El juego de la soberanía que ha puesto en marcha el Trumpetista de Nueva York tiene una nueva regla: si te quitan la visa o la Green Card, entonces eres un héroe patrio. Ya han salido los dolidos líderes políticos a colgarse la medalla de que a ellos les retiraron la visa para entrar al Norte, y eso los convierte automáticamente en víctimas del trumpismo más rampante. Pero mentira. Que se escuchen otra vez Visa para un sueño, y sabrán que lo suyo no es más que un sarpullido sobre la realidad de América Latina.
El medallismo tricolor se convierte, según ellos, en prueba de que están en lo cierto, y buscan compensar su nulo peso político con esta decisión soberana que cada día sufren miles de personas. Poder o no entrar a Estados Unidos no te da estatus alguno, y si estos políticos lo buscan, es ridículo. Califica de mediocres a quienes pretenden heroísmo por una circunstancia de lo más habitual, retratando perfectamente la clase política que sufrimos en Panamá.
La política panameña, tan crispada y desnortada, necesita una visión más elaborada. Elevar lo personal a lo público y darle (pretenden ellos) rango de ofensa nacional a un visado es de una mediocridad casposa que no hace más que sumirnos en un bochorno internacional —más grande que el del inquilino de Las Garzas—, sordo y rofión, arrogante y autoritario, y que nadie sale a explicar a nivel internacional porque nadie quiere salir movido en la foto; nadie quiere perder su capacidad de viajar al Norte.
Que les aproveche su país. Que “el buen vecino” sea próspero. ¿No tenemos suficiente con nuestro Panamá, tan bello y tantas cosas que decimos? Conténtense con nuestra tierra y dejen la lloradera bobalicona por visados y tarjetas verdes. Tengamos un poco de pudor y coherencia, tengamos visión de Estado: nuestro problema es mucho más grande que el de un par de políticos sin posibilidad de visitar al Tío Sam.
El autor es escritor.
