Las redes sociales han creado todo tipo de puentes y comunicaciones de maneras que antes no era posible visualizar. Emocionantes intercambios, networking, transferencia de información ocurren todo el tiempo y nos acerca a personas con quienes podemos compartir ideas y pensamientos. Sin embargo, de forma simultánea las redes sociales han sido un medio donde las ideas radicales, pseudocientíficas, racistas han encontrado un nicho donde pueden desarrollarse sin ningún peligro por parte de quienes las postulan y las defienden. Un fenómeno que ha surgido producto de este espacio es la del reclutamiento de personas con cierto perfil, generalmente jóvenes que se encuentran aislados socialmente que son identificados por grupos radicales, muchas veces religiosos. Así una persona ubicada en cualquier parte del mundo puede convertirse en un guerrero de ISIS o un terrorista de supremacía nazi, y llevar a cabo un ataque manipulado de forma remota por otra persona desde la comodidad de su ordenador.
Sin duda son casos extremos los que planteamos, porque no todo ferviente seguidor se convertirá en un terrorista, el problema de fondo es cómo un grupo de personas puede manipular al resto de la sociedad de forma negativa por medio de las redes sociales. En la India, por ejemplo, los videos de WhatsApp han acabado con la vida de varias personas acusadas injustamente por el secuestro de niños. Un caso más cercano a todos nosotros son las innumerables cadenas de WhatsApp que son bulos o fake news y que provocan una reacción emocional inmediata y pocas veces racional. De hecho, es muy probable que, aunque el hecho sea real, exista un muy poco interés de las personas en filtrar el contenido que reciben y no reenviar masivamente, como ocurrió hace poco con el video que filmó el terrorista mientras mataba a musulmanes en una mezquita en Nueva Zelanda y que se reprodujo de forma viral a través de estas plataformas.
Considero que la compleja relación que tenemos con las redes sociales exige incluirlo como parte de la enseñanza a las nuevas generaciones, y que más que una “censura” promueva una autorregulación personal. Los incidentes recientes del cierre de algunas cuentas en Twitter que iban en contra de las regulaciones de esta red, es un claro mensaje de estas empresas en su compromiso por prevenir el discurso de odio, pero también nos lleva a preguntar qué ocurriría si estas empresas fueran adquiridas por corrientes radicales que decidan cambiar las reglas de juego. Yo como feminista – y no puedo hablar por el resto – entiendo que el problema siempre tendrá que ver con aspectos de educación, cambio de paradigmas culturales, elaboración de políticas transversales e integrales que abarquen tanto los aspectos de tolerancia como de derechos humanos y que debemos exigir a nuestros gobernantes que cumplan con los pactos internacionales a los que se han suscrito para el bien de nuestra sociedad.
Y no, no creo que debamos ser flexibles ante el discurso de odio, pero sí creo que debemos elevarnos sobre él y defender los derechos de las poblaciones más vulnerables. No debemos dejar de pronunciarnos en las redes sociales y diversos medios de comunicación, pero debemos tomar en cuenta que lo escrito permanece, y debemos asumirlo con toda la responsabilidad. Un mal comentario nunca se borra, queda grabado en las intrincadas redes y deshacerlo, es casi imposible, por eso usemos las redes sociales con criterio e intentemos, ante todo, dar el ejemplo.
La autora es magíster en salud pública.
