Estamos a poco más de 30 días de las elecciones que pondrán fin a este gobierno, en el cual el 30% de la población creyó en su gestión. Sin embargo, el resto no compartió esa opinión. El resultado de esta administración no ha sido el mejor y al aproximarse el fin de su mandato, muchos no solo se alegran por no haberles dado su voto, sino que también se entristecen al ver que el país enfrenta grandes problemas en áreas como la economía, lo social, la educación, la salud y la seguridad.
Gran parte de estos problemas han sido causados por niveles extremadamente altos de corrupción que afectan la calidad de vida de los panameños. Además, el mal estado de las carreteras y vías de comunicación representa otro desafío importante.
El incremento en la planilla gubernamental ha generado una situación preocupante, con cientos de panameños cobrando sin trabajar y sin justificar sus funciones, lo que implica un gasto millonario que podría haberse dirigido a mejorar sectores como el Hospital Oncológico, la adquisición de insumos médicos o la gestión de la basura, que se ha convertido en un problema evidente en la ciudad.
El inicio del año escolar no ha estado exento de complicaciones, ya que muchos colegios no están preparados en su totalidad. Faltan detalles importantes para poder iniciar las clases, como la falta de agua, la ausencia de profesores nombrados y otros inconvenientes. Estos problemas, sumados a la falta de presupuesto para resolverlos, reflejan la prioridad actual en la campaña política en lugar de las necesidades inmediatas de la población.
Es importante mencionar que los problemas que enfrentamos no son exclusivos de este gobierno, sino que también son una herencia de administraciones anteriores que dejaron una estela de corrupción en el país.
Con 8 candidatos a la presidencia de la República, la mayoría de los cuales han participado en gobiernos anteriores y han hecho las mismas promesas que ahora repiten, elegir a la persona adecuada se vuelve una tarea difícil. A pesar de esto, mantengo la esperanza de que las figuras intocables en la Asamblea cambien y de que la nueva generación de políticos, en su mayoría jóvenes, logren poner un alto al despilfarro y la corrupción. Hay tanto por hacer que considero que 5 años será un plazo muy corto para abordar todas las necesidades del país.
Para cumplir con las demandas de la nación, necesitamos mentes brillantes y una nueva casta política decidida a llevar al país por un nuevo rumbo. Por lo tanto, es imperativo salir a votar y no permitir que el gobierno utilice esos votos en beneficio de sus candidatos. Debemos observar y escuchar los debates, analizar los planes de trabajo de cada candidato. Es hora de respaldar a aquel candidato que demuestre genuino interés en fortalecer la economía, atraer inversiones para generar empleo y mejorar la educación. Necesitamos candidatos, tanto hombres como mujeres, que sean verdaderos guerreros para llevarnos al país de nuestros sueños.
Todo esto será posible gracias al voto popular. Si nos centramos únicamente en el pensamiento de “¿qué obtengo yo?”, corremos el riesgo de estancarnos en un país empobrecido, plagado de criminales que buscan una vida fácil a través del robo y la extorsión. Donde las oportunidades se reducen y nos damos cuenta de que la única salida es emigrar. Esto es algo que debemos evitar a toda costa.
Nuestro futuro no solo depende de los políticos tradicionales, sino de nuestra población, particularmente de los jóvenes que no solo viven el presente, sino que también buscan un futuro prometedor. Ellos son fundamentales para el progreso de nuestro país, ya que serán piezas clave en el rompecabezas del desarrollo.
En resumen, votar por más de lo mismo es no tener amor por tu país. Si en los últimos 20 años no se han cumplido las promesas de campaña anteriores, no debemos esperar que eso cambie ahora. Debemos darle la oportunidad a esta nueva generación que está surgiendo para representar el verdadero poder del pueblo, con individuos profesionales y comprometidos a construir un país mejor en el que vivir.
El autor es operador de turismo receptivo
