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Venezuela y la responsabilidad de explicar el mundo a nuestros hijos

En los últimos días, Venezuela ha vuelto a ocupar un lugar central en las conversaciones de los adultos. Noticias de última hora, análisis políticos, opiniones encontradas, debates intensos. Se habla de poder, de justicia, de detenciones, de derechos humanos, de derecho internacional. Pero también —y quizá con más fuerza— se habla desde el dolor: el de quienes llevan años sin ver a sus familias; el de quienes tuvieron que emigrar; el de quienes han perdido seres queridos o un país que ya no reconocen como propio.

Este tema ha generado un enorme revuelo no solo en los medios de comunicación, sino también en las mesas familiares. Y, en medio de esas conversaciones, surge una pregunta inevitable: ¿cómo explicar todo esto a nuestros hijos? ¿Qué decirles cuando escuchan, preguntan o simplemente perciben que algo importante —y complejo— está ocurriendo?

Lo primero que debemos recordar es que los niños, aunque no comprendan todos los detalles, sí perciben el clima emocional. Detectan la preocupación, la tensión, el tono de las conversaciones. Por eso, el silencio absoluto o las respuestas evasivas rara vez los protegen; muchas veces, solo aumentan la confusión.

En niños en edad escolar, la clave está en explicar los hechos de manera sencilla, honesta y acorde con su nivel de comprensión, sin cargar el relato de juicios morales complejos ni de mensajes alarmistas. Podemos decirles, por ejemplo, que en algunos países las personas no pueden elegir libremente a quienes los gobiernan, que eso ha provocado muchos problemas y que, por esa razón, muchas familias han tenido que dejar su país para buscar seguridad y oportunidades en otros lugares.

No es necesario entrar en nombres propios ni en estrategias políticas. Lo importante es ayudarlos a comprender ideas básicas: qué son los derechos, por qué es importante que existan reglas justas, qué significa poder elegir y por qué la libertad y la justicia importan. Los ejemplos cotidianos —las reglas en la escuela, el respeto entre compañeros, la importancia de que las normas se cumplan para todos— suelen ser más efectivos que cualquier discurso abstracto.

También es fundamental validar lo que sienten. Si un niño expresa tristeza, miedo o confusión, debemos escuchar sin minimizar. Reconocer sus emociones y permitir las preguntas crea un espacio seguro para procesar lo que ocurre.

Uno de los mayores riesgos es transmitir a los niños discursos cargados de descalificación, enojo o violencia verbal. Los adultos podemos tener posturas firmes —y es legítimo—, pero los niños necesitan primero comprender antes de tomar partido.

Hablar desde los valores es más formativo que hablar desde la polarización: valores como la empatía, la solidaridad, el respeto y la responsabilidad colectiva. Explicar que detrás de las noticias hay personas reales, familias reales, niños como ellos, con historias atravesadas por pérdidas, sufrimiento y decisiones difíciles.

Con los adolescentes, la conversación puede —y debe— ser más profunda. Ellos ya tienen la capacidad de analizar, cuestionar y construir una opinión propia. En esta etapa, el rol de los padres no es imponer una visión, sino ofrecer información clara, contextualizada y confiable, y fomentar el pensamiento crítico.

Es un momento oportuno para hablar de ciudadanía, de derechos y deberes, del valor del voto y de la participación democrática. Explicarles que lo que hoy ocurre en nuestro continente no es ajeno a su futuro y que, dentro de pocos años, serán ellos quienes, a través de su derecho al voto, elijan a quienes los gobiernen.

También es importante señalar que las acciones —y las omisiones— tienen consecuencias. No informarse, no participar o mirar hacia otro lado también es una forma de decisión.

Hablar de Venezuela con nuestros hijos no es solo explicar una noticia. Es una oportunidad para sembrar conciencia sobre los derechos humanos y la responsabilidad que tenemos como ciudadanos de no ser indiferentes frente a las injusticias. Es enseñarles que la democracia no se hereda intacta: se cuida y se defiende todos los días; que nuestras acciones —y también nuestras omisiones— tienen consecuencias reales en la vida de millones de personas. Al hacerlo, les recordamos que la historia no es algo lejano ni abstracto, sino que se construye con decisiones concretas y con la convicción profunda de que el respeto por la dignidad y la libertad de las personas debe estar siempre en el centro.

La autora es pediatra.


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