Al mejor estilo del ministro de propaganda nazi, Joseph Goebbels, con su lema: “Una mentira repetida mil veces se convierte en verdad”, la “información” difundida en plataformas digitales como Facebook, Instagram y X (anteriormente Twitter) a través de un “post”, puede rápidamente distorsionar la verdad en la opinión pública. Este fenómeno, facilitado por la accesibilidad de las redes sociales, podría traducirse en algún tipo de violencia cibernética, ya que estudios en la materia han identificado al menos diez tipos de violencia en línea.
Esto nos demuestra que la ciberviolencia es un concepto en constante evolución, que ha cambiado desde los inicios de internet y seguramente seguirá transformándose a medida que las plataformas digitales y las herramientas tecnológicas sigan avanzando e interrelacionándose más con nuestra vida cotidiana. No debemos caer en el error de pensar que la violencia en línea es un fenómeno aislado de la violencia en el mundo real, ya que ambas forman parte de manifestaciones continuas e interconectadas.
Aunque el enfoque tiende a centrarse exclusivamente en el ciberacoso, la violencia en internet adopta muchas otras formas. Por ello, recientemente, la Asamblea Nacional invitó a la activista y congresista mexicana Olimpia Coral Melo Cruz, quien dictó una conferencia sobre la importancia de implementar la “Ley Olimpia” en Panamá. Esta ley no es una norma única, sino un conjunto de reformas legislativas encaminadas a reconocer la violencia digital y sancionar los delitos que violen la intimidad sexual de las personas a través de medios digitales, también conocida como ciberviolencia.
Durante su conferencia, Olimpia destacó que la ley es integral y no se limita a menores de edad que han sido víctimas de pornografía infantil, sino que también aplica para personas adultas. Actualmente, existe una laguna legal para castigar la producción y difusión no consensuada de material íntimo a través de cualquier medio, incluidas las redes sociales. Con la llegada de la inteligencia artificial (IA), cualquier persona, sin importar su género, puede ser vulnerable a la violencia sexual digital. Los explotadores sexuales utilizan estas herramientas para subir videos no consensuados a internet.
Cada día, las redes sociales juegan con las emociones de los usuarios. Los comentarios y publicaciones son el epicentro de las pasiones de los cibernautas, quienes transforman sus impulsos en palabras que, muchas veces, alimentan conductas y respuestas que impactan negativamente la interacción social. Los algoritmos parecen favorecer la polémica, sin prever las consecuencias nocivas de este fenómeno. El diseño de las redes prioriza el ruido y el odio, ya que estos generan más tráfico y datos comercializables. La velocidad a la que se consume contenido en redes sociales es tal que rara vez analizamos los mensajes, lo que facilita que la desinformación alimente conductas de odio.
La desinformación triunfa porque está diseñada para provocar respuestas emocionales e irreflexivas, generando enfado. Esto lleva a los usuarios a compartir, comentar y dar “like”, embargados por tales emociones. Por ello, es crucial analizar el contenido con el que interactuamos, discerniendo si es veraz o falso, positivo o negativo, para evitar caer en manipulaciones discursivas.
Esperemos que la nueva Asamblea Nacional considere actualizar las normas de protección contra la violencia cibernética, ya que, actualmente, la legislación en esta materia es insuficiente. ¡Amanecerá y veremos!
El autor es abogado y docente universitario.