Hubo una época —y en muchos casos aún ocurre— en que las vacaciones escolares marcaban una práctica familiar bien definida. Desde mediados de diciembre hasta marzo, muchos niños dejaban la ciudad para pasar semanas lejos del ritmo cotidiano, viviendo días distintos, con otras reglas y otros aprendizajes.
Esta costumbre respondía a una realidad concreta. Mientras los padres trabajaban largas jornadas y salían de casa desde horas de la madrugada, no existían guarderías ni espacios donde los hijos pudieran permanecer o pernoctar durante el día bajo el cuidado de un adulto. Ante esa situación, las familias recurrían a sus propias redes, evitando que los niños quedaran solos durante muchas horas.
Ese apoyo casi siempre estaba en el interior del país, especialmente en áreas rurales donde la tranquilidad no era un concepto, sino una forma de vivir. Allí todo se percibía distinto: el ritmo avanzaba sin apuro, la convivencia era cercana y el día a día se compartía entre muchos.
Con el paso de los años, esa práctica se fue convirtiendo en costumbre. Más que una solución temporal, representaba una oportunidad valiosa: el orgullo silencioso de tener raíces en el interior y la posibilidad de vivir una experiencia que no todos podían tener. Para muchos, ese vínculo marcó una diferencia y dejó una huella que se conservó con el tiempo. Ir al interior ya era, en sí mismo, parte del verano. Desde el momento en que uno se iba, comenzaba la experiencia. Se dejaba atrás la rutina conocida y se entraba en otra forma de vivir, donde las prisas perdían sentido y la cercanía humana ocupaba el centro.
Las casas que recibían a los visitantes sabían acomodarse. No importaba si eran grandes o pequeñas; siempre encontraban la manera. Con la llegada de más gente, los espacios se organizaban, la rutina se ajustaba y la convivencia se hacía colectiva. También la cocina se adaptaba: cuando llegaban más personas, el caldero se cambiaba por uno más grande. En pocas palabras, la olla se agrandaba, porque siempre había forma de compartir.
En esas vacaciones se aprendía, sin explicaciones formales, lo que realmente era la vida en el campo. Se iba al río y a la playa, se pasaban horas en el agua y se caminaba descalzo sin apuro. Se madrugaba y, al salir de la casa, se agarraban la soga, el cubo y la banqueta para acompañar el ordeño; al caer la tarde, se cumplía con el encierro de los terneros. No eran tareas impuestas ni extraordinarias; formaban parte del día a día y se asumían con naturalidad. Así se entendía el valor del trabajo, el respeto por los animales y la importancia de cumplir antes de jugar.
El día se iba llenando solo. Desde temprano empezaba el ir y venir y el tiempo parecía rendir más. Se jugaba donde fuera y con lo que hubiera. Corrían, saltaban y brincaban, y en cada acto había una emoción desbordada. También existían momentos de responsabilidad en los que no cabía el juego. Las tareas se cumplían primero, sin discusión ni apuros. Para todo había su momento.
El clima también marcaba el ritmo. El sol era inclemente y la brisa corría libre. Bajo los árboles, las hamacas se convertían en refugio para el descanso, la conversación o la siesta inevitable. Allí se aprendía a dejar pasar el tiempo sin prisa y a entender el verdadero ritmo del interior.
Con el avance de la tarde, el cansancio comenzaba a sentirse. El movimiento bajaba poco a poco, se limpiaban los pies, se acomodaba la ropa y se preparaba todo para cerrar el día. Nadie tenía que avisarlo; el cuerpo y el ambiente lo anunciaban solos.
La noche traía otra forma de reunirse. En muchos casos, el punto de encuentro era la plaza o la tienda del lugar, donde había un televisor que funcionaba con batería, dos canales que se podían ver en blanco y negro y una refrigeradora que operaba con kerosén, en sitios donde aún no existía servicio eléctrico. Allí se reunían familias y vecinos para compartir, ver lo que alcanzara la señal y conversar con calma.
Los relatos ocupaban un lugar especial. Los adultos tomaban la palabra y las historias iban apareciendo, unas graciosas, otras cargadas de misterio y fantasía. No faltaban las preguntas de los más pequeños, sorprendidos ante narraciones completamente desconocidas para ellos. A ratos se reía y, en otros momentos, el silencio se imponía. El miedo también formaba parte de la experiencia: los ojos se abrían más de la cuenta, el corazón se aceleraba y nadie quería regresar solo.
En las casas se usaban guarichas para alumbrar los espacios comunes, mientras que las linternas eran de uso personal. Cada quien llevaba la suya, casi siempre en el bolsillo.
Al caer la noche, después de que la puerta se cerraba, todo era cama. Los espacios se organizaban con orden. Se usaban catres o camas de lona, conocidas en muchos lugares como caballo moro, y también hamacas que se colgaban donde hiciera falta. Eran pocas las camas con colchón, por lo general compradas a comerciantes españoles que recorrían las comunidades casa por casa y que se destinaban exclusivamente a la pareja del hogar ya formado. Ese juego incluía la cama, un estante y una cómoda con espejo, donde se colocaban los artículos personales. Las gavetas y las puertas solían tener llave. El resto se acomodaba con catres y hamacas, cada quien con su espacio.
En esos días, los niños acompañaban a las mujeres a lavar. Pasaban el día en la quebrada, se bañaban una y otra vez y regresaban a casa con la piel ceniza por el sol y el cuerpo cansado de tanta agua.
El agua se cargaba desde el pozo y se tomaba de la tinaja; la ropa se lavaba en la quebrada y, cuando las mujeres iban a lavar, fuera de la casa se improvisaban fogones con tres piedras para preparar allí mismo la comida del día. La cocina se hacía al fuego de leña, en fogones permanentes dentro del hogar o en esos fogones improvisados al aire libre, como parte natural de la jornada compartida.
La alimentación estaba ligada a lo que se producía en la agricultura y la ganadería. Después del ordeño, una parte de la leche se llevaba en un cubo hasta la casa, destinada para el uso diario del hogar; el resto se entregaba a la empresa encargada de su compra y, cuando no pasaban a recogerla, se elaboraba queso, parte para vender y parte para el consumo familiar.
El arroz y el maíz eran base de la alimentación. Ambos se pilaban en casa: el arroz para el uso diario y el maíz seco para algunas preparaciones, sobre todo para el desayuno. Al iniciar las vacaciones, el maíz nuevo ya iba pasando y eran pocos los días en que se lograba aprovechar. Aun así, se preparaban buñuelos, mazamorras o atris, como se les llamaba en algunos lugares, cocidos con miel y nance, que en ocasiones se comían con leche de coco y/o queso fresco.
Con el paso del tiempo, muchas de estas realidades fueron cambiando. Llegaron la electrificación, el agua, los caminos y otros servicios básicos. La vida en el campo se transformó, aunque no del todo.
Al terminar las vacaciones, se regresaba a la casa antes de que iniciara el calendario escolar. Tocaba comprar uniformes, útiles escolares y prepararse para retomar la rutina. Pero nadie volvía igual.
Fueron épocas verdaderamente vividas, con aprendizajes que nos acompañaron para toda la vida. Muchas de esas experiencias ya no son comunes y pertenecen a un tiempo que ha ido cambiando, pero no se han perdido. Permanecen en la memoria de quienes las vivieron y siguen influyendo, de manera silenciosa, en su forma de mirar la vida, estén donde estén y se dediquen a lo que se dediquen. Recordarlas y compartirlas es una forma de mantenerlas vivas y de reconocer que, en medio de la sencillez, se forjaron valores y enseñanzas que aún caminan con nosotros.
La autora es educadora.
