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Venezuela, de dictadura a colonia. ¿Y la democracia?

Tras atacar a Venezuela, Trump impuso un neocolonialismo que deja por fuera toda forma de autodeterminación de los países del continente. ¿Qué futuro les espera a quienes defienden el retorno de la democracia en la república bolivariana?

Venezuela, de dictadura a colonia. ¿Y la democracia?
Imagen ilustartiva. CONNECTAS

Tras el “madrugonazo de las luces naranjas”, la expresión que se popularizó en Caracas para referirse a los bombazos que precedieron a la captura del presidente de facto Nicolás Maduro, sus habitantes tienen múltiples versiones sobre lo que está pasando. Unos consideran que, aunque el régimen dictatorial se mantiene casi intacto, eso forma parte del proceso. “Solo es mientras se estabiliza el país. Lo están haciendo bien”, dicen sobre la intervención de Estados Unidos. Para otros, “el imperio secuestró la cabeza del régimen” y el chavismo está haciendo lo imposible para rescatarlo. Sólo en muy pocos tiene eco la tesis de que Trump está traicionando la voluntad popular venezolana, primero al descalificar a los triunfadores en las elecciones de julio de 2024, y luego al anunciar que su gobierno controla a Venezuela y prácticamente se llevará una buena parte de su riqueza petrolera.

Los acontecimientos tienen múltiples implicaciones, sombras y contradicciones. La primera apareció cuando Donald Trump anunció una transición sin reglas ni plazos claros en cabeza de Delcy Rodríguez, la vicepresidenta de un régimen considerado ilegítimo por gran número de países, incluyendo el mismo Estados Unidos. En Venezuela la vicepresidencia no es un cargo de elección popular. Es decir el dictador la designó como parte de su estructura ilegítima, y ahora asume como presidenta en “respeto a la Constitución” ante una Asamblea Nacional escogida en unos comicios también cuestionados, que se instaló el 5 de enero.

Al respecto Maria Corina Machado, la cabeza visible de la oposición y recientemente ganadora del Premio Nobel de Paz por su lucha por la democracia en su país, en declaraciones a la cadena Fox News, afín a Trump, retrató así a Rodríguez: “Es una de las principales artífices de la tortura, la persecución, la corrupción y el narcotráfico. Es la principal aliada y enlace con Rusia, China e Irán. Ciertamente no es una persona en la que puedan confiar los inversores internacionales”.

Machado aprovechó así, en la tribuna preferida de los trumpistas, uno de los pocos espacios mediáticos que han tenido los opositores tras el portazo de Trump cuando la descalificó como la líder de la transición. “No tiene el apoyo interno ni el respeto dentro del país. Es una mujer muy agradable, pero no tiene el respeto”, dijo el presidente sobre Machado, al explicar su decisión de no hacer respetar el triunfo de Edmundo Gonzàlez Urrutia en las elecciones que Maduro se robó.

González protagonizó otro esfuerzo de comunicación al aparecer en actitud presidencial para plantear un punto que, además del reconocimiento de los comicios, considera innegociable: la liberación de los cerca de 1,000 presos políticos.

Este último punto les granjeó apoyos importantes. Pocas horas después, el presidente de Francia, Emmanuel Macron, publicó en X que María Corina Machado, “como todos los venezolanos, puede contar con el apoyo de Francia para alzar la voz en favor de una transición pacífica, democrática y plenamente respetuosa de la voluntad soberana del pueblo venezolano”. Paradójicamente (o cínicamente), la cuenta oficial del mandatario estadounidense republicó el mensaje.

