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Volver siempre: el alma de la mujer chiricana

Volver siempre: el alma de la mujer chiricana
Persona de pie en una colina cubierta de hierba verde bajo las nubes blancas y el cielo azul durante el día, en Boquete, Panamá. Foto: Cristhian Carreño/Unsplash.

Crecer en Chiriquí es aprender, desde muy temprano, que la vida tiene un ritmo propio: el de la tierra, el del agua, el del trabajo honesto. Es despertarse con el olor a campo húmedo, con ese perfume inconfundible de la tierra recién mojada que parece meterse en el alma y quedarse allí para siempre. Es saber que, aunque la vida te lleve lejos, siempre habrá algo que te llama de vuelta: el olor a tierra mojada, el sonido del río o, simplemente, la certeza de que allí empezó todo.

En Chiriquí, la tierra no es solo paisaje: es identidad. Es ver a la gente levantarse antes del amanecer, con manos firmes y mirada decidida, para sembrar, cuidar, cosechar. Es entender que el esfuerzo no es un sacrificio, sino una forma de amar lo que se tiene. Crecer allí es aprender a respetar el trabajo, a valorar lo sencillo y a saber que de la tierra viene todo.

Y están los ríos… el Chiriquí, el Caldera, el Risacua. No son solo corrientes de agua, son memoria viva. El sonido constante del río se convierte en música de fondo de la infancia, en un llamado que siempre permanece. Hay una creencia que se dice casi en susurro, pero con absoluta certeza: quien se baña en sus aguas queda “condenado” a regresar a Chiriquí. Y no es una condena triste, es un lazo invisible, una promesa que el corazón hace sin darse cuenta.

Porque Chiriquí no solo se vive, se queda dentro.

También es un lugar donde la familia no se limita a la sangre. Los amigos de los padres se convierten, sin discusión alguna, en “tíos”. Y así, de repente, uno crece rodeado de una red amplia, cálida y protectora, donde siempre hay alguien que cuida, que aconseja, que corrige, que abraza. Es una comunidad que forma carácter y enseña pertenencia.

En mi caso, crecer en Chiriquí significó, además, estar rodeada de mujeres extraordinarias. Un ejército de “tías”, todas distintas, pero unidas por una misma esencia: fuerza, dignidad y trabajo. Mujeres que no esperaban permiso para salir adelante, que enfrentaban la vida con coraje, que levantaban familias, negocios y sueños con la misma determinación con la que se trabaja la tierra.

Las mujeres chiricanas son, en sí mismas, un reflejo de su territorio. Son diversas como su geografía: tan firmes como las montañas, tan abiertas y generosas como las sabanas llenas de ganado bravo, tan dulces y constantes como los campos de café, de fresas y de legumbres que alimentan al país. También llevan dentro la fuerza del mar y la calma de la playa, porque en su esencia conviven la intensidad y la serenidad.

Su amor y su sabiduría son la verdadera riqueza de Chiriquí. Son ellas quienes nutren lo más valioso de la provincia: su gente. En cada consejo, en cada gesto de cuidado, en cada acto de entrega, siembran valores que trascienden generaciones. No solo forman hogares; forman ciudadanos, construyen comunidad y sostienen el futuro.

Por eso, hablar de Chiriquí es, inevitablemente, hablar de sus mujeres, sin duda alguna.

Y en ese universo de mujeres valientes, hay una a quien reconozco de manera especial: mi mamá, María Rosela Horna de Nasta. Como muchas chiricanas, su vida ha sido testimonio de servicio, liderazgo y compromiso con los demás. Su trabajo no solo ha impactado a su entorno cercano, sino también al país, como cuando asumió la responsabilidad de ser presidenta nacional de las Aldeas SOS, aportando con su gestión al bienestar y desarrollo de la niñez.

Ella encarna todo lo que significa ser mujer chiricana: fortaleza, sensibilidad, visión y entrega. Es parte de ese motor silencioso que impulsa a Chiriquí y, desde allí, contribuye al futuro de Panamá.

Y por más lejos que uno llegue, siempre habrá una parte de uno que nunca se fue. Me quedo.

La autora es abogada.


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