La Organización Mundial de la Salud (OMS) señala que 1 de cada 7 niños y adolescentes entre los 10 y 19 años presenta algún trastorno mental y que más del 40% no recibe apoyo psicológico. ¿Qué pasa cuando una generación crece sin sentirse escuchada? A pesar de que constantemente se afirma que la salud mental es importante, en la práctica no siempre se le brinda la atención que realmente merece, especialmente durante las etapas tempranas del desarrollo.
Desde el ámbito social, se sostiene que los niños y jóvenes representan el futuro de la sociedad. Sin embargo, persiste la duda sobre si se les otorga la importancia necesaria y si están siendo verdaderamente escuchados. En muchas ocasiones, no se ofrece ni el tiempo suficiente para atender sus emociones ni para proporcionarles herramientas fundamentales como la autorregulación emocional o la resolución de conflictos. Esta desconexión entre el discurso y la práctica genera consecuencias que se extienden más allá de la infancia.
La infancia es una etapa clave. Es cuando se construyen las bases emocionales que impactarán toda la vida adulta. Desde la psicología, se reconoce que las experiencias vividas durante la niñez y la juventud influyen de manera significativa en el desarrollo posterior. Situaciones como los conflictos en el hogar, el uso excesivo de la tecnología o la ausencia de espacios seguros para expresar emociones pueden parecer pequeñas, pero dejan huellas profundas. Resulta esencial abordar la salud mental desde edades tempranas, antes de que estos desafíos se conviertan en problemas crónicos.
Dar prioridad a la salud mental permite una intervención psicológica temprana y efectiva. Según la Asociación Americana de Psicología, muchos trastornos mentales comienzan a manifestarse antes de los 14 años. Una detección oportuna puede marcar una diferencia significativa en la trayectoria de vida de niños y jóvenes. La prevención y el apoyo temprano no solo mitigan el sufrimiento inmediato, sino que reducen el riesgo de complicaciones en la edad adulta.
Frecuentemente se considera que los niños no tienen “problemas de adultos”. Aun así, día a día enfrentan situaciones que no siempre saben cómo manejar. La dificultad para identificar emociones, regularlas o resolver conflictos de manera adecuada puede manifestarse en conductas disruptivas en el entorno escolar o familiar. No significa que el niño sea “malo”, sino que aún no ha aprendido a gestionar sus emociones. Etiquetar estas conductas sin comprender su origen emocional perpetúa el problema, en lugar de resolverlo.
La psicoeducación en salud mental es una estrategia fundamental para la promoción del bienestar emocional. Las acciones orientadas a la salud mental deben ser planificadas y dirigidas por profesionales como psicólogos, con la formación necesaria para intervenir de manera adecuada. Docentes y familias pueden participar activamente cuando cuentan con orientación profesional, pues son un pilar fundamental en la vida de niños y jóvenes. Prestar atención a las emociones que atraviesan es esencial, considerando que el mundo cambia constantemente y que las presiones sobre las nuevas generaciones son cada vez más complejas.
Muchas personas, al llegar a la adultez, recuerdan que durante su infancia quisieron expresar lo que pensaban o sentían, pero no lo hicieron por temor a no ser comprendidos o a ser minimizados. Estas emociones pueden acumularse con el tiempo y manifestarse de formas más complejas. Desde la psicología, este proceso se conoce como supresión emocional. Este fenómeno se asocia con mayores niveles de ansiedad, dificultades en el bienestar emocional y problemas en la regulación afectiva a largo plazo.
Promover la salud mental en la infancia implica fortalecer el acompañamiento familiar y escolar y desarrollar habilidades socioemocionales y de regulación emocional. Requiere no solo voluntad, sino también recursos, capacitación y una transformación cultural que reconozca que la salud mental es tan importante como la salud física. Atender la salud mental desde edades tempranas es una responsabilidad social que impacta positivamente en el bienestar colectivo y en la construcción de una sociedad más saludable y resiliente.
Cuidar la salud mental desde la infancia, escuchando activamente las necesidades emocionales de los niños y adolescentes, es una inversión en el bienestar y en el futuro de toda la sociedad.
La autora forma parte de Jóvenes Unidos por la Educación.

