Los panameños somos bebedores. Esto se ve reflejado en el último informe de la Organización Mundial de la Salud (OMS), que lista a Panamá en consumo de bebidas alcohólicas per capita como segundo en la región de Centroamérica y entre los primeros 10 países de toda América. Comúnmente subimos nuestras copas y brindamos por la salud del corazón aludiendo aquellos antioxidantes “buenos” en el vino tinto, o tomando cervezas durante los partidos de la Marea Roja,o para terminar la semana ahogando el estrés del trabajo con unas cuantas frías.
En términos fisiológicos, el alcohol actúa sobre el cerebro y afecta su función. El consumo resulta en un entorpecimiento de nuestras respuestas a estímulos, por ejemplo: nos cuesta articular palabras, subir las escaleras o abrir la puerta al llegar a casa. También experimentamos pérdida de inhibición de la conducta, y nos sentimos más guapos, osados, listos y demás. Además de estos efectos inmediatos, existen efectos por el consumo excesivo y esporádico de alcohol, como ocurre con “las borracheras del fin de semana”.
En Panamá esta práctica es alarmante en jóvenes (15 a 18 años), ya que ocurre en una de cada cinco mujeres y dos de cada tres hombres al menos una vez al mes. ¿Las consecuencias? Trastornos por consumo de alcohol, como dependencia y abuso, o las principales causas de muerte como cirrosis hepática, y cáncer de mama en mujeres, mientras que la violencia interpersonal en hombres es muy común. Estudios indican que el consumo excesivo promueve inflamación en el cerebro, además, la dependencia al alcohol es un factor de riesgo para el diagnóstico de demencias de tipo Alzheimer y enfermedades neurodegenerativas. Por otro lado, estudios han mostrado que el consumo moderado puede extender el tiempo de vida y la calidad de esos años.
¿Nos vamos de ‘happy hour’?
La autora es neurocientífica y miembro de Ciencia en Panamá