Amenazan desde el Ejecutivo con una nueva Ley de Educación, que sustituirá a la de 1946. Dice la ministra que «la reforma no va a ser un escenario de batalla política, ya que se hará de una manera participativa, porque tiene un presidente que no va a ceder al chantaje… será un proceso de trabajo rápido y concreto, en el que se abordarán todos los aspectos del sistema educativo». Rápido, concreto, sin ceder al chantaje: así de efectivos dicen que van a ser.
¿Cuándo empiezan las clases? ¿Qué es «chantajear»: decirle a la ministra que no estamos de acuerdo con su Ley exprés? ¿Qué es «concreto»: callar y tragar con lo que se diga? ¿Qué es «rápido»: agarren su copia de la Ley, que esto ya está cocinado? Es un anuncio rofión, apresurado y que esconde, seguro, la misma mediocridad de siempre, pero con internet y con lecturas de novelitas autopublicadas, para comodidad de profesores que no leen y escritores que saben dónde está el negocio.
Quizás les eche una mano el gobernador-embajador de EUA, que está en todas las fiestas, se reúne con diputados y ministras y hasta trajo una comitiva del Senado para conversar a puerta cerrada de quién sabe qué. Pero «todo por la patria», «¡viva Panamá!», aunque se hace en verano, con la gente arrancada por vacaciones y esperando Carnavales, cuando casi siempre estamos en ese estado de poco importa con lo que de verdad es crucial.
Pero estamos representados en Davos, mientras aquí la gente va en bonche, como siempre, a celebrar un traje típico que nadie puede permitirse, que decimos que es el más bonito del mundo, como si los demás no pensaran igual del suyo. Puro simplismo cíclico, que nos llevará a las consabidas noticias de principio de año escolar: a las aulas desvencijadas y sin mantenimiento se sumará el revulú de la nueva Ley y sus contenidos. O no, es verdad: el Ejecutivo no aceptará «críticas», digo, «chantajes».
El autor es escritor.

