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¿Y si una parte del tranque depende de nosotros?

Hagamos un experimento: antes de construir otra calle, conduzcamos diferente durante 48 horas y midamos qué ocurre.

¿Y si una parte del tranque depende de nosotros?

Panamá necesita más infraestructura vial y un mejor transporte público. Pero antes de concluir que la solución al congestionamiento está únicamente en construir más calles, podríamos hacernos una pregunta: ¿cuánto mejoraría la movilidad si durante apenas 48 horas todos utilizáramos correctamente las vías que ya tenemos?

Todos conocemos la escena. El semáforo está en verde, pero no hay espacio después de la intersección. Aun así, avanzamos. Quedamos atravesados, cambia la luz y ahora impedimos el paso de quienes circulan en la otra dirección. Un conductor acaba de convertir un tranque en dos.

Otro coloca su direccional para cambiar de carril y nuestra reacción es acelerar para cerrarle el espacio. Aparece un hombro libre y alguien lo convierte en un carril adicional. Una motocicleta encuentra espacio entre dos filas de vehículos y lo utiliza para adelantarlas.

Buena parte de esas conductas no requiere nuevas leyes. Ya están contempladas en nuestro Reglamento de Tránsito. Quizás el problema no sea solamente qué infraestructura nos falta, sino cómo utilizamos la que tenemos.

Pensemos ahora en un autobús detenido correctamente en su parada. Los pasajeros suben y bajan. El conductor coloca su direccional para reincorporarse. Se aproxima un automóvil y acelera para pasar antes que el bus. Después otro. Y otro.

Propongo algo diferente: dejemos entrar al bus.

No porque tenga una prioridad legal general sobre los automóviles particulares —no la tiene—, sino porque dentro de ese vehículo viajan decenas de ciudadanos. Si pierdo cinco o diez segundos facilitando su incorporación, pero contribuyo a que 30 o 40 personas continúen su recorrido, quizás colectivamente estemos utilizando mejor la vía.

“Una ciudad eficiente no debería preguntarse solamente cuántos vehículos mueve, sino cuántas personas mueve y en cuánto tiempo”.

Pero la cortesía debe ser recíproca.

Si los particulares facilitamos voluntariamente la circulación de los autobuses, debemos esperar de sus conductores igual responsabilidad: respetar sus carriles y paradas, no utilizar el hombro para adelantar, no crear carriles improvisados y no detenerse indebidamente obstruyendo la circulación.

Y debemos aspirar a algo más: que el bus llegue a cada parada dentro de un horario razonablemente establecido. El usuario no debería tener que adivinar cuándo llegará su transporte ni esperar mientras un bus intenta llenarse y, varias paradas adelante, otros pasajeros continúan esperando.

El tiempo de quien espera un autobús vale exactamente lo mismo que el de quien conduce un automóvil.

No se trata, entonces, de enfrentar a particulares con transportistas, automovilistas con motociclistas o conductores con peatones. La calle es un espacio compartido.

La propuesta puede resumirse en dos palabras:

Reglas + cortesía.

Las reglas ya existen: no conducir por el hombro, no bloquear intersecciones, respetar carriles y señalización, utilizar las direccionales y recoger pasajeros donde corresponde.

La cortesía agrega algo que difícilmente puede imponer un reglamento: yo anuncio mi maniobra y usted, cuando sea seguro, me facilita la incorporación; el bus sale correctamente de su parada y yo le permito entrar.

“Las reglas ordenan el tránsito. La cortesía puede ayudar a hacerlo fluir”.

¿Funcionaría?

No lo sé.

Hagamos la prueba.

Propongo el Reto de las 48 Horas: dos días laborables consecutivos en los que Panamá se proponga conducir diferente.

La Autoridad del Tránsito y Transporte Terrestre podría coordinar el ejercicio junto con la Policía de Tránsito, transportistas, municipios y organizaciones de la sociedad civil. Pero sería fundamental incorporar a periódicos, emisoras, televisoras y redes sociales.

Durante los días previos, una campaña nacional explicaría el experimento. Y durante esas 48 horas escucharíamos mensajes muy sencillos: no bloquee la intersección; no utilice el hombro; use su direccional; facilite una incorporación segura; deje salir al bus de su parada; respete al peatón.

Los autobuses podrían llevar un mensaje que resuma el pacto:

“Yo respeto mi parada. Tú me ayudas a incorporarme”.

Pero si queremos llamarlo experimento, debemos medir los resultados.

La ATTT podría seleccionar corredores representativos del país y establecer previamente tiempos habituales de recorrido, velocidades promedio y duración de los congestionamientos. Durante las 48 horas repetiríamos las mediciones y registraríamos también comportamientos como la circulación por los hombros, el bloqueo de intersecciones y el uso indebido de carriles.

Después comparamos.

Quizás la diferencia sea mínima. Eso también sería un resultado. Quizás mejoremos un 5 %, un 10 % o mucho más. No debemos anticiparlo.

Dos días no demostrarían científicamente que encontramos la solución al congestionamiento, pero podrían ofrecernos una primera evidencia de cuánto influye nuestro comportamiento. Si los resultados fueran significativos, entonces podría realizarse una prueba más prolongada y técnicamente controlada.

Panamá seguirá necesitando carreteras, intercambiadores, transporte masivo y una mejor planificación urbana. Pero existe otra infraestructura que ningún presupuesto puede construir por sí solo:

la cultura vial.

No se trata de culpar al ciudadano ni de sustituir las inversiones que el país necesita. Se trata de descubrir qué parte de la solución ya está en nuestras manos.

Tal vez Panamá sí necesita más calles. Seguramente necesita un mejor transporte público.

Pero hay una pregunta que todavía no hemos respondido:

¿Qué pasaría si, durante apenas 48 horas, todos utilizáramos correctamente las calles que ya tenemos?

Hagamos la prueba.

Dos observaciones editoriales

El texto está bien construido porque no cae en la tesis simplista de que el tranque se resolvería únicamente con buena conducta: reconoce desde el comienzo y vuelve a reconocer al final que Panamá necesita infraestructura y transporte público. Eso protege bastante bien el argumento.

Solo vigilaría “el Reto de las 48 Horas”. Si se pretende convertirlo en el nombre formal de la iniciativa, puede mantenerse “Reto de las 48 Horas”; si es simplemente una descripción dentro del artículo, la minúscula que puse arriba es más natural.

También me parece especialmente eficaz la frase “Un conductor acaba de convertir un tranque en dos”. No la tocaría: sintetiza muy bien toda la tesis del artículo.

El autor es geólogo profesional.


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