Más allá de los epítetos y descalificativos que los políticos tradicionales (PRD, Molirena y Cambio Democrático) utilizan para referirse de forma peyorativa a la juventud representada por la Coalición Vamos, liderada por Juan Diego Vásquez, se ha develado el miedo que carcome a los partidos políticos cuando ven surgir nuevos liderazgos a su alrededor.
Desde el arribo de los jóvenes a la política panameña, bajo la figura de la libre postulación y su plataforma natural, la Coalición Vamos, surgieron nuevas canas en las vetustas cabelleras de los viejos gamonales —dueños históricos de los partidos políticos—, tan preocupados están que sus constantes arritmias, desde el pasado 5 de mayo, les causan insomnio. Como un volcán en erupción, los jóvenes dieron un golpe de autoridad en su mundo jurásico y en la partidocracia panameña.
Encabezados por Irma Hernández, quien ganó la alcaldía con 89 mil votos, o por Eduardo Gaitán, que obtuvo 62,373 votos, convirtiéndose en el más joven y uno de los más votados del país, el susto electoral del 5 de mayo derivó en una verdadera conmoción política cuando “los chiquillos malcriados” —según Camacho Castro—, con la bandera de la Coalición Vamos, volvieron a imponerse en el distrito de San Miguelito con 73,520 votos, superando ampliamente a los partidos tradicionales (RM 26,472; PRD 24,096; CD 8,775).
Hecho difícil de aceptar para los egos de los partidos caudillistas (CD, RM y PRD). Y qué decir de la presencia e influencia de Juan Diego Vásquez y Gabriel Silva, quienes marcaron un antes y un después en la política panameña con su mensaje: “la buena política sí es posible”.
Juan Diego Vásquez, con su sinceridad, conquistó al electorado y obtuvo un respaldo de 33,638 votos, derrotando por primera vez a las maquinarias partidistas. Ello trajo como resultado un salto cuantitativo: de contar con solo dos diputados independientes, hoy se pasó a veinte, le guste o no al señor Camacho Castro o al señor presidente.
Hoy más que nunca es oportuno recordarle al presidente José Raúl Mulino Quintero y también al contralor Anel Flores de la Lastra aquello de “debemos ser tercos”, como lo expresó en su poema Diana Elsa Morán Garay, dirigido a las juventudes: “Tercos de dulzura, tercos en la cárcel, en la muerte tercos; tercos y más tercos en la firma. Tercos, terquísimos…”
Los jóvenes de la Coalición Vamos ya están en el escenario político panameño, demostrando que la buena política sí es posible. Pero lo más importante es que la Coalición Vamos llegó para quedarse y seremos tercos, terquísimos, pese a los irrespetuosos y viles ataques contra sus líderes, como Irma Hernández, Alexandra Brenes y Janine Prado.
Recuerden ustedes —pues edad les sobra para hacerlo— que atacarlas a ellas es también una ofensa a sus ilustres predecesoras: Amelia Denis de Icaza, Matilde de Obarrio, Enriqueta R. Morales, Marina Ucros Recuero, Tomasita Esther Casis, Isabel Herrera de Obaldía, Angélica María Chávez de Patterson, Martha Matamoros, Clara González y Thelma King, mujeres dignas de respeto que hoy se reflejan en la figura de Irma Eneida Hernández Berrío, Janine Prado Castaño y Alexandra María Brenes Samaniego.
Si se tienen elogios —muy merecidos— para María Corina Machado, también valen para Irma Hernández, pues nuestra alcaldesa debe, con mayor razón, mostrarse intransigente en la defensa del respeto a la voluntad popular, expresada por 89 mil vecinas y vecinos que votamos por ella como abanderada de la Coalición Vamos.
El autor es abogado y vecino del distrito de San Miguelito.


