Al hablar de las fortalezas de Panamá, casi siempre aparece la misma lista: el Canal, los puertos, la conectividad aérea y digital, el centro bancario o su posición geográfica. Son ventajas construidas durante décadas y explican buena parte del papel que el país desempeña en la región y también en el mundo.
La pregunta es si, en un mundo donde el conocimiento se ha convertido en uno de los activos más valiosos para competir, esas fortalezas seguirán siendo suficientes.
Cada vez son más los países que entienden que la infraestructura física, por sí sola, ya no garantiza competitividad. Las inversiones siguen buscando estabilidad y conectividad, pero también ecosistemas donde circulen talento, innovación e ideas capaces de traducirse en mejores decisiones.
La inteligencia artificial es un buen ejemplo. Durante meses la conversación giró alrededor de la tecnología. Hoy el debate cambió ¿Cómo cambia la forma de dirigir equipos? ¿Qué decisiones ya no pueden seguir tomándose igual? ¿Qué capacidades necesitarán las organizaciones para competir dentro de cinco o diez años?
El mismo fenómeno ocurre con la transformación del trabajo, el desarrollo del talento y la velocidad con la que evolucionan los mercados. Las respuestas rara vez provienen de una sola disciplina. Nacen del intercambio de experiencias entre quienes enfrentan desafíos similares desde industrias y países distintos.
Por eso resulta interesante observar un cambio que empieza a hacerse más visible. Las ciudades no solo compiten por atraer inversión o turismo. También buscan convertirse en escenarios donde se producen las conversaciones que terminan influyendo en las decisiones empresariales.
No es una competencia por organizar más eventos. Es una competencia por atraer conocimiento.
La diferencia parece pequeña, pero no lo es. Un encuentro puede durar un día. Una conversación relevante puede cambiar la forma en que un líder toma decisiones durante años.
Panamá reúne condiciones que pocos países de la región poseen. Su conectividad facilita que personas de distintos mercados coincidan con relativa facilidad. Su estabilidad económica le ha permitido convertirse en un punto natural de encuentro para empresas internacionales. Quizá el siguiente paso consista en aprovechar esas ventajas para fortalecer otra clase de conexión: la del conocimiento.
Eso implica mirar más allá de la infraestructura. Significa crear espacios donde empresarios, académicos, investigadores y líderes puedan contrastar experiencias, cuestionar supuestos y aprender unos de otros. En un entorno donde la incertidumbre dejó de ser coyuntural, aprender con mayor rapidez empieza a convertirse en una ventaja.
Las economías más sólidas no solo producen bienes o prestan servicios. También generan ideas, atraen talento y participan activamente en las conversaciones que ayudan a definir el futuro de sus sectores productivos.
América Latina necesita más espacios para ese diálogo. Comparte desafíos en productividad, transformación digital, formación de talento y crecimiento empresarial, pero muchas veces esas conversaciones ocurren de manera aislada. Cuando diferentes experiencias logran encontrarse, las posibilidades de aprendizaje también aumentan.
Quizá ahí exista una oportunidad para Panamá. No porque aspire a convertirse en el único referente regional, sino porque cuenta con condiciones para aportar algo que hoy vale tanto como la infraestructura física: la posibilidad de reunir personas con experiencias distintas alrededor de preguntas que importan.
Durante décadas el país demostró que podía conectar océanos, mercados y personas. En una economía donde el conocimiento gana cada vez más peso, tal vez haya llegado el momento de preguntarnos si también podemos convertirnos en el lugar donde América Latina venga a pensar cómo competir en el futuro.
El autor es CEO Greatness Center.