También el presidente panameño, José Raúl Mulino, sostuvo al respecto que negociar el mandato otorgado en las urnas solo conduce a perpetuar las estructuras de poder que llevaron a Venezuela al colapso institucional, económico y social. La voz de este país en este contexto tiene valor por dos razones: Mulino es considerado en el contexto regional un presidente cercano a Trump, y su país tiene en su historia la invasión gringa más parecida a la actual, en ese caso para la captura del general Manuel Noriega, entre diciembre de 1989 y enero de 1990. Pero mientras Panamá salió de su pesadilla norieguista con su democracia fortalecida, todo indica que Trump no tiene en mente ese objetivo altruista, sino hacerse a los recursos naturales de Venezuela.

En efecto, la defensa de la democracia no ha sido nunca una prioridad del actual presidente estadounidense. Para Rodrigo Uprimny, jurista, investigador senior y exdirector de la organización colombiana Dejusticia, se trata de una estrategia con objetivos muy distintos. “El propósito del gobierno de Trump es estabilizar en Venezuela un gobierno que le dé seguridad a los intereses geopolíticos de Estados Unidos”, es decir, que solo ejerza el poder quien esté alineado con él. Y lo que es peor, no importaría si se tratara de un gobierno democrático o una dictadura.

Hoy, Trump acepta como interlocutor al régimen autoritario heredado de Maduro. No le importa que quienes han asesinado, violado, oprimido y saqueado a los venezolanos aprovechen esa “normalización”, o el supuesto nuevo bienestar económico que promete. Sólo a modo de muestra, el mismo día de la posesión de Delcy Rodriguez sus fuerzas detuvieron a 14 periodistas (horas más tarde liberaron a 13 de ellos y uno fue deportado) mientras circulaban profusamente, no solo las amenazas de castigo contra quien expresara alegría por la caída de Maduro, sino caravanas de milicias motorizadas que amedrentaban a los transeúntes.

Uprimny recuerda una frase que supuestamente dijo Franklin Delano Roosevelt en los años cuarenta cuando le preguntaron cómo podía Estados Unidos apoyar al dictador nicaragüense Anastasio Somoza: “Es un hijo de puta, pero es nuestro hijo de puta”. En efecto, Estados Unidos en buena parte del siglo XX apoyó dictaduras de derechas en América Latina que hicieron mucho daño a sus ciudadanos solo para detener el avance del comunismo en la región. Pero hoy ni siquiera se trata de evitar la llegada de un gobierno ideológicamente contrario, sino de llevarse un botín, como en las peores épocas del colonialismo del siglo XIX.

Uprimny agrega una razón más para que Trump mantenga a Rodríguez en la presidencia: de alguna manera, hubo “un cierto aprendizaje de las catástrofes de otras intervenciones, esas sí se suponía eran para instalar la democracia, como las de Afganistán, Irak y Libia. Allá vieron que decapitar al régimen sin que haya una capacidad de sustitución, genera un desorden político e inestabilidad regional”.

Víctor Aguilar Pereira, del programa de América Latina y del Caribe del think tank International Crisis Group, está de acuerdo. “Hay que entender que Estados Unidos y la administración Trump no ve los sucesos en Venezuela, incluso la misma captura de Maduro, en los mismos términos que la oposición venezolana”. Según le dijo a CONNECTAS, “lo principal es proyectar un poder aplastante de Estados Unidos en la región, reafirmarse como la potencia dominante en el hemisferio y demostrar que no está dispuesto a permitir que otros poderes como China, por ejemplo, le disputen esa posición.

Para Uprimny, Estados Unidos en Venezuela tiene intereses estratégicos y geopolíticos basados en la estrategia de seguridad nacional que publicó su gobierno en noviembre pasado. Primero, busca recuperar su hegemonía del hemisferio occidental, “lo que implica restar peso a China y a Rusia… Sacar a China de la región y de Venezuela es clave”. Segundo: el petróleo, sin mencionar las otras riquezas de este tipo que hay en este botín que incluye oro y las tan codiciadas tierras raras, en la competencia por la independencia de la tecnología.

