Los intereses nacionales que nuestra política exterior debe promover y proteger incluyen activos tan valiosos como la riqueza medioambiental de Panamá. Pocas naciones en el mundo cuentan con la biodiversidad de nuestros mares, ríos, montañas y bosques. Panamá, al igual que muchas otras naciones, enfrenta actores internacionales que, al margen de los marcos legales nacionales e internacionales, están destruyendo esa riqueza. Es aquí donde nuestra acción exterior, nuestra diplomacia ambiental, debe convertirse en la mejor herramienta de defensa.
Nuestra política exterior debería llevar a Panamá no solo a proteger esta riqueza medioambiental para las presentes y futuras generaciones, sino a liderar, junto a otras naciones, instituciones científicas, organizaciones de la sociedad civil, foros y organismos internacionales especializados, todas aquellas iniciativas bilaterales, regionales y globales que luchen frontalmente contra fenómenos y actividades que, directa o indirectamente, destruyen nuestra biodiversidad. Además, debe promover la conservación del medio ambiente en convivencia armónica con políticas de desarrollo económico y comercial sostenibles y respetuosas del entorno.
Problemas tan complejos como la pesca ilegal no regulada y no reglamentada (IUU fishing), el aumento del nivel del mar—ya evidente en nuestras costas—, la contaminación por plásticos y microplásticos en los océanos, la reducción o desaparición de especies, y la destrucción de bosques y cuencas hidrográficas por la acción humana son algunos de los desafíos que requieren estas iniciativas diplomáticas de alto nivel.
En línea con este enfoque, Panamá debería unirse a aquellas naciones que creen en la aplicación del sentido común al adoptar políticas medioambientales para combatir el cambio climático, apoyar las tradiciones y la relación de los pueblos originarios con el entorno, fomentar una producción agropecuaria consciente de su impacto en los ecosistemas, promover energías renovables y la explotación sostenible de recursos naturales que no comprometan el desarrollo económico ni la competitividad del país.
Asimismo, aunque sigue siendo un tema de debate político, legal y social, la diplomacia ambiental panameña debería contribuir al desarrollo de inversiones en la explotación de recursos minerales y fuentes de energía no renovables, siempre dentro de un marco de respeto, protección y sostenibilidad en áreas protegidas, como una herramienta para el desarrollo económico nacional.
Con todo esto en mente, el objetivo de nuestra política exterior debería ser recuperar para Panamá una proyección internacional en el ámbito de la “diplomacia verde”. Para ello, es fundamental un verdadero alineamiento entre las agendas y objetivos de la Cancillería de la República, como la rectora de la política exterior del Estado, y el Ministerio de Ambiente, encargado de las políticas públicas en esta materia. En ambos casos, resulta imperativo identificar los presupuestos que permitan materializar la defensa y promoción de los intereses nacionales, así como contar con profesionales idóneos y con experiencia en negociaciones internacionales para gestionarlas.
Panamá tiene la ventaja de contar con la presencia de diversas sedes regionales de agencias de las Naciones Unidas que, directa o indirectamente, impulsan políticas internacionales sobre el medio ambiente. Esta realidad debería aprovecharse para convertir a la Ciudad de Panamá en un centro de debate y acción internacional en políticas medioambientales, donde gobiernos, organismos, foros, instituciones y organizaciones de la sociedad civil puedan dialogar, confrontar ideas y llegar a acuerdos a través de la diplomacia internacional.
Partiendo de esta realidad, el gobierno nacional debería ampliar el marco legal para ofrecer mayores privilegios e inmunidades, así como desarrollar infraestructuras que conviertan a Panamá en un centro propicio para que la comunidad diplomática internacional cuente con un foro permanente de discusión, negociación y ejecución de políticas multilaterales en temas políticos, económicos, sanitarios, sociales y de seguridad.
Finalmente, una iniciativa de este tipo fortalecería el diálogo y las negociaciones en torno a la Conferencia de la ONU sobre el Cambio Climático, enfocándose en temas sensibles e importantes para Panamá, y posicionando a nuestra capital como la “Ginebra” o el “Nueva York” de la diplomacia ambiental multilateral. Esto sería posible mediante una diplomacia ambiental con sentido común.
El autor es excanciller de la República y ex viceministro de Negociaciones Comerciales Internacionales.
