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Viene el mesías

Los panameños seguimos aferrados a que alguien haga tal o cual cosa. Es decir, seguimos esperando a un mesías político que “resuelva la cosa”. Muchas veces, cuando se les pregunta qué es exactamente “la cosa”, se molestan y responden: “tú sabes… la cosa”. ¿Les ha pasado, verdad?

Infortunadamente para muchos, ese alguien se levanta junto con ellos todos los días. Solo pueden verlo —aunque no quieran reconocerlo— cuando están frente al espejo.

Todos hemos escuchado alguna vez el enaltecimiento de “líderes” que llegan con cantos de sirena y, una vez que se apropian del poder, se convierten en los mismos gobernantes totalitarios que tanto criticaron. Me causa gracia cuando alaban el “milagro” salvadoreño y, al describirlo, uno les señala que —por coincidencia— parecen estar hablando del régimen de Manuel Antonio Noriega. Entonces se disgustan.

En los últimos tiempos —y no solo en Panamá— hemos inventado una nueva forma de discutir: la descalificación. Quienes la practican creen que les funciona. A veces ni siquiera terminan de escuchar lo que la otra parte plantea. La respuesta, casi siempre sin fundamento, es descalificar al interlocutor por ser de izquierda, de derecha, político, sin experiencia, o incluso por su color de piel o su origen.

A mí me enseñaron que, para objetar un punto de vista, primero hay que escuchar a quien lo sostiene, y luego responder. Siempre con respeto, sin interrumpir, y aunque la opinión del otro carezca de fundamento sólido. Todos tenemos derecho a hablar, a exponer nuestras ideas y sustentarlas; pero también tenemos la obligación de escuchar a quien nos habla con respeto.

Hoy hemos llegado al punto en que lo que se dice en redes sociales tiene más peso que la opinión de científicos, politólogos, médicos, ingenieros o cualquier otro profesional con años de formación. Así, hay “vacunólogos” que desacreditan a médicos expertos, y “opinólogos” que rebaten a quienes se han preparado para entender la política y analizar el mundo.

Los latinoamericanos, desde la época colonial, hemos buscado a un líder que nos resuelva la vida. Durante las guerras de independencia, al menos, hubo hombres y mujeres que lucharon junto a los libertadores para que hoy disfrutemos de alguna forma de libertad.

Pero en nuestra obstinación, seguimos esperando a un líder con varita mágica que resuelva los problemas que nosotros mismos no quisimos enfrentar. Nos equivocamos una y otra vez, siguiendo a quienes nos dicen lo que queremos escuchar. Y así terminamos eligiendo a incapaces con gran talento para enredarlo todo. Curiosamente, son los únicos que dicen tener la solución para todo... pero nunca pueden hacer nada. De esos tenemos bastantes en el continente.

Tampoco es justificable, bajo ninguna circunstancia, lo que estamos viendo en Panamá, donde algunas manifestaciones terminan siendo ataques contra la justicia, la ley y el orden. Por más razón que tengan quienes protestan, su legitimidad se diluye cuando violan los derechos de los demás. La gente olvida a los ladrones que escaparon del país y solo piensa en lo que personalmente le molesta o afecta.

Nos hemos convertido en países de extremos, y eso es muy peligroso. Hace tiempo venimos advirtiendo —en artículos anteriores— sobre la olla de presión en la que vivimos, que amenaza con una explosión social. Y es en esas crisis donde emergen líderes como Castro, Chávez, Ortega, Uribe, Da Silva, Kirchner, Bukele y otros más, que llegan al poder con apoyo popular incondicional y luego leen el mismo libreto: cambian la Constitución, reemplazan a los magistrados de los altos tribunales, limitan derechos, y así comienzan las dictaduras civiles, tan difíciles de erradicar.

No esperemos al mesías. Convirtámonos en uno.

El autor es dirigente cívico y analista político.


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