Una medalla, esta vez la de la Asamblea, centenaria y más, como la Academia Panameña de la Lengua, a la primera dama (así, en minúscula), una figura que nadie vota, sin más mérito que el de ser la esposa «de», que tiene despacho, gastos discrecionales y que debería desaparecer y no premiarse de ninguna manera. A Durán, siendo leyenda indiscutible, hace años se la dan ahora, y a la señora de Mulino, en dos. Es, como casi todo en este país, absurdo.
Un Cristo, el de Portobelo, recibió lo prometido por el presidente antes de ganar las elecciones: la restauración de su iglesia por un palacio, el de Las Garzas. Y allí está él, cumpliendo, qué bien. Ya podría haber prometido algo más al milagroso de Colón, y así tendríamos mejor calidad de vida, más seguridad y menos populismo religioso oportunista, porque restaurar aquel templo, con mano de obra eventual de los del pueblo, no suena nada populista, ¡qué va! Es la mirada torva de los que no quieren ver el «milagro» presidencial.
Un partido, Vamos, quiere participar en la vida política con mejores herramientas democráticas, que nunca son el problema, sino los sinvergüenzas que las corrompen. Todos los días asistimos al «bonito show» de un legislativo de «patio limoso» y un ejecutivo rofeón y oportunista, pero la «mala» noticia es que una organización ciudadana decide refundarse y dejar de autosabotearse con la idea de los independientes: atomizar es dividir, y con ello ganan panameñistas, perredistas y todos los corruptidistas que son legión en la Asamblea Nacional, la de las medallas.
Cacócratas, cleptócratas, caquistócratas y cada vez menos demócratas. El remedio para lo que ocurre en nuestro país pasa por desechar la falsa idea de prosperidad que nos venden y sustituir la ligereza del «soñar» por la determinación de «hacer» las cosas bien, no permitiendo que se compren voluntades y favores con medallas y diplomas inmerecidos, que no son más que un milagro sin gracia.
El autor es escritor.