Eso deja por fuera el supuesto motivo original de la operación. “El argumento del narcotráfico creo que era más discurso interno en busca de una cierta legitimidad para esas intervenciones”, dice Uprimny. Se refiere a las razones con las que la administración trata de justificar su proceder por fuera de las leyes estadounidenses que, en primer lugar, exigen que una acción de esta naturaleza requiere el permiso previo del Congreso.

En esas condiciones, el gobierno de Trump ha demostrado su desprecio por las normas constitucionales que establecen el control popular de las decisiones del Ejecutivo en un tema tan grave como una acción militar contra un país soberano. Por eso, la sucesión en Venezuela está más cerca de lo que sería una nueva temporada de la serie de gánsters Los Soprano, que de una transición hacia la democracia.

En medio de este debate, hay quienes sostienen que una acción como la de Trump se justifica en la incapacidad de los mecanismos legales actuales para lidiar con casos como la tiranía de Maduro. Uprimny explica: “Hay un debate importante en el derecho internacional de cómo reforzar mecanismos para que enfrente más eficazmente regímenes tiránicos que se perpetúan. Los mecanismos existentes no funcionan bien o no hay mecanismos”. El experto agrega que también ha faltado la exigencia y garantía de Estados capaces que brinden seguridad y bienestar a los ciudadanos, reconoce que en nuestros países y en el multilateralismo hay mucho que reorganizar.

Aguilar Pereira interpreta los hechos con un mayor margen de oportunidad: “es comprensible que algunas personas vean o quieran ver en esto el inicio de una transición democrática, pero no necesariamente es así. Yo creo que todavía hay muchas cosas por definir y probablemente muchas todavía están en negociación. Está por verse, por ejemplo, cómo la presidencia encargada de Delcy Rodríguez va a manejar las relaciones dentro del chavismo, si va a haber cambios en el gobierno.”

Aún si se dan señales de la “normalización” de la mano de los que han sido parte del régimen, y con el protectorado gringo, esto no significa que los venezolanos estén más cerca de la civilización y lejos de la barbarie. En Washington dicen que manejan a Venezuela aunque no tengan un solo soldado en su territorio, pero Delcy Rodríguez sigue jugando a la carta de una independencia cada vez más vacía. Mientras tanto, pueden volver a funcionar las aerolíneas, puede recomenzar el campeonato de béisbol (que ya se anunció), pueden salir algunos presos políticos a cuenta gotas, o incluso mejorar la estabilidad de la economía. Pero sin autodeterminación como pueblo y bajo amenazas, el futuro sólo puede ser oscuro.

Desde los primeros movimientos militares de Estados Unidos en las aguas latinoamericanas se ha especulado si estas son jugadas de póquer o de ajedrez. Pero con los hechos, cada paso parece más una jugada de billar a muchas bandas, pues cada tacada mueve múltiples bolas no solo en Venezuela sino en la región y en el mundo. Por eso lo que sucede hoy no es sólo un asunto de los venezolanos, y ni siquiera de los latinoamericanos.

De hecho, en el mundo del análisis internacional parece claro que, con la agresión a Venezuela, Estados Unidos dio un paso más hacia la reconfiguración del escenario geopolítico y hacia el reconocimiento de un concepto que tiempo atrás había rechazado Washington: el de las esferas de influencia. Hoy, desde esa óptica, la invasión rusa a Ucrania y las amenazas de China a Taiwán encuadran dentro de ese nuevo panorama.

Trump asegura que él mismo está al mando de Venezuela. Dijo que “por ahora” no habrá elecciones, el mecanismo universal de la democracia. Ese “por ahora” hizo recordar en algunos el célebre episodio de un coronel golpista que, tras ser capturado, al ser forzado al anunciar su derrota, dijo que no había logrado la victoria, por ahora. Ese coronel fue Hugo Chávez, y esas dos palabras lo catapultaron. Un cuarto de siglo después, por cuenta de los nuevos aires antidemocráticos que trajo Trump, su régimen permanece atornillado en el poder, incluso con él muerto.


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