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Y viene el lobo...

Parafraseando el famoso cuento de Pedro y el lobo, podríamos preguntarnos si quienes votaron por el presidente de Estados Unidos lo hicieron realmente a favor de él y de lo que prometía en campaña. Conozco a muchos que, en realidad, votaron en contra de lo que temían que sería el gobierno de su rival demócrata. Lo curioso es que, al preguntarles qué no les gustaba de ella, varios respondieron que, por ser izquierdista, podría resquebrajar la economía de la nación más poderosa del continente americano.

Evidentemente, quienes piensan así nunca han vivido bajo un gobierno totalitario, socialista, comunista o simplemente de izquierda. Cada uno de esos términos tiene significados distintos. El gobierno cubano, por ejemplo, encaja en algunos de ellos, pero no así Rusia o China.

El gran ausente en Estados Unidos es el Partido Demócrata, que, aunque su candidata perdió por menos del 1.5% y con casi 3% menos de votantes que en la elección anterior, parece haberse desvanecido de la vida política. No se percibe una oposición real en las instancias democráticas donde debería estar.

Muchos de los votos que llevaron a la Casa Blanca al presidente Trump provinieron de fanáticos religiosos, que, paradójicamente, han sido de los primeros en retirarle su apoyo. Otros fueron de “supremacistas” que, al igual que en la Europa de Hitler, creen en la existencia de una raza superior y en la necesidad de apartar a las demás para no “contaminar” su pureza. Esos, en su ciego fanatismo, no cambiarán de postura.

Sin embargo, cerca de estos estaban muchos latinoamericanos, ya sea nacionalizados o residentes en Estados Unidos, convencidos de que son tan “blancos” como los grupos descritos antes, e incluso más radicales en su fanatismo. Varios de ellos llegaron a tratar despectivamente a sus propios familiares en sus países de origen. Pero, como les ha sucedido a muchos venezolanos y otros migrantes, han terminado siendo deportados, regresando con la cabeza gacha a sus países.

Aunque el presidente aún mantiene una base de votantes fieles a su discurso y acciones, el grupo que realmente lo hizo ganar se ha ido debilitando, más lentamente de lo esperado, lo que evidencia el profundo daño en la sociedad, más grave de lo que se suponía.

Sinceramente, no entiendo cómo alguien puede discriminar a otra persona por el color de su piel, la religión que profesa o el idioma que habla. A los más creyentes les haría una pregunta: si todos somos hijos de Dios y hechos a su imagen y semejanza, ¿cómo justifican la discriminación? Como dijo el papa Francisco: Si todos somos hijos de Dios, ¿quién soy yo para juzgar a otro?

Esto nos lleva a una palabra que se ha convertido en estandarte, ya sea a favor o en contra de una corriente de pensamiento: woke.

Este término ha sido tergiversado y desnaturalizado de su significado original, que en los años 60 en Estados Unidos hacía referencia al movimiento contra la discriminación racial. Como señaló la BBC en un artículo de noviembre de 2022, para algunos ser woke significa tener conciencia social y racial y cuestionar normas opresoras impuestas históricamente, mientras que para otros describe a personas hipócritas que se creen moralmente superiores y buscan imponer sus ideas progresistas.

Esto nos lleva a otra discusión: el significado de “progresista”. Para la mayoría, implica avanzar hacia un futuro mejor; para otros, es sinónimo de liberalismo, y para algunos más, simplemente un término despectivo para calificar a quienes piensan diferente.

Independientemente de qué lado de la moneda se encuentre cada quien, lo que sucede está impactando innecesariamente al mundo. El nuevo mandatario parece empeñado en llevar a Estados Unidos de vuelta al pasado, ignorando que el mundo ha cambiado, que hay nuevos jugadores en el tablero y que, gracias a decisiones de sus predecesores, vivimos en una sociedad muy distinta a la de Kennedy y Reagan.

El peligro es que, en su erróneo intento de regresar a un pasado irrepetible, termine arrastrando no solo a su país, sino también a una gran parte del mundo a una crisis económica y social de la que costará salir con sangre, sudor y lágrimas.

¿Cuántas veces advertimos sobre los riesgos y amenazas que se avecinaban? La gran pregunta es: a diferencia del cuento, ¿esta vez los vecinos acudirán en ayuda del pastorcito mentiroso?

El autor es dirigente cívico y analista político.


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