Aprovechando esta época de celebración del nacimiento de Jesús, que muchos pretenden que olvidemos desfigurando el hecho con intenciones comerciales o hablando de un ser mágico, vestido de rojo, que no existe, deseo recordar que Jesús nos dejó una doctrina (no política) basada en el amor o desprendimiento hacia el prójimo, en especial por el más necesitado. Para mí eso es lo más importante, no si era Dios, si resucitaba muertos o multiplicaba los alimentos. No entro en esas discusiones sin sentido y que, históricamente, han traído muerte y destrucción.
Cada quien es libre de pensar lo que quiera, pero es necesario decir que todos somos hijos de Dios, seas cristiano, judío, musulmán, etc., y nos tenemos que amar como hermanos. No discuto si Jesús es el verdadero mesías o profeta. Lo que sé es que cambió el mundo y, por eso, lo veo como mi líder espiritual. Vale recordar que en el Corán los musulmanes mencionan a Jesús como un profeta. No sé si Jesús era blanco, negro, amarillo, verde; no sé si era único hijo de María, lo que sé es que cuando estuvo aquí nos enseñó el camino a seguir: el de la solidaridad, la bondad y la hermandad.
Tampoco pienso que los que no creen en Jesús serán condenados. Mientras sean personas de bien, no me importa la religión que profesen, y seguro que así es para el maestro, aunque mis curas digan lo contrario. Creo que esa es la línea de Francisco, por eso, muchos estamos contentos con él como dirigente de nuestra Iglesia. Lo cierto es que fue Dios quien hizo aparecer a Jesús en este mundo, con el fin de enseñarnos a vivir una vida plena. No hay nada más gratificante para el ser humano que compartir sus bienes con los pobres o necesitados. Jesús no quiere que esta época sea de dar regalos; desea que sigamos su ejemplo de vida. No quiere gente regalando a los pobres para hacer propaganda de eso. De nada sirve un regalo efímero; entrega herramientas para que tu hermano aprenda a cosechar.
De nada le valdrá llenar su casa de luces, pinos, etc., si no tiene a Dios en su corazón. Se dice que esta es una fiesta para estar en familia, pero no en una familia de borrachos. Tener una cena pomposa con pavo y jamón, aunque sea de ocho dólares, no es necesario ni obligatorio. Lo que necesitamos es recapacitar en nuestras actitudes que demuestran la falta de valores y nos llevan al despeñadero. Ocurre porque no aceptamos que el amor entre en nuestros corazones.
Hoy todo es conflicto, competencia verbal o física, eso es lo que da rating o supuesta superioridad. De esta celebración debemos aprender que el amor no se da solo el 25 de diciembre, como no es solo el 8 de diciembre el único Día de la Madre. Todos los días del año deben ser para abrazar y besar a nuestros padres, hermanos, esposa e hijos, eso es lo que pide Jesús, o lo que pide Dios. Mientras actúes diferente los otros 364 días del año no lograrás la salvación de tu alma, si eso es lo que buscas.
