En un contexto marcado por una pandemia, una crisis económica, una guerra de impacto global y el cambio climático, ¿dónde debe enfocar Panamá sus esfuerzos de recuperación? ¿Qué inversión traerá el mejor retorno para el pueblo de Panamá y para el país? ¿Qué prioridades ofrecerán un mejor futuro a todos los panameños y un desarrollo sustentable e incluyente para la nación?
Algunos dirían que depende de tu punto de vista: moral o financiero. Pienso que hacer lo moralmente correcto tiene los mismos resultados que hacer lo financieramente eficiente.
La mejor inversión que Panamá puede hacer es en sus niños, niñas y adolescentes, especialmente los más vulnerables. Invertir en la niñez es lo correcto desde un punto de vista moral, porque los niños dependen de los adultos, para recibir buena educación, acceder a servicios de salud de calidad, estar protegidos de la violencia y la pobreza, y disfrutar de oportunidades para desarrollar todo su potencial.
Con la Convención sobre los Derechos del Niño, ratificada por prácticamente todos los países del mundo, existe un reconocimiento universal de que todos los niños y las niñas tienen estos derechos, es un deber moral y una obligación legal.
La evidencia mundial también muestra que el gasto público en la infancia es una inversión inteligente para la niñez, sus comunidades y países enteros. Las personas que tienen más educación son más sanas, tienen más probabilidades de obtener buenos trabajos y pagar impuestos más altos, menos probabilidades de participar en conductas de riesgo y más comprometidas cívica y socialmente. Cuando los gobiernos invierten en la niñez, los resultados de salud mejoran, los ingresos aumentan, las economías crecen y las sociedades se vuelven más cohesionadas.
A pesar de estos beneficios, el gasto público en salud y educación se ha estancado en muchas partes del mundo y puede ser insuficiente para satisfacer las necesidades de los niños. Ya la aprobación de la Ley de Protección de la Primera Infancia y el Desarrollo Infantil Temprano (Ley 171 de 15 de octubre de 2020) es una muestra del compromiso del Estado con la niñez, que ha sido reforzado por la Ley 285 de 15 de febrero de 2022, que crea el sistema de garantías y protección integral de la niñez y la adolescencia.
Invertir en los niños es invertir en “capital humano”. Las investigaciones muestran que por cada $1 invertido en educación infantil de calidad, la sociedad gana entre $6 y $17 en retornos económicos a largo plazo.
La nutrición, la atención de la salud, la educación y la protección adecuadas para los niños y niñas especialmente durante los primeros años de vida, pueden tener un profundo impacto en su capacidad para crecer, aprender y salir de la pobreza. Puede ayudar a romper el ciclo de pobreza de familias, comunidades y países.
En un análisis de varios países, se observó una clara correlación entre los años promedio de educación y las tasas de pobreza: por cada año adicional de educación entre los adultos jóvenes de 25 a 34 años, las tasas nacionales de pobreza eran un 9 % más bajas. Brindar más educación a la infancia, especialmente a las niñas, puede resultar en una mayor acumulación de capital humano, una mayor productividad, mayores ingresos y desarrollo económico.
Un niño sano tiene más posibilidades de aprender más en la escuela y ganar más como adulto. Un documento del Banco Mundial muestra que invertir en la salud de los niños y niñas se justifica no solo porque cumple con un derecho humano básico, sino también porque es una inversión con altos beneficios sociales y privados. La relación que vincula la salud infantil con dimensiones económicamente relevantes es circular: la pobreza contribuye a la enfermedad y la mala salud contribuye a perpetuar la pobreza.
Invertir en la educación de la primera infancia es una estrategia rentable para promover el crecimiento económico, incluso durante una crisis presupuestaria. Es crucial asegurar que esta inversión llegue a la niñez más vulnerables: aquellos que viven en la pobreza, en comunidades indígenas, en familias afrodescendientes y con discapacidad. Los estudios muestran que una inversión equitativa, que llega a los niños y niñas desfavorecidos, genera un retorno de la inversión aún mayor. Un estudio de Unicef indica que el número de vidas que se salvan al invertir en los más desfavorecidos es casi el doble que el número que se salva con una inversión equivalente en los grupos menos desfavorecidos.
Educar a las niñas durante seis años o más mejora de forma drástica y constante su atención prenatal, la atención posnatal y las tasas de supervivencia al parto. Educar a las madres también reduce en gran medida la tasa de mortalidad de los niños menores de cinco años. Las niñas educadas tienen una mayor autoestima, es más probable que eviten la infección por el VIH, la violencia y la explotación, y que propaguen buenas prácticas de salud y saneamiento a sus familias y comunidades. Y es más probable que una madre educada envíe a sus hijos a la escuela.
La conclusión es clara: invertir en la niñez es un imperativo moral, económico y social, para la niñez y para Panamá. Si cambiamos el inicio de la historia, cambiamos toda la historia. Por eso, desde Unicef estamos convencidos que primero es la primera infancia.
La autora es representante de Unicef en Panamá
