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Y ahora es el narcisismo

Y ahora es el narcisismo
Imagen conceptual elaborada en base a IA (OpenAi) sobre el TNP

La psicología, al igual que muchas otras ciencias, ha evolucionado enormemente a lo largo de la historia. Ideas que en algún momento fueron consideradas verdades absolutas hoy las entendemos como injustas e incluso peligrosas. Durante siglos, por ejemplo, se creyó que la “histeria femenina” era responsable de las emociones intensas de las mujeres, cuando muchas de esas experiencias probablemente estaban relacionadas con depresión, ansiedad, trauma, duelo, agotamiento o cambios hormonales.

También existieron épocas en las que se consideraba que las personas con trastornos mentales eran débiles, peligrosas o moralmente defectuosas. La homosexualidad fue clasificada como enfermedad mental; se creía que el autismo era causado por la falta de afecto materno y, durante mucho tiempo, expresar emociones o buscar ayuda psicológica era visto como una señal de fragilidad.

Con el tiempo, la psicología fue corrigiendo muchos de estos errores y uno de sus grandes avances ha sido la psicoeducación: el acceso a información psicológica para la población general. Gracias a ello, hoy más personas pueden identificar síntomas, entender sus emociones, reconocer patrones dañinos y buscar ayuda profesional sin tanta vergüenza o estigma.

La psicoeducación ha permitido diagnósticos tempranos y ha ayudado a muchas personas a sentirse comprendidas por primera vez. Ese avance es real y profundamente valioso. Pero todo avance trae también una responsabilidad. Cuando el conocimiento psicológico sale del consultorio y entra en redes sociales, podcasts, reels, frases cortas e infografías simplificadas, existe el riesgo de transformar conceptos complejos en etiquetas rápidas. Quizás uno de los ejemplos más claros de esto hoy es el narcisismo.

Actualmente, pareciera que vivimos en la era del “todos son narcisistas”. Si una persona es egoísta, es narcisista. Si alguien pone límites, es narcisista. Si alguien evita el conflicto, manipula, necesita validación, es distante emocionalmente o actúa de forma hiriente, rápidamente recibe esa temerosa etiqueta. El término se ha convertido casi en una explicación universal para cualquier dinámica relacional dolorosa.

Aunque ciertamente existen personas con rasgos narcisistas o incluso con trastorno narcisista de la personalidad, la realidad humana es muchísimo más compleja que un video de 45 segundos o una lista de “cinco señales”. A veces una persona puede parecer fría porque aprendió a sobrevivir desconectándose emocionalmente. A veces alguien puede verse egocéntrico cuando en realidad vive desde una inseguridad profunda. A veces una persona puede tener dificultades para empatizar porque nunca aprendió regulación emocional saludable. Y sí, a veces también puede existir manipulación real o dinámicas emocionalmente dañinas, pero identificar eso requiere contexto, evaluación y mucha más profundidad de la que solemos darle.

El problema no es solamente equivocarnos en un término. El problema es lo que ocurre después de la etiqueta. Una vez que alguien es llamado “narcisista”, muchas veces deja de ser visto como un ser humano complejo y pasa a convertirse en un personaje: el malo de la historia. Y cuando etiquetamos rápidamente, dejamos de observar, preguntar, entender y diferenciar entre una conducta problemática, una herida emocional, un patrón aprendido o un trastorno psicológico real.

La psicoeducación debe servir para abrir conversaciones, no para encerrar a las personas dentro de diagnósticos improvisados. Existen relaciones profundamente destructivas. Hay abuso emocional, manipulación y personas que generan muchísimo daño. Pero incluso en esos casos, utilizar términos clínicos irresponsablemente puede terminar banalizando diagnósticos serios y confundiendo más de lo que ayuda.

Algo parecido ocurrió anteriormente con otros conceptos psicológicos. Hubo momentos en que todo parecía ser “déficit de atención”, “autismo” o “trauma” y ahora, para muchas personas, pareciera que todo es “narcisismo”. El patrón se repite: aprendemos un concepto útil, lo popularizamos y luego comenzamos a verlo en todas partes.

La información psicológica es poderosa. Y precisamente por eso necesita ser utilizada con humildad y responsabilidad. Tanto quienes imparten psicoeducación como quienes la consumen tienen una responsabilidad ética. Los profesionales deben cuidar cómo simplifican conceptos complejos para volverlos accesibles sin perder precisión. Y como usuarios, necesitamos recordar que entender un término no necesariamente nos capacita para diagnosticar a quienes nos rodean.

La psicología no debería convertirse en una herramienta para etiquetar personas rápidamente, sino en una herramienta para comprender la complejidad humana con más profundidad, más criterio y más compasión.

La autora es psicóloga clínica.


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