¿Quién ha dicho que, con todos los escándalos recientes sobre corrupción, asistimos a un hecho de manifestaciones recientes? Bertrand de Speville, el abogado y escritor inglés, autor del libro Superando la corrupción, deja en evidencia que no se trata de un fenómeno novedoso.
“Aunque solo en la última década del siglo XX la corrupción llegó a ocupar un lugar tan prominente en las agendas de los gobiernos nacionales y las instituciones internacionales, desde mucho antes hubo conciencia de los efectos destructivos del fenómeno”, sostiene De Speville, para demostrar más adelante cómo la dimensión que hoy alcanza el hecho es lo que parece haber alertado a los gobiernos y a las organizaciones internacionales.
“En algunos países se crearon unidades de investigación especiales, por lo general dentro de las fuerzas de policía; sin embargo, en ninguna parte la política de represión y disuasión tuvo impacto alguno sobre el problema. En casi todos lados la corrupción siguió aumentando, particularmente en los países en vías de desarrollo”, explica.
¿Qué ha sucedido, y qué demuestra el incremento de este flagelo?
La corrupción no solo se ha mantenido, sino que ha aumentado. Espoleada por el afán de la máxima ganancia, hoy la corrupción es un mal global que crece a la sombra de una aparente legalidad que solo demuestra su fracaso, cuando eventos que le son inalcanzables la exponen en toda su plenitud.
Tal es el caso de la empresa brasileña Odebrecht, cuyas maniobras ilegales se han podido conocer después de que Estados Unidos la denunciara, tras obtener millonarias ganancias durante 15 años de operación en tres estados de ese país. Opera en 27 Estados de América Latina, y las denuncias recientes demuestran que en 15 de estos pagó–durante el último quinquenio– 700 millones de dólares en sobornos. Solo en Panamá se habla de 9 mil millones de dólares en contratos, y 59 millones de dólares en coimas. En Panamá, la corrupción es tan vieja como la República. Aún no queda en claro cómo se invirtieron los 10 millones de dólares-oro que Estados Unidos dio a Panamá en ocasión de su separación de Colombia, quizá, a estas alturas, nunca se sepa.
Lo que sí se sabe es que a finales de los años 20 del siglo pasado, durante la administración de Florencio Harmodio Arosemena, el país fue sacudido por una terrible ola de corrupción que terminó por agravarse durante la depresión, entre 1929 y 1930, que dejó a Panamá en la peor de las crisis, tal cual lo describía el presidente Ricardo J. Alfaro, durante la toma de posesión de Harmodio Arias en 1932.
El propio presidente Harmodio Arias debió recurrir a medidas drásticas para arrancar de la administración pública la costra de la corrupción y darle paso a una administración que saneara la cosa pública, para lo cual contó con los servicios incuestionables del doctor Martín Sosa. Solo así se pudo abrir paso a un gobierno que, viniendo de tan dramática situación, fundó la Universidad de Panamá, la Caja de Ahorros y firmó el Tratado Arias Roosevelt, que puso fin al protectorado que era Panamá desde 1903.
En su libro El camino recorrido, su hija, Rosario Arias de Galindo, se refiere a la amarga nota que Arias envió a sus hijos, una vez terminó su mandato. Se encontraba en Gibraltar descansando, y les decía cuan difícil había sido ese período, por lo que no se presentaría más a una reelección, tal cual lo cumplido.
La corrupción es un ilícito de raíces profundas y solo la pueden encarar los gobiernos firmes, honestos, transparentes y decididos. Alguien tiene hoy la oportunidad de demostrar si en Panamá hay administraciones de ese nivel.

