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Y a su barco le llamó: Austeridad

Había una vez un primer oficial que, antes de zarpar, reunió a toda la tripulación y anunció con tono autoritario:—“Este será un viaje austero. No hay provisiones para lujos, así que pónganse las pilas y apriétense ese cinturón.”

Los marineros, aunque preocupados, aceptaron. Algunos se saltaban el desayuno o la cena, otros remendaban su ropa, y muchos pasaban las noches sin dormir para que los oficiales descansaran y el barco no se hundiera.

El primer oficial, desde el carajo, daba reprimendas y elogios a los marineros cada siete días, siempre dejando claro que “este era un viaje austero y que pusieran de su parte”.

Sucede que un día, algunos de los marineros más curiosos se colaron por la escotilla del camarote del primer oficial… y lo que vieron los dejó sin habla: el primer oficial y su segundo y tercero al mando celebraban un banquete con licores (menos seco), postres y carnes finas. En la mesa, entre risas, se repartían categorías, exenciones, aumentos de ración, tratos selectos y ascensos… siempre entre los mismos amigos de marea alta del primer oficial.

Cuando los marineros se atrevieron a reclamar, el primer oficial respondió:—“Todo esto está en el reglamento del barco, no estoy haciendo nada ilegal y, si tengo que ser un primer oficial de hierro, lo seré.”

Mientras tanto, afuera, en la inmensidad del mar, el barco navegaba en medio de una tormenta: las velas rotas, las filtraciones y la brújula desviada dejaban claro a los marineros que el diálogo y el consenso no estaban entre las intenciones del primer oficial.

Aunque los amigos de uniforme vivían cómodos, ajenos al riesgo e indiferentes a lo que pasaba en cubierta, la mayoría luchaba por mantener el barco a flote, con la incertidumbre diaria de que cada marinero rendido, cada náufrago de cubierta o tripulante resignado acercaba más a las rocas a este barco llamado Austeridad.

Moraleja: Cuando el primer oficial navega dando la espalda a los marineros rasos y a los grumetes, y se rodea solo de aplaudidores de turno, no hay tormenta que temer: el verdadero naufragio ya empezó.

Esta fábula me la contó un amigo de Villa Lucre que lleva muchos mares recorridos, se identifica como marinero amotinado y que siempre fue antagonista del capitán y del primer oficial de esa embarcación.

El autor es abogado.


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