La violencia vicaria constituye una de las expresiones más preocupantes de la violencia familiar, ya que traslada el conflicto entre adultos hacia los hijos u otras personas cercanas. En estas situaciones, quien agrede no pretende únicamente enfrentarse de manera directa a su pareja o expareja, sino provocarle el mayor dolor posible mediante el perjuicio físico, emocional o psicológico a quienes ama. No se trata de hechos fortuitos ni impulsivos, sino de conductas dirigidas con la intención deliberada de causar daño, que impactan a todo el sistema familiar.
Este fenómeno suele hacerse visible en separaciones especialmente tensas, cuando uno de los progenitores recurre a los hijos como forma de presión contra el otro. Puede ocurrir, por ejemplo, que un padre envíe mensajes hostiles a través de los menores, amenace con incumplir los acuerdos de visita o descuide intencionalmente sus necesidades para generar angustia en la madre. Del mismo modo, puede suceder que una madre interfiera de manera constante en el vínculo entre los hijos y el padre, limite el contacto sin razones justificadas, desacredite su figura ante los niños o promueva sentimientos de rechazo hacia él. En cualquiera de estos escenarios, el patrón es similar: se provoca el sufrimiento del adulto por medio de los hijos.
Desde el punto de vista psicológico, la violencia vicaria suele darse en relaciones marcadas por el control excesivo, los celos y la dificultad para aceptar que la relación terminó. En contextos de disputas por custodia, algunas personas pueden actuar movidas por una motivación retaliativa, es decir, por el deseo de vengarse o castigar al otro. Bajo esta dinámica, los hijos dejan de ser considerados como individuos con necesidades propias y pasan a ser utilizados como herramientas dentro del conflicto, lo que supone una grave distorsión del rol parental.
Las señales de alerta no siempre aparecen de forma repentina. A menudo se manifiestan mediante amenazas, actitudes de apropiación sobre los hijos, manipulación emocional, intentos de deteriorar la imagen del otro progenitor o descuidos deliberados en su atención. En ocasiones, estas conductas vienen acompañadas de un discurso en el que la persona se presenta como víctima y utiliza esa posición para justificar el daño.
Las consecuencias para los niños pueden ser profundas y persistentes. Vivir en medio de estas dinámicas puede generar ansiedad, temor constante, sentimientos de culpa, confusión en los vínculos afectivos y conflictos de lealtad entre los padres. Con el paso del tiempo, estas experiencias pueden repercutir en su autoestima, en la forma de relacionarse con otros y en su desarrollo emocional. Incluso sin violencia física directa, colocar a los menores en medio del conflicto entre los padres constituye una forma de maltrato psicológico con efectos significativos.
Por ello, la violencia vicaria no debe entenderse como un asunto íntimo de pareja, sino como una problemática de protección infantil y salud mental que requiere una respuesta coordinada. La valoración del riesgo en procesos de separación conflictiva, el apoyo psicológico a las familias y la capacitación de quienes intervienen en el ámbito judicial y social son acciones fundamentales para su prevención.
Asimismo, resulta necesario cuestionar aquellas creencias culturales que conciben a los hijos como propiedad de los padres o como herramientas en disputas de pareja. Reconocerlos como sujetos de derechos implica situar su bienestar por encima de cualquier conflicto adulto. Fomentar la educación emocional, promover relaciones basadas en el respeto y actuar tempranamente ante señales de control o violencia son medidas clave para reducir este tipo de situaciones.
La autora es psicóloga y periodista.

