En los últimos años he tenido la oportunidad de escuchar, comparar y observar lo que está ocurriendo en la educación superior a lo largo de América Latina. Desde Innkind FIEd, donde monitoreamos conversaciones, decisiones y tensiones del sector en distintos países, hay una sensación que se repite con demasiada frecuencia: las universidades saben que el mundo cambió, pero no terminan de saber cómo responder a ese cambio.
No es falta de intención. Tampoco es falta de talento.
Es, más bien, la acumulación de varias transformaciones que están ocurriendo al mismo tiempo y que están desbordando los ritmos tradicionales de la educación.
Por un lado, la inteligencia artificial ya no es un tema de futuro. Es presente. Está en manos de los estudiantes, en los procesos productivos y en la forma en que se genera valor en casi todas las industrias. Lo que antes tomaba años aprender, hoy puede resolverse en minutos con una herramienta bien utilizada.
Pero el desafío más complejo no es tecnológico. Es cultural.
Estamos frente a una generación que aprende distinto, que consume información de manera fragmentada y que ha reducido drásticamente su capacidad de sostener la atención en procesos largos. Y aquí aparece una pérdida silenciosa que debería preocuparnos más de lo que estamos dispuestos a admitir: la dificultad de dedicar tiempo a aprender en profundidad para luego transformar ese aprendizaje en creación.
No es que los estudiantes no quieran aprender. Es que el mundo en el que están creciendo les está enseñando otra lógica.
Y, al mismo tiempo, quienes enseñamos tampoco tenemos completamente claro hacia dónde va ese mundo.
La universidad, en ese sentido, está reflejando algo más grande: un sistema global que también está intentando entenderse a sí mismo. Economías tensionadas, gobiernos conteniendo el gasto, escenarios políticos inestables y un orden internacional que ya no responde a las reglas de hace una década.
En ese contexto, la educación superior deja de ser un espacio protegido y pasa a ser un sistema observado.
Evaluado.
Cuestionado.
Y aquí aparece una conversación que todavía evitamos, pero que empieza a ganar espacio: la de la productividad de la educación superior. No desde la crítica fácil, sino desde una pregunta legítima: ¿qué tan bien estamos preparando a nuestros estudiantes para el mundo que realmente van a enfrentar?
En América Latina —y particularmente en economías como la panameña, fuertemente basadas en servicios y comercio— esta pregunta es aún más urgente. Muchas de las tareas que hoy sostienen el empleo tienen un alto riesgo de ser automatizadas en el corto plazo.
Y, sin embargo, seguimos formando bajo supuestos que no han cambiado al mismo ritmo que el entorno.
Aquí es donde, desde mi experiencia, veo el punto más crítico.
No es solo que debamos cambiar lo que enseñamos.
Es que necesitamos cambiar cómo estamos entendiendo la educación.
Durante años hemos repetido que la región tiene una oportunidad histórica para usar la tecnología y transformar sus sistemas educativos. Hoy, esa afirmación empieza a perder fuerza. No porque la oportunidad haya desaparecido, sino porque seguimos tomando decisiones como si el contexto no hubiera cambiado.
Educación, datos y desarrollo siguen avanzando por carriles separados.
Y, mientras eso ocurra, la conversación sobre calidad seguirá siendo, en gran medida, declarativa.
Porque no basta con decir que estamos formando bien.
Hay que poder demostrarlo.
Hay que poder medirlo.
Y, sobre todo, hay que usar esa información para decidir mejor.
No se trata de señalar responsables. Se trata de asumir que estamos en un punto de inflexión. Uno en el que la universidad puede redefinir su rol o dejar que otros lo redefinan por ella.
No desde el conflicto, sino desde la irrelevancia.
Porque el cambio ya está en marcha.
La tecnología ya está en uso.
Los estudiantes ya están aprendiendo de otra manera.
La pregunta es si la universidad va a ser protagonista de esa transformación o si va a llegar tarde a explicarla.
Y, en este contexto, llegar tarde no es una opción inocua.
Es una decisión.
La autora es especialista en innovación educativa y transformación institucional- CEO de SénecaLab.


