28 AÑOS DE LA INVASIÓN A PANAMÁ

Esas voces que nos hablan del pasado

La invisibilización de los horrores de la invasión estadounidense a Panamá del 20 de diciembre de 1989 se inició desde el primer momento de la intervención armada. Fue un acto asumido tanto por el Gobierno de Estados Unidos como por sus aliados internos, quienes pasivamente permitieron la sustracción de más de 20 mil cajas con millones de documentos de oficinas públicas panameñas: cuarteles, ministerios, hospitales, etc., además de la destrucción sin registro aparente de cadáveres de civiles y militares en distintos puntos del país.

Esa es la razón por la cual ni siquiera se conoce el número real de muertos, desaparecidos y heridos de la invasión. No existen cifras oficiales y los datos existentes son contradictorios y dispersos.

El Ejército de Estados Unidos dio a conocer la cifra de 517 muertos (202 civiles y 314 militares); mientras la Iglesia católica estimó las víctimas fatales en 665 (341 civiles y 314 militares) y 2 mil 7 heridos (mil 973 civiles y 124 militares). El Instituto de Medicina Legal contabilizó 225 fallecidos y 93 desaparecidos (de estos últimos 54 civiles y 39 militares). El Comité Panameño de Derechos Humanos estimó en 556 muertes y 93 desaparecidos. En tanto, la Asociación de Familiares de los Caídos el 20 de Diciembre acepta la cifra de 4 mil muertos entre militares y civiles. La Comisión para la Defensa de los Derechos Humanos en Centroamérica calculó entre 3 mil y 4 mil las víctimas fatales y la Comisión de Investigación Independiente de Estados Unidos, dirigida por el ex fiscal general Ramsey Clark, calculó entre 1,000 y 4 mil muertos y un aproximado de 20 mil heridos.

Tras 28 años de este suceso de la historia reciente panameña y latinoamericana, ningún gobierno ha emprendido con seriedad la búsqueda de la verdad. Contrario a esto han impulsado políticas oficiales de olvido, mediante el no reconocimiento de las víctimas y, por lo tanto, la ausencia de políticas de recuerdo, resarcimiento y atención a los afectados por el bombardeo y la violencia de la ocupación militar. Al contrario, el ocultamiento oficial no se limitó al número de sus muertos, desaparecidos y heridos, sino que ha ido más allá, mediante acciones de encubrimiento y omisiones sobre los lisiados y casos extremos de traumas producto de la guerra. Se suma a lo anterior la casi nula atención a los más de 20 mil damnificados, principalmente los de El Chorrillo.

Frente a memorias de dolor, trauma y ocultamiento de la verdad, sinónimo de la historia reciente de diversos países de la región, Elizabeth Jelín afirma que:

La memoria-olvido, la conmemoración y el recuerdo se tornan cruciales cuando se vinculan a experiencias traumáticas colectivas de represión y aniquilación, cuando se trata de profundas catástrofes sociales y situaciones de sufrimiento colectivo. Son estas memorias y olvidos los que cobran una significación especial en términos de los dilemas de la pertenencia a la comunidad política. Las exclusiones, los silencios y las inclusiones a las que se refieren hacen a la reconstrucción de comunidades que fueron fuertemente fracturadas y fragmentadas en las dictaduras y los terrorismos de Estado de la región.

Las palabras de Jelín nos han llevado a profundizar en nuestros estudios históricos y exponer la existencia de distintas memorias colectivas originadas de la invasión a Panamá de 1989. Memorias que han surgido y combaten por ser hegemónicas dentro de la sociedad panameña. Así tenemos la memoria de la liberación o salvación; la memoria del olvido; la memoria de reivindicación de las víctimas y los derechos humanos y la memoria de añoranza del régimen militar.

Estas memorias, en algunos casos sin un corpus teórico que las sustente, son portadoras de potentes representaciones sociales, como el escudo de las antiguas Fuerzas de Defensa de Panamá y la imagen del general Noriega. También hay que mencionar la añoranza de mantener un mayor control de la delincuencia por parte de los militares panameños.

La memoria del olvido se evidencia en la ausencia del reconocimiento oficial de las víctimas y, sobre todo, en la ausencia de conmemoraciones. Una cancha de fútbol y un parque infantil fueron plantados en los terrenos que ocupaba el cuartel central de las Fuerzas de Defensa de Panamá, sitio donde perdieron la vida cientos o miles de compatriotas ese 20 de diciembre de 1989 en El Chorrillo.

Conocer esta memoria, sus batallas y representaciones es de vital importancia para comprender los procesos de dominación y resistencia desarrollados en nuestro Panamá posinvasión, ello nos permitirá establecer las políticas públicas que permitan hacer justicia mediante acciones como incorporar estos conocimientos en la currícula escolar y universitaria, y así fortalecer nuestra identidad y el respeto a los derechos humanos.

El autor es historiador.


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