En el pasado abogué por el voto en blanco, y no he encontrado razones para cambiar de posición en el presente. La idea es votar por el mejor, no por el menos malo. Hemos tenido media docena de desilusiones, por gobiernos incapaces y corruptos, que no entiendo cómo se puede pensar que en esta ocasión sí tendremos algo diferente. Veamos lo que nos ofrece la actual contienda presidencial.
Nos encontramos con un candidato que niega al partido que lo postuló, porque no tiene la popularidad deseada, y me pregunto a quién más será capaz de negar. Tal vez no lo considera tan malo porque Pedro también negó a Jesús. Tal vez no lo considera una traición, como en verdad debería llamarse.
O tal vez la traición no es ni delito ni pecado para nuestros políticos. Así parece, porque otro de nuestros presidenciales fue tildado de traidor por sus adversarios en las primarias pero ahora, por un supuesto objetivo común, se defienden mutuamente. Judas al menos tuvo la decencia de colgarse de un árbol.
Otro de ellos desea “pescar en río revuelto”, porque sabe que en un país donde en verdad prevalezca la democracia, no tendría ninguna oportunidad. Hablar de democracia cuando es un líder vitalicio en el gremio donde se agita. No tengo la menor duda de que si llegara al poder se convertiría en otro Maduro u Ortega.
También tenemos un político muy “catrivoliado”, quien parece haber olvidado que fue partícipe de todo lo que precisamente se desea cambiar y con un partido de “oscuro pasado”.
La alternativa independiente se debilitó desde su cuna cuando buscaron a zombis para lograr la candidatura. ¡Qué vergüenza! no habían ganado y ya aprendían a hacer trampa. En adición a que ninguno ha mostrado con qué estructura política gobernaría. A cualquiera de ellos lo devoraría vivo la oposición en menos de un año.
Votar por estos señores sería legitimar todo lo que han hecho en los últimos 30 años. La campaña del “no a la reelección” es un cuento de los que quieren simplemente “virar la tortilla”. “Pero qué se gana con el voto en blanco”, es la reacción de muchos a los que les comento mi intención de voto. Es así porque siempre queremos sentirnos ganadores en toda elección. Conciudadanos, la próxima contienda electoral no es una carrera de caballos y mucho menos una lotería.
Desafortunadamente el voto en blanco no les conviene a muchos que se benefician del statu quo electoral, desde aquellos que tienen a algún familiar corriendo para un puesto, hasta los que lucran de la campaña política. Hasta líderes religiosos han promovido una participación sumisa en toda elección política, porque temen a un cambio radical que les pida rendición de cuentas o simplemente los saque de operación. “Si la Asamblea está tan podrida, ¿por qué todo el mundo quiere entrar en ella?”, expresa atinadamente un diputado, para denotar que si el poder emana del pueblo, la corrupción de quienes lo ostentan también.
A todo aquel que se siente descontento de nuestros políticos, lo exhorto a no anular su voto, porque dicha acción se interpretaría como vandalismo, inmadurez o ignorancia. Lo invito a controlar su ira y simplemente votar en blanco. Igualmente invito a aquellos que han decidido abstenerse de votar, que superen esa frustración y vayan a votar en blanco, porque su abstención se interpretaría como un “no me importa”. Hay que darle una bofetada al sistema y los políticos tradicionales. Mientras sigamos votando por ellos, nada cambiará. Imagínese la reacción general, si la papeleta con la mayoría de votos es “la blanca”.
El autor es docente universitario
