Cuando fui a España en 1973, escuché a mis primas cantar una canción infantil que me pareció muy original. La cancioncita de marras, se titula igual que el artículo de hoy. Es una ingeniosa cadena de cosas evidentemente falsas, y que se contradicen de forma inmediata. Así decía que “por el mar corren las liebres y por el monte las sardinas” o que “me encontré con un ciruelo, cargadito de manzanas” al que “comencé a tirarle piedras, y cayeron avellanas…” y así sucesivamente, las mentiras se van amontonando una tras otra en una historia tan absurda como graciosa.
Cincuenta años después, el mismo título pudiese aplicarse a la campaña del pedazo de protoplasma anaranjado que desde hace diez años se ha apoderado de la narrativa política de Estados Unidos, y que por tercera vez consecutiva es candidato de un Partido Republicano que en alguna época fue serio. Porque entendamos que ya la discusión en ese grupo no tiene que ver con políticas públicas, ni con principios económicos o sociales. Tiene que ver simplemente con un culto absoluto a la personalidad de un tipo senil, con un evidente trastorno narcisista de personalidad, que solo sabe hablar en primera persona del singular, que ha demostrado una y otra vez que no le importa absolutamente nada con los ciudadanos y que está dispuesto a decir o hacer cualquier cosa con tal de salvar su trasero para no acabar en la cárcel un montón de años por variopintos delitos que van desde el acoso sexual y la violación, hasta el fraude financiero y algo tan irrelevante como tratar abiertamente de robarse unas elecciones que según absolutamente todas las autoridades que las revisaron, indudablemente perdió.
Pero a menos de cuatro semanas de las elecciones, la campaña de Trump, su candidato a vicepresidente J.D.Vance, y de toda la cúpula de los republicanos parece ser una nueva estrofa de la susodicha canción. Día tras día las mentiras más descaradas se acumulan una tras otra, sin importar en lo más mínimo que personas afines al partido las desmientan abiertamente. Además, como Trump convierte en enemigo acérrimo a cualquiera que cuestione algo relacionado con él, todos aplauden como focas amaestradas cada vez que hace cualquier cosa de las que solo él considera una gracia.
Al margen de las constantes retahilas de lo maravilloso que fue su gobierno, escupiendo datos sacados de quien sabe que arrebato delirante, hasta las más enrevesadas ideas de conspiracion, lo que se comienza a hacer cada vez más difícil es encontrar algo cierto en la retórica trumpista. Y lo malo es que ya los medios dan por un hecho que miente, y ya sus mentiras ni siquiera son noticia. Incluso, en un afan de buscarle pies o cabeza a sus desvaríos, tratan de darles explicaciones que terminan disimulando su evidente incapacidad para llevar adelante un gobierno con algún grado de funcionalidad.
Esta gente dice cosas como lo maravillosa que fue la economía durante los cuatro años que Trump fue presidente, cuando todos los datos muestran que disparó el déficit y que endeudó al país en varios trillones de dólares adicionales. Además, uno de sus estribillos favoritos es el desastre que ha sido la economía durante el gobierno de Biden y Harris, cuando tan solo esta semana los números independientes presentados por J.P.Morgan Chase, hablan de una economía fuerte, en crecimiento, con siete millones de puestos de trabajo más que antes de la pandemia y con una importante reducción de los indicadores de inflación. Pero eso a él no le importa, porque seguirá repitiendo sus mentiras las veces que tenga oportunidad.
El descaro es tal, que uno de los argumentos para negarse a ir a una entrevista en el programa “60 minutes” de la cadena ABC, fue que le iban a verificar si era cierto o no lo que dijera (como hacen con todo el mundo). Porque cómo va a permitir que le vayan a cuestionar que los haitianos en Ohio no se están comiendo las mascotas de sus vecinos, o que la mayoría de los delitos en Estados Unidos no los cometen los inmigrantes, o que no es cierto que el gobierno federal se niegue a mandar ayuda a los estados afectados por los huracanes Helene y Milton, o que los gobernadores y autoridades republicanas de dichos estados agradezcan todo lo que está haciendo por ellos el gobierno de Biden, o que le pregunten cómo es posible que mandara pruebas de covid a Putin en Rusia, durante la pandemia, mientras en Estados Unidos no había cómo diagnosticar a sus ciudadanos, o que no hay evidencia alguna que los inmigrantes ilegales vayan a poder votar, o que no es aceptable que ya esté diciendo que si pierde la elección hubo trampa, pero que si la gana no.
Y eso sin entrar en las bestialidades de algunos de sus seguidores. Esta misma semana, las lumbreras que niegan que la actividad humana pueda tener nada que ver con el evidente cambio climático, se han pujado la teoría de conspiracion que los demócratas están “manipulando el clima” para producir y enviar huracanes a los estados que apoyan a Trump. Como ven, la idiotez puede llegar a ser infinita.
Y mientras, las dos cajas de resonancia favoritas de las mentiras de Trump, J.D.Vance y el vocero del Congreso Mike Johnson, ignoran cada vez que les preguntan si ellos aceptan que Trump perdió la elección del 2020. Simplemente tratan de desviar la conversación, dando a entender que es un tema irrelevante. Pero es que no es irrelevante, porque ellos son quienes en un determinado momento tendrán que tomar decisiones que pueden representar la continuidad de la democracia en Estados Unidos con una pacífica trasición de gobierno en un país que, nos guste o no, tiene influencia en lo que nos afecta a todos, especialmente de este lado del mundo.
Faltan veintitrés días para la elección, y parece estar claro que Trump no está dispuesto a aceptar que pueda perder. Lo que falta por ver es, hasta donde, sus seguidores (que increíblemente son muchos), estén dispuestos a “luchar” por defenderlo. Mientras, seguirán contando mentiras como en la cancion, porque a fin de cuentas, parece ser su único argumento.
El autor es médico cardiólogo