdan su valor ecológico junto con los manglares que alguna vez las protegieron.
La autora es egresada del Laboratorio Latinoamericano de Acción Ciudadana 2021
