Un día me puse a pensar en algo que, como profesora de lógica, quizá debería haberme preguntado antes: ¿cuál es la lógica panameña?
No hablo de Aristóteles, silogismos ni tablas de verdad. Hablo de esa lógica cotidiana que utilizamos para justificar errores, explicar decisiones y, sobre todo, salirnos con la nuestra.
En Panamá convive una vieja costumbre que conocemos bien: la malicia criolla, el juega vivo, la habilidad para encontrar la palanca, el contacto, el favor o el atajo.
No todos la celebramos. A muchos, de hecho, nos avergüenza. Preferiríamos no tener que reconocerla como parte de nuestra realidad. Pero tampoco podemos negar que, para algunos, esa viveza se ha convertido en una especie de virtud: conseguir una ventaja, aunque esa ventaja implique que otro pierda.
Y ahí aparece una pregunta incómoda:
Si somos tan vivos, ¿por qué tantas cosas nos salen tan mal?
Tal vez porque hemos confundido la viveza con la inteligencia.
La viveza pregunta: «¿Cómo me beneficio yo?»
La inteligencia pregunta: «¿Qué consecuencias tiene esto?»
Una ayuda a sobrevivir.
La otra, además, ayuda a construir.
El problema comienza cuando convertimos las excusas en argumentos.
Por ejemplo:
«Todo el mundo lo hace».
¿Y?
Que muchas personas hagan algo no lo convierte en correcto. Si cien personas se pasan una luz roja, la luz no cambia de color por mayoría.
Después aparece otra joya:
«Siempre se ha hecho así».
Una frase capaz de convertir la ineficiencia en tradición.
Que algo sea antiguo no significa que sea bueno. A veces solo significa que nadie se ha detenido a cuestionarlo.
Y cuando alguien pregunta por qué, aparece el comodín:
«No compliques las cosas».
A veces esa frase significa, simplemente: «No hagas preguntas que obliguen a explicar lo que nadie quiere explicar».
Preguntar no siempre complica.
A veces, preguntar ordena.
También deberíamos revisar otra frase que suena muy contundente:
«Si no eres parte de la solución, eres parte del problema».
Suena bien. Casi parece una sentencia filosófica.
Pero plantea una falsa dicotomía.
La realidad no viene con dos casillas.
Una persona puede observar, investigar, acompañar, poner un límite o decidir que algo no le corresponde. Incluso puede cuestionar una determinada «solución» porque considera que terminará provocando otro problema.
No todo «no» es rebeldía. A veces es responsabilidad.
Esto también ocurre en las instituciones.
En educación, por ejemplo, un docente puede estar profundamente comprometido con sus estudiantes y con su profesión y, al mismo tiempo, preguntar:
«¿Esto me corresponde?»
Eso no necesariamente es falta de compromiso.
A veces es criterio.
Porque la obediencia no sustituye al pensamiento.
También tenemos el famoso:
«Yo soy así».
Lo utilizamos para justificar la impuntualidad, la grosería, la falta de disculpas, la incapacidad de escuchar o cualquier conducta que no queremos corregir.
La personalidad puede explicar algunas conductas.
No las absuelve todas.
Y cuando llega el momento de asumir responsabilidades, estas parecen tener patas.
Si salió bien: «Lo hice yo».
Si salió regular: «Lo hicimos entre todos».
Si salió mal: «Eso no dependía de mí».
Y si fue un desastre:
«Nadie podía preverlo».
La responsabilidad, cuando pesa demasiado, encuentra rápidamente otro escritorio donde sentarse.
También tenemos la costumbre de convertir las anécdotas en estadísticas.
«A mí me pasó».
«Yo conozco a alguien».
Una experiencia personal demuestra que algo ocurrió.
No demuestra que ocurra siempre.
Pero cuando faltan argumentos, aparece un recurso todavía más viejo:
«¿Y tú quién eres para decir eso?»
Ahí ya no estamos discutiendo la idea. Estamos atacando a quien la expresa.
En lógica existe un nombre para esa maniobra: ad hominem.
En lenguaje cotidiano podríamos llamarlo simplemente cambiar de tema sin admitir que no tenemos respuesta.
Y existe una versión todavía más curiosa:
«Si escribes y opinas, tienes que aguantar lo que venga».
Según esa lógica, publicar una opinión incluye una cláusula invisible que autoriza al público a insultar.
Pero si quien escribe responde para aclarar, argumentar o poner un límite, entonces resulta que «se está quejando».
No.
Eso es confundir libertad con impunidad.
Una cosa es discrepar.
Otra, agredir.
Tener derecho a opinar no significa tener derecho a humillar. Y recibir un insulto tampoco nos obliga a devolverlo.
Que alguien baje el nivel de la conversación no significa que nosotros tengamos que bajar con él.
Quizá ahí también se encuentre una definición más interesante de cultura.
La cultura no consiste únicamente en viajar, hablar idiomas, acumular títulos o tener una biblioteca llena de libros.
También debería notarse en la manera de pensar.
En saber decir «no sé».
En investigar antes de repetir.
En reconocer un error.
En cambiar de opinión cuando aparecen mejores argumentos.
Y, sobre todo, en respetar incluso cuando nadie está mirando.
El conocimiento informa.El criterio orienta.La integridad decide.
Y entonces llegamos al juega vivo.
Nos quejamos de la corrupción, pero justificamos la pequeña trampa.
Criticamos al que se salta la fila, pero buscamos quién nos haga «el favor».
Condenamos al que consigue algo mediante una palanca, siempre que la palanca no sea la nuestra.
Y entonces aparece la frase que todo lo acomoda:
«Tampoco es para tanto».
Ese «tampoco es para tanto» debería tener una estatua.
Porque muchos problemas grandes comienzan precisamente así: con pequeñas excepciones que dejamos pasar.
Primero es una pequeña trampa.
Después, un favor.
Luego, una excepción.
Después, otra.
Y cuando queremos darnos cuenta, aquello que alguna vez nos parecía incorrecto ya nos parece normal.
Así funciona la normalización.
No siempre llega haciendo ruido.
A veces llega disfrazada de costumbre.
Quizá Panamá no necesite menos viveza.
Quizá necesite más criterio.
Porque la viveza sabe encontrar el atajo.
La inteligencia se pregunta por qué necesitamos tantos atajos.
La viveza consigue ventaja.
La inteligencia entiende las consecuencias.
La viveza sabe cómo salirse con la suya.
La inteligencia sabe cuándo no vale la pena hacerlo.
Y quizá esa sea la verdadera pregunta que deberíamos hacernos:
¿Queremos seguir siendo un país experto en encontrar la manera de burlar las reglas o queremos convertirnos en una sociedad capaz de preguntarse por qué las reglas existen y cómo podemos hacerlas funcionar mejor?
Porque ser vivo puede ayudarnos a salir de un problema.
Ser inteligente debería ayudarnos a dejar de fabricarlos.
La autora es profesora de filosofía.

