SOCIEDAD

¿Cuáles son nuestros valores?

Tratando de buscarle un origen a la pérdida de valores sin precedentes que está atravesando nuestra sociedad, descubrí que es un tema que ha sido desarrollado repetidamente por nuestros comunicadores sociales en el pasado, siendo incluso motivo de foros nacionales.

No obstante, en mi opinión, nuestra sociedad ha hecho caso omiso a estas lecturas y sigue inmersa en esa crisis. Por esta razón, decidí compartir con ustedes una publicación del genial Quino titulada “Los valores humanos del siglo XXI”, en la cual afirma que con el paso de los siglos el ser humano ha incorporado nuevos valores que se ajustan a los tiempos que corren, y explica, según su punto de vista, cuáles son los valores que dominan al hombre moderno.

Pero vayamos sin más preámbulos a la publicación de marras y preguntémonos en serio, si esa radiografía que hace el famoso humorista es la nuestra.

De acuerdo con Quino, el hombre contemporáneo se caracteriza por su incapacidad para amar y su afición al placer; depende de lo exterior, de la imagen y su relativismo; es egoísta y superficial en el manejo de las relaciones humanas; y padece un vacío existencial que lo lleva a una profunda soledad. Por ello, es esclavo del culto a la belleza, al dinero, al talento, a la juventud, y sobre todo y ante todo al éxito. Anda en una búsqueda desesperada por “ser alguien”, por sobresalir. Huye de la mediocridad. El peor insulto es que le digan “fracasado” o “mediocre”. Y de serlo, se evade a través de las drogas o del alcohol, el trabajo, el consumo o el sexo.

El hombre moderno busca estar acompañado siempre y, sin embargo, está solo. Busca la estridencia, en cuanto llega a su casa prende la televisión, la radio, cualquier cosa antes que estar en silencio. Le teme a la soledad, quizás en el fondo le da miedo enfrentarse a preguntas como: ¿quién soy?, ¿a dónde voy? Vive una espiritualidad light. Persiguiendo los bienes materiales, se olvida del ser y de cultivar el espíritu. Prefiere llevar una vida sin profundidad, sin conciencia. No le conviene comprometerse con su fe, cualquiera que esta sea, porque eso implicaría tener que renunciar a muchas cosas del mundo. Tendría que romper con su egoísmo y tendría que buscar el bien de los otros antes que el propio. Tendría que ser solidario. Tendría que aprender a amar. Tendría que ser más honesto. Tendría que ver por los más débiles.

Pues bien, basta con salir a la calle, llegar al trabajo, meterse en una parada de bus o en un endemoniado tranque, buscar atención en una oficina pública o visitar un centro comercial y darle una mirada al comportamiento de la mayoría de las personas, para ratificar con no poca frecuencia que la superficialidad, la vanidad, la presunción, la pereza, la impuntualidad, la poca responsabilidad, están presentes en nuestro comportamiento cotidiano. También está presente la permisividad pública y familiar, así como la impunidad jurídica y social, propiciando y permitiendo el “juega vivo” y la corrupción, que se manifiestan en el actuar de diversas instancias del Gobierno, algunas empresas privadas, la familia misma, y muchos ciudadanos que aspiran a recibir parte de la repartición de la patria.

Al final, no me cabe duda de que muchos de los panameños, sin distingo de etnia, sexo, creencias o clase social, correspondemos a la imagen referida por el escritor sureño. Nos mantenemos indiferentes, disfrutando de los beneficios que ofrece Panamá para los que tienen un salario medio aceptable y son “sujetos de crédito”: tenemos una casa cómoda, pagamos a plazo por un auto último modelo con doble tracción, aunque no vayamos nada más que a lucirnos en el mall de moda. Por supuesto, nos vestimos con ropa de marca porque queremos vernos bien, siempre guardando las apariencias, y no es raro que caminemos con la mirada perdida al frente, sin darle los buenos días a nadie, y miremos a los demás por encima del hombro.

Como si fuera poco ese culto a lo superficial, mantenemos una falta de interés respecto a la probidad de nuestras autoridades, limitándonos a conversaciones de café, y más recientemente, a chistes y videos a través del chat. No participamos activamente ejerciendo nuestro derecho ciudadano de control integral de la gestión pública. Esta apatía política nuestra es lo que más daño nos causa, pues aumenta el margen de maniobra y la discrecionalidad del pequeño grupo que nos gobierna, dando por resultado la falta de transparencia e impunidad, de la cual informan casi que a diario los principales medios de comunicación, mientras nosotros preferimos vivir felices nuestra utopía, manteniendo un círculo vicioso sin fin que nos tiene al borde del abismo.

Entonces, compatriotas, ¿dónde estamos?, ¿son esos nuestros valores?, ¿cómo podemos cambiar y fortalecer los valores y principios éticos y morales para convertirnos en una sociedad diferente, vigorosa y solidaria, que motivada por el conocimiento de la problemática, ejerza su derecho de hacer rendir cuentas a los gobernantes, trascendiendo los discursos triunfalistas de políticos aprovechados de nuestra apatía histórica.

Edición Impresa