Los problemas de Panamá no pueden resolverse con un par de recomendaciones sencillas, como la receta que hace un médico a su paciente. El país atraviesa por una situación compleja y difícil, cuya solución puede tomar años, ser dolorosa o hasta quizá incompleta. Casi como tratar un tumor maligno. Pero no por ello se debe perder la esperanza. En los años 90, después de años de dictadura militar y una invasión estadounidense, el país salió de esa crisis y estableció un gobierno democrático, asumió la administración del canal exitosamente y logró un importante crecimiento económico. Y si miramos la historia del mundo, Alemania y Japón, dos de los países derrotados en la Segunda Guerra Mundial, lograron literalmente levantarse de entre las cenizas y se convirtieron en dos potencias económicas unos años después. Así que de que se puede, se puede.
¿Qué se necesita para echar adelante al país? Lo primero ya lo hemos hecho: identificar los problemas. Hacer el diagnóstico. Está claro que la corrupción, la inequidad social, la impunidad y la incapacidad de los gobernantes son algunos de los factores determinantes de la situación actual. Pero, ¿cómo se puede empezar a “resolver” estos problemas? A mi modo de ver, lo primero que necesitamos son líderes honestos, que al llegar al poder manejen los bienes públicos, no para su beneficio, sino para el beneficio de todos. Con políticas que ayuden a reducir la inequidad. Que diseñen planes de gobierno sin improvisaciones, bien asesorados, y que sean verdaderamente lo mejor para el país y no para reelegirse o favorecer a algún donante o pariente. Que tomen decisiones basadas en la mejor evidencia y no necesariamente las más populistas o populares. En nuestro país, hay mucha gente bien preparada, científicos, sociólogos, economistas y otros que pueden aportar a la búsqueda de un futuro mejor. El sector privado, por su parte, debe también actuar con honestidad, porque detrás de cada político que recibe una coima y detrás de cada licitación amañada, hay empresarios corruptos que apadrinan el ilícito. Y un montón de cómplices que se quedan callados.
Se necesita también líderes que sean valientes. Muy valientes. Que sepan enfrentarse a los políticos corruptos, a las mafias y a los grupos de interés que se han enriquecido por años a costa de nuestros impuestos, y que no fácilmente van a ceder sus espacios y prebendas. Para proteger a los líderes valientes vamos a necesitar una fuerza policial inteligente, sin corrupción y también valiente. Se va a necesitar un sistema judicial fuerte, que no se arrodille ante amenazas y sobornos y que sea eficiente. Nada de esto será fácil. Para curar un cáncer a veces se requieren tratamientos radicales y peligrosos.
En tercer lugar, los que administren los recursos del Estado deben tener una preparación académica y una experiencia cónsona con sus responsabilidades. El ser primo o amigo de la infancia o médico de cabecera del presidente no te da necesariamente el conocimiento para ser ministro, contralor o administrador de una empresa pública. Hay que apostar por la meritocracia, a todos los niveles. Las decisiones económicas, los proyectos a gran escala y las transformaciones importantes requieren de consulta con diversos sectores, en especial con expertos que no tengan conflictos de interés o, de tenerlos, que lo expresen abiertamente.
La participación en la política partidista debe ser para servir al país, no al propio bolsillo. Los partidos políticos en el poder y, en especial la Asamblea Nacional, no deben ser bolsas de empleo ni incubadoras para el nepotismo. Soñar no cuesta nada, pero los políticos a los que se les haya descubierto escándalos de corrupción o nepotismo deberían presentar su renuncia o, como mínimo, no aspirar a una reelección en el 2024. Pero la dignidad y el honor no son virtudes muy abundantes en estos tiempos.
Los líderes que necesitamos tienen que inspirar y motivar a muchos panameños a realizar un cambio profundo de actitud, porque hay que transformar la mentalidad del famoso “juega vivo” por la búsqueda del bien común y de pensar en un futuro mejor para todos. Una verdadera revolución intelectual que haga al panameño que gobierna y al que tiene plata menos materialista, más altruista, más patriota y más empático. Y al panameño de escasos recursos, más capacitado, mejor informado, más empoderado y con acceso a oportunidades para superarse y satisfacer sus necesidades básicas. Y muy importante: que el pueblo aprenda a votar por los mejores y no por los que le regalan el ya famoso techo de zinc, la gorra o el jamón de navidad. La forma como otros países han logrado esto último ha sido a través de la educación. Una educación de calidad para todos es la mejor apuesta para un futuro mejor. Una educación que no esté secuestrada por gremios magisteriales que velan más por sus intereses que por el de los estudiantes. Una educación que produzca resultados medibles con planes y programas que crucen varios quinquenios (y gobiernos). Con educadores preparados y bien pagados. Con universidades públicas en las que el gobierno invierta adecuadamente en investigación y tecnología. Con una mentalidad no proteccionista donde se puedan contratar profesores y científicos extranjeros, donde no tengamos panameños en esas áreas del conocimiento.
¿Cuál será el futuro de Panamá? ¿Continuará aumentando la desigualdad, la corrupción, la impunidad y la pobreza? ¿Dónde quedaron las reformas constitucionales? ¿Será posible una unidad nacional para solucionar estos problemas o seguiremos buscando soluciones en los partidos políticos tradicionales y en el “quítate tú para ponerme yo”? O quizá nos espera una revuelta social con violencia, muertos y pérdidas materiales antes que las cosas mejoren.
¿Quedaremos acaso sumidos en una crisis aún más profunda, como las de Venezuela, Cuba y otros países que la tienen muy difícil? En este momento debemos todos meditar sobre estas preguntas y tomar las acciones necesarias, como en otros momentos de la historia. Pero mucho más importante aun, Panamá necesita encontrar, y rápido, a líderes honestos, valientes, bien preparados, que inspiren esa revolución intelectual y actitudinal que salve nuestro país y nuestra democracia.
El autor es médico, especialista en enfermedades infecciosas
