En la medida en que la ciudadanía se aleja de las buenas prácticas lingüísticas, se degenera el proceso comunicativo y las autoridades pueden, con un simple juego de palabras, confundir a las personas para ganar tiempo o mantenerlas entretenidas mientras logran sus verdaderos propósitos.
Suspender no significa eliminar, y mucho menos constituye un pacto ético que asegure que los señores feudales administrativos renuncien a su meta económica: el nuevo capricho con el que buscan satisfacer momentáneamente su apetito financiero, costándole al contribuyente fortunas para mantener un órgano que es ejemplo de ineficiencia y de falta de valores morales y éticos.
Mire usted: venir a subirse el sueldo y, no contentos con eso, equipararse la jubilación al monto que devengan es una verdadera sinvergüenzura. Más enorme aún es el descaro de decir que es legal porque ellos mismos se lo aprueban. ¿Quién se cree esta gente? ¿Qué otro ejemplo de inmoralidad y desconexión debemos presenciar como país para cambiar la Constitución?
Mientras al funcionario no se le exija rendimiento por su salario, seguiremos teniendo personas que engavetan casos y fallan de manera dudosa en perjuicio de todos.
“Ah, pero es que su labor es importante”. Más importante es la labor de un recolector de basura, de un médico o de un funcionario que analiza el agua para evitar que la población se siga envenenando. Son trabajos más dignos y mucho menos valorados. En un país donde se debe rogar por un aumento a las jubilaciones de hambre, que unos reyezuelos se aprueben, de un plumazo, fortunas vitalicias no solo es insostenible, sino que es un insulto a la población.
Hemos permitido la desconexión de las realidades ciudadanas. Se ha creado una subcasta de emperadores, nombrados por quien está en el poder, sin otro interés que cubrir su espalda una vez pierda el control. Todos los que han gobernado lo han hecho, y ninguno piensa en el bienestar del país.
Pocos —o ninguno— de los que han sido ungidos con semejante poder han sido merecedores, por mérito, de esa investidura. Todos tienen en común el compromiso de mantener las cosas como están: yo te investigo a ti y tú me investigas a mí, así nos aseguramos de que ninguno pague por sus faltas. Amigos, aunque lo nieguen en público.
Austeridad para la población; boato e impunidad para los ungidos de poder. Un cuento en el que se dice una cosa pero se hace todo lo contrario es insostenible. Señalar delitos y amenazar con investigaciones que jamás encarcelan a ninguno de los ladrones de cuello blanco plenamente identificados socava la credibilidad de las administraciones.
“Sin fueros ni privilegios”. La frase completa debería ser: “sin fueros ni privilegios para los ciudadanos comunes, pero con el paquete deluxe para los amigos del poder, turrás”.
Eso de repetir una mentira hasta que se vuelva verdad no sucede en cinco años. Hemos sufrido esquemas de gobierno similares desde hace más de medio siglo, pero cada vez logran bajar más la barra de expectativa ciudadana, pues la credibilidad del que dice “hagan lo que digo, no lo que hago” es cada vez menor. Y la gente se cansa.
Hay que recordar que el objeto de un gobierno, su razón de ser, es administrar los bienes de todos en beneficio de todos, no de unos cuantos. Es cierto que hemos permitido que suban y bajen gobiernos cuyo único objetivo ha sido parasitar al Estado. Y es culpa nuestra, que los votamos o que no exigimos rendición de cuentas. Pero ya está bueno. Está bueno de nuevos ricos sin talento ni habilidades. Está bueno de estudiantes que se ahogan por falta de puentes.
Está bueno de cuentos.
El autor es ingeniero.

