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¿Y mi derecho no cuenta?

En un país convulsionado por las luchas sociales y educativas, resuena en el ambiente un eco que surge de las voces profundas al grito de: ¡es mi derecho!

¿Pero qué es el derecho? Etimológicamente, la palabra derecho proviene del latín directum, que significa “lo que está conforme a la regla”, “lo recto”, “lo que no se desvía”. Surge, además, del participio del verbo dirigere, que significa “dirigir”, “enderezar”, “poner derecho”. Así, la raíz del concepto derecho se fundamenta en lo que es correcto o justo.

Por lo anterior, es preciso recordar que Eduardo Couture definía el derecho como la conciencia de lo justo que cada generación transmite a la siguiente. Esta visión no se limita al cumplimiento de normas jurídicas, sino que reconoce una esencia impregnada de valores éticos y morales que dan sentido a las leyes. Por su parte, Eduardo García Máynez lo define como el conjunto de normas, principios y costumbres que regulan la vida en sociedad para lograr un orden justo. Nuevamente, el supremo valor de la justicia se asocia con el cumplimiento del derecho.

Podría citar más definiciones y análisis sobre este concepto, pero me basta con lo ya estudiado para comprender que el derecho implica que cada uno debe actuar dentro de los valores sociales y morales para alcanzar una convivencia digna y sana.

¿Pero qué ocurre cuando algunos se atribuyen un derecho por encima del derecho de los demás? ¿Qué justifica que impongan su voluntad o criterio como si fuesen el único derecho válido? ¿Cómo es posible que el bloqueo del orden social o ideológico sea considerado justo?

Es aquí donde planteo mi interrogante: ¿acaso el derecho a pensar diferente no cuenta? ¿Acaso mi derecho a ejercer libremente mis derechos constitucionales no cuenta?

No se trata de lo que es bueno o malo, sino del libre ejercicio de los derechos, que nacieron como guía para la aplicación correcta de la justicia y para asegurar la justa distribución de deberes y derechos entre los ciudadanos.

El profundo respeto a los derechos propios y ajenos contribuye a que nuestro país crezca, se fortalezca y se haga inmenso, como reflejo de nuestras conciencias y de nuestras acciones.

El autor es docente y estudiante de Derecho.


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