¿Y si la educación panameña la diseñara la OCDE y no los políticos?

La educación pública en Panamá atraviesa una crisis profunda: está penetrada por sindicatos de izquierda radical, carece de planes de estudio bien estructurados y presenta una burocracia enorme, costosa y poco profesional. Cada año se destinan millones del presupuesto nacional a un sistema que produce resultados mediocres, mientras el país se rezaga en competitividad, innovación y movilidad social.

Frente a este panorama, propongo una idea que puede parecer disruptiva, pero que es absolutamente necesaria: que Panamá se adhiera a la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE) y adopte sus lineamientos en materia educativa. No como un gesto diplomático, sino como una reforma estructural urgente e inaplazable.

La OCDE representa un estándar técnico, profesional y despolitizado. Sus informes, como las pruebas PISA, permiten comparar la calidad de nuestros aprendizajes con los de países que han logrado avances significativos. Pero, más allá de los rankings, la OCDE ofrece hojas de ruta concretas para reformar sistemas educativos con base en evidencia: desde la formación docente hasta la gobernanza institucional, desde la evaluación hasta la actualización de los planes de estudio escolares.

Panamá necesita justamente eso: una transformación educativa que no esté atada a intereses sindicales ni a cálculos políticos. Una transformación impulsada por compromisos internacionales, monitoreada por expertos independientes y basada en resultados verificables, no en ideologías anacrónicas.

Los países que han seguido estas recomendaciones —como Estonia, Chile o Corea del Sur— han dado un salto cualitativo en materia educativa. ¿Por qué no Panamá?

Mientras dejemos en manos de burócratas locales, sindicatos politizados y partidos clientelistas el futuro de nuestras escuelas, solo profundizaremos el abismo de la desigualdad. Necesitamos estándares globales, metas claras, métricas objetivas. Y eso, hoy por hoy, solo puede venir de un marco como el que ofrece la OCDE.

Es hora de atrevernos a pensar distinto, a dejar de educar para repetir consignas y empezar a educar para competir, innovar y transformar. Si la educación panameña fuera diseñada por la OCDE —y no por los políticos—, otro Panamá sería posible.

El autor es exdirector de La Prensa


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