Las élites económicas cuya fortuna es producto de la creación y el trabajo contribuyen al desarrollo del país, pero a menos que sus empresas sean socialmente responsables, pueden llegar a ser odiosas y provocadoras de extremismos. Estos son en parte responsables de lo que el mundo está viviendo con el nuevo fenómeno de fascismos de izquierdas y de derechas (brexit, Trump, Bolsonaro, Ortega y Maduro, como ejemplos).
Sin embargo, hay otra élite – la élite intelectual -(dedicada a la ciencia, medicina, cultura y arte), que no solo es valiosa, sino vitalmente necesaria para el progreso del país. Esta élite, típicamente producto de la clase media, logra por sus propios méritos educarse, normalmente primero en nuestras universidades y luego con maestrías y doctorados en las mejores universidades del mundo. He aquí donde mi amigo el contralor Humbert adoptó una actitud de tercer mundo – inaceptable – al no entender que las becas otorgadas por Senacyt no son asistenciales, sino por mérito. El solo hecho de que una vez graduados e impregnados de una educación superior universal, esos becarios regresan al país a poner en práctica sus conocimientos, está contribuyendo a la nación. El exigir que forzosamente tengan que trabajar para el Estado es también actitud de tercer mundo.
Pero la razón de este artículo no es seguir exponiendo el error de Humbert; esto pronto se resolverá con la entrada de un nuevo contralor.
Escribo porque siento que estamos fallando como nación al no tener un activo inventario de todos estos panameños con maestrías y doctorados de las mejores universidades del mundo.
Necesitamos que Senacyt, las universidades (coordinadas por el rector Flores), la Cancillería, a través de todas nuestras embajadas, consulados y la Ciudad del Saber, se reúnan a organizar el inventario de lo conocido y un método para ir registrando a los nuevos que llegan cada año.
Con el inventario que puedan armar deben extender una invitación amplia nacional e internacional para que se complete el inventario y además - muy importante -invitarlos a un foro permanente que se reúna tres veces al año en la Ciudad del Saber y (para usar palabras de Fernando Eleta, q.e.p.d., impulsador de la idea de Ciudad del Saber), constituir una especie de “plaza socrática”, en la que ellos se conozcan y puedan hacer networking y aún más importante, que el país los conozca a ellos y conozca que existe una élite intelectual y el valor que tiene esta para el país.
Escuché a uno decirme una vez: “luego de romperme el lomo y graduarme, trabajé allá; luego decidí volver a mi país sufriendo un importante recorte salarial, pero terminé perdiéndome en el montón, sin que nadie me conociera a mí y menos el sacrificio que había hecho”.
Tenemos que instalar el foro, la plaza socrática, para conocerlos y sentir optimismo de que tenemos una valiosa élite intelectual que no solo es un orgullo patrio, sino que quienes la conforman están dedicados al progreso de la nación.
Una vez se hayan reunido unas cuantas veces y sientan la energía de su intelecto colectivo, podrían dedicarse en cada reunión a analizar alguno de los cuatro o cinco problemas nacionales, más serios, revisar los diagnósticos ya hechos, los consensos ciudadanos ya logrados, y tomar posición sobre el tema, totalmente independiente y objetivamente. Esta opinión colectiva tendría un peso específico importantísimo y al conocerse podría facilitar el logro de las soluciones planteadas.
Ellos, los de maestrías y doctorados de las mejores universidades del mundo, son colectivamente uno de los activos más grandes del país… si llegan a conocerse y que la ciudadanía los conozca.
Senacyt: ¡olvídense de la Contraloría, pues esto se resuelve solo, y denle tiempo al panorama más amplio! Ustedes tienen la credibilidad para lograrlo y por carambola beneficiar a todos sus becarios actuales y por venir. ¡Manos a la obra, con su acostumbrada eficacia!
El autor es fundador del diario ‘La Prensa’