A menudo escuchamos hablar sobre derechos humanos. Sabemos que son una larga lista, que son inherentes a la condición humana y que deben ser garantizados de manera universal para su ejercicio efectivo. Es posible que sepamos que Panamá ha suscrito numerosos convenios internacionales en los que se compromete a su tutela y promoción pero… ¿Realmente vivimos en un Estado que tiene como prioridad que se respeten y garanticen los derechos humanos de nuestra población, sobre todo, los de nuestros niños, niñas y adolescentes (NNA)?
Siendo sinceros, la respuesta es un “No”. Muchos de los compromisos internacionales adquiridos formalmente por la República de Panamá han quedado en papel, olvidados y sin haber trascendido a la acción. ¿Qué más tiene que pasar para que le demos prioridad a lo realmente importante? Si esto no lo consideramos una prioridad nacional… ¿qué lo es?
Hace pocos días conocimos la noticia de un niño de tan solo 11 meses que fue asesinado a golpes por las personas que más debían protegerlo en el mundo. Seguimos teniendo casos de niños y niñas que caminan largos tramos durante horas en lugares alejados, expuestos a peligros de toda índole, para asistir a sus escuelas. Hay estudiantes que utilizan cuerdas para pasar ríos y quebradas crecidas, arriesgándose a perder la vida con el único anhelo de poder llegar a recibir clases, ver a sus compañeros y ejercer su derecho humano a la educación. Solo hace unos días perdió la vida un estudiante de 5to grado al tratar de pasar un río crecido.
Ni hablar de nuestros niños y niñas en albergues, expuestos a abusos, y de nuestros adolescentes en los centros de custodia y cumplimiento que son una muestra del abandono de quienes tenemos el deber de asegurarles todo. Los casos abundan: hay un sinnúmero de situaciones inaceptables en todo el territorio nacional en el que se violan los derechos humanos de nuestros NNA.
A pesar del creciente difícil entorno económico al que se enfrenta la región y Panamá, los Estados y sus gobiernos tienen la oportunidad de invertir en su recurso más preciado: nuestros NNA.
Como sociedad, podemos desde cada uno de nuestros espacios, contribuir a garantizar a nuestra niñez un correcto desarrollo en sus primeros años de vida y, ojalá, por el resto de sus vidas. Es imprescindible que todos conozcamos el impacto positivo de las intervenciones pertinentes y oportunas: contribuyen a que los niños no solo crezcan más saludables y en entornos sanos, sino también que logren ser más productivos y mejores ciudadanos.
Todos compartimos la corresponsabilidad de proteger a las nuevas generaciones para que puedan alcanzar su máximo desarrollo y plenitud. Nuestros niños y jóvenes son el presente pero, sobre todo, son el futuro de las naciones. Aunque parezca trillado repetirlo, se hace necesario hacerlo, ante la indiferencia y el olvido con que se aborda el tema. El futuro de generaciones de NNA dependerá de las decisiones que tomemos hoy. Debemos seguir construyendo para ellos un mejor futuro sin que se vea comprometido, por nuestra conducta, en el presente.
Parte de la tarea es trabajar para reducir la desigualdad; luchar por una vida sana; asegurar el derecho a aprender con calidad e inclusión; proteger y cuidar nuestros ecosistemas por el bien de todas nuestras sociedades y de las que están por venir; generar iniciativas inclusivas y transformadoras; fomentar sociedades seguras y pacíficas que, a su vez, cuenten con instituciones transparentes y fuertes.
La inversión de los gobiernos en programas de primera infancia bien elaborados, con instrumentos efectivos, pueden tener un enorme impacto en el desarrollo. Invertir en nuestros niños y niñas es la manera más eficaz de mejorar la movilidad y la inclusión social, en especial, en la primera infancia.
No es un camino fácil, pero es la decisión correcta: honrar los derechos humanos de nuestros NNA es pavimentar un trayecto de equiparación de oportunidades y de esperanza y, para Panamá, es fortalecer su patrimonio más valioso: su capital humano.
La autora es miembro de Jóvenes Unidos por la Educación.
