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¿Y el tuyo?

Hace ya varios años, le comentaba a una persona que quiero mucho, de nacionalidad estadounidense, que el mundo había cambiado y que infortunadamente de los pocos que no se habían dado cuenta que el mundo seguiría cambiando eran sus compatriotas. Sinceramente, creo que ni él mismo estaba todavía convencido. No hace mucho, volví a tocar el tema con la misma persona y ya le daba más valor a mi comentario.

Cada día me convenzo más que los países son como las personas. Nacen, crecen, madura, envejecen y en algunas ocasiones, como los antiguos imperios, fallecen o son destruidos.

La mayoría de los que vivimos en América, siempre hemos visto hacia Estados Unidos de América (EU), como la gran nación que, aunque sigue siendo, infortunadamente luego de golpes económicos como los de 2007 - 2008, la pandemia y el quinquenio populista del presidente acusado y en juicio (sí ya sé que es un juicio y persecución política) el poder de la nación más poderosa de la Tierra se ha visto amenazado por nuevas y no tan nuevas competencias.

Para muchos en Panamá, esto no pareciera ser de gran importancia, quizás porque nos hemos acostumbrado a que el dólar circule en Panamá, al igual que nuestro balboa. Porque algunos seguimos viendo, en la de EU una de las mejores educaciones del mundo. Quizás porque nos acostumbramos a poder comprar casi cualquier producto “Made in USA” como si estuviéramos allá mismo.

Pero la realidad es que ya circulan más automóviles japoneses, coreanos y más recientemente chinos que los estadounidenses. En muchos almacenes la ropa y utensilios que más se venden, vienen de Oriente. Y la tecnología nos permite ver canales de televisión de todas partes del mundo en su lenguaje original. La realidad es que Panamá sigue siendo “Puente del mundo y corazón del Universo”, más que ese eslogan que nunca debimos dejar de usar como nuestra “marca país”, es una impronta que nos ha marcado desde que hace algunos millones de años emergimos del mar.

El nuestro ha sido un país que no ha parado de madurar. Muchos recordamos con nostalgia algunos favoritos simbólicos y otros los cuales no nos gustaría recordar. Hemos caminado junto por tantos años que podemos recordar la avenida Balboa sin edificios altos, de hecho, estaba la playa de Bella Vista que era muy frecuentada por los habitantes de la otrora Capital de Castilla de Oro, la muy noble y muy leal ciudad de Panamá.

La realidad que la Cinta Costera cambió el panorama de la ciudad capital y me atrevería a decir que, de todo el país, al ser la capital el principal puerto de entrada a Panamá. Nuestro “skyline” cambió y desde entonces, no ha parado de cambiar. Ahora, nuestros hermanos latinoamericanos nos comparan y se refieren a la “Miami de América Latina”, a pesar de que me atrevería a decir que Miami es parte de nuestro subcontinente.

Infortunadamente los panameños y quienes decidieron vivir en esta bella franja de tierra, también cambiamos y no necesariamente para bien. Se nos olvidaron las enseñanzas de Carreño y de nuestras maestras de primer grado. Ya ni los buenos días queremos decir al llegar a algún lugar, para solo mencionar un ejemplo.

La intolerancia, falta de respeto y la permisividad se han apoderado de la conciencia de quienes vivimos en la “tacita de oro” que, sumado a una policía ineficiente y en algunas ocasiones cómplice, como se ve en medios, que la gente solo ve los días de quincena y que son expertos maltratando el lenguaje de Cervantes.

Somos muchos panameños que vemos con preocupación el hecho que la delincuencia, local e internacional, se esté aprovechando de esta situación y hemos alertado sobre lo triste posibilidad que se sigan infiltrando no solo en la política, sino en esferas gubernamentales, lo cual podría llevarnos a un narcoestado, donde la cleptocracia prospere, donde se sigan invirtiendo los valores que deben regirnos.

Hoy vuelvo a hacer un llamado a la ciudadanía en general, para que no nos dejemos llevar por los cantos de sirena que algunos políticos que se sabe que son y promueven la corrupción, se apoderen de la Asamblea Nacional. No pensemos en el momento actual, sino pensemos en la clase de país que le queremos dejar a esos por quienes nos seguimos levantando en la mañana a laborar de manera honesta. No es justo que nos sigan robando y que nos lo restrieguen en la cara.

Hoy hago un llamado a votar, ya no con la cabeza sino con el corazón. ¿Qué clase de país queremos dejarles a nuestros hijos y nietos? A los jóvenes los exhorto a involucrarse en la política, en la promoción de valores y en el trabajo honrado. Muchos de ustedes ya tienen hijos pequeños por quienes deben velar con responsabilidad.

Me sigo negando a pensar que los malos son más. Si es verdad que hace más bulla que los buenos, pues nos quieren mantener callados y con miedo. Yo seleccionaré candidatos que puedan viajar al gigante del norte y a cualquier otro país del mundo, sin temor a ser perseguido o aprehendido.

¿Será que el tuyo también puede?

El autor es analista político y activista cívico


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